La constancia, el trabajo silencioso y una alianza forjada en la pista se conjugaron para que, tras más de una década de intentos, Jorge Enrique Ocampo Castro celebrara en Manizales su primer triunfo de etapa en los Carritos de Balineras.
Por ALEXANDER BECERRA O.
Durante más de una década lo intentó sin descanso. Subió y bajó lomas, ajustó ruedas, cambió relaciones, reconstruyó carros y volvió a empezar. Siempre estuvo ahí, compitiendo, resistiendo y esperando su momento.
La angustia por momentos lo carcomía. Llegó a pensar, incluso, que su antirrécord tenía que ver con el dicho aquel, que dice que «Nadie es profeta en su tierra«, sin embargo, seguía de pie, intentándolo año tras año. Cada enero que llegaba, cada Feria, cada torneo, convertía este sueño en una obsesión.
Esa fue la historia de Jorge Enrique Ocampo Castro desde el 2015, a bordo de una tabla sobre rodillos, vehículo que para entendidos en la materia en la capital de Caldas se conoce como un carrito de balineras. Este año el maleficio se rompió.
Ante un tobogán de espectadores que inundó los barrios La Sultana y Minitas, incrustada como ya es tradicional en la programación de la Feria de Manizales, se daba la largada a la primera etapa de la Competencia de Carritos de Balineras, que convocaba a 150 pilotos de todo el país, no solo en la modalidad clásica, sino también speed trike, street luge y sillas de ruedas.
Ahí estaba Jorge Enrique. De pie, estoico. Pero en realidad era un volcán de nervios el que emergía de su torrente sanguíneo pasadas las 8:00 de la mañana de ese martes 6 de enero, sin que ninguno de los asistentes siquiera lo sospechara. Era su salida número 11. Era su undécimo año consecutivo bajando esta pendiente. La suma de derrotas ya marcaba un número redondo: 10. Eran diez años de frustración.
No hay mal que dure 100 años
La historia deportiva ha demostrado una y otra vez que las grandes gestas están rodeadas de grandes sufrimientos. El caso de Jorge Enrique Ocampo Castro no fue la excepción. Ayer ante su gente, en la barriada que lo vio crecer como piloto de balineras, ante miradas que recordaban al niño que rodaba de manera inocente por las icónicas faldas del sector, se sacudió y la sed de triunfo por fin fue calmada.
Minitas fue testigo de la llegada de la primera etapa del Torneo y con ella el momento más esperado por este emergente ídolo de vertiginosos descensos. Jorge Enrique Ocampo Castro vio la bandera a cuadros.
La escena tuvo algo de justicia poética. De hecho, algunos no daban crédito de lo que ocurría, pero era verdad. Jorge Enrique, nacido y criado en La Sultana, cruzó la meta en este primer recorrido, con la certeza de que la espera había valido la pena.
“En 11 años de competencia es la primera vez que me gano la etapa aquí en mi casa. Esperé esto año tras año y no me lo puedo creer”, dijo a La Veintitrés todavía con la adrenalina en el cuerpo, consciente de que no era una victoria cualquiera, era ni más ni menos el triunfo que abría la lata y con el cual espera allanar el camino a nuevas banderas a cuadros.
Pero este no fue solo un triunfo deportivo; fue la confirmación de una historia construida con paciencia, herencia familiar y una fe que no se quebró ni siquiera cuando el cuerpo decía «Ya no más«. Fue además el triunfo de una amistad.
A lo largo de su vasta trayectoria Jorge fue sumando nombres a su carrito de balineras con los cuales aprendió a competir, a sufrir y desde luego, a perder. Sin embargo, el último de estos nombres aportó una cuota muy importante a este sueño.
Fue Santiago Castro Jiménez, un hombre que lleva tres décadas ligado a esta modalidad de balineras y que conoce cada curva en Manizales como si él mismo la hubiera dibujado, la fórmula ganadora. Como un par de traviesos niños, se fundieron en este primer abrazo victorioso.
“Participando llevo 30 años, desde que tenía nueve empecé aquí en Manizales, en la primera de Morro Gacho”, recordó ‘Santi’, quien agregó que el triunfo es para su padre, quien le dejó este legado.
«Él es el pilar de todo esto”, agregó.
La dupla ganadora fue milimétrica en sus explicaciones acerca de este triunfo. Dicen que la relación entre piloto y copiloto fue clave en una carrera donde el margen de error era mínimo.
Santiago, con la serenidad que da la experiencia, sabía que no había espacio para titubeos. “La clave está en la primera curva de arriba, después de eso hay que bajar limpio”, explicó. Y así ocurrió. A centímetros de otros carros y con la presión del lote lanzado, no regalaron la línea. “Yo sabía que no la iba a soltar”, dijo sobre ese momento decisivo.
El triunfo tuvo aún más peso para este par de corredores, no solo por la sequía de tantos años sin saborear estas mieles, sino por las azarosas situaciones y las cicatrices que la velocidad en la pista fue dejando con el tiempo.
No en vano Jorge Enrique regresó a la competencia después de perderse la Feria anterior como consecuencia de una fractura de tibia y peroné en una carrera en Risaralda. Pero dice cargado de ánimo que “… eso no me asusta para nada. Seguiré hasta que Dios lo permita”.
Un trabajo silencioso
Detrás del resultado en la Feria de Manizales 2026 hubo semanas de trabajo silencioso.
Lo lograron en un carro prácticamente nuevo, construido en un 95 %, tecnificado durante cerca de 20 días y sometido a pruebas constantes. “Buscamos mejor aerodinámica, cambio de relación de balineras, hicimos ajustes finos”, detalló el equipo.
A eso se sumaron dos semanas completas de entrenamiento y competencias previas a nivel nacional, donde los pilotos manizaleños, como ellos mismos lo dicen, son reconocidos “como los más élite y expertos”.
Cuando cruzaron la meta, no solo ganaron una etapa. Honraron una historia familiar, una sociedad construida con confianza y años de experiencia compartida, así como una deuda pendiente con la ciudad que los vio nacer.
Así, después de 11 años, Jorge Enrique Ocampo Castro fue, por fin, profeta en su tierra.










