Yeison Jiménez: El vuelo eterno del joven que vendía aguacates y soñó con el mundo
El destino suele ser un guionista caprichoso. Mientras un avión privado luchaba contra la geografía colombiana el pasado sábado, en un salón del Country Club de Ejecutivos de Medellín, Juan Felipe ‘Pipe’ Agudelo y Rafael Mejía revisaban entre pizarras y marcadores que la agenda estuviera en su lugar. No eran una simple reunión y una comida; trabajarían en el diseño del asalto final de Yeison Jiménez al mercado global. El contraste es desgarrador: mientras una parte del el equipo planeaba la gloria de 2026, el tiempo se detenía en seco en una vereda entre Paipa y Duitama y malograba la vida del resto de compañeros

Por SAMUEL SALAZAR NIETO
“Oren por mi salud porque me siento enfermo”. Estas fueron las palabras con las que se despidió Yeison Jiménez la madrugada del lunes 3 de enero al concluir su concierto en la Carpa Olé, en la Feria de Manizales. No volvía a la capital de Caldas —donde se sentía como en casa, a pocas horas de su natal Manzanares— desde que llenó el 9 agosto pasado la Monumental Plaza de Toros, en un hito histórico de su gira Mi Promesa Tour. Nadie sospechaba que ese ruego por su salud sería el preludio de un adiós definitivo.
Horas después de aquel concierto, el Hotel Quality Qubo fue testigo de una reunión cumbre. Yeison, entre cafés y planes, se sentó a desayunar con Sebastián Yatra. Allí sellaron un pacto: una colaboración que buscaba internacionalizar el género, un proyecto al que probablemente se sumaría la leyenda mexicana Alejandro Fernández. Esa fue la última vez que Juan Felipe ‘Pipe’ Agudelo, Director de Proyectos y Promoción radial del staff, vio a su jefe y amigo. “Le di un gran abrazo y le dije: lo quiero mucho”, recuerda Felipe con la voz entrecortada.
Conozco a Pipe desde hace quince años, cuando ambos dábamos los primeros pasos con el grupo Pasabordo. Hoy, el destino lo puso en el epicentro de una tragedia que el país aún no asimila. Él no subió a ese avión privado el viernes hacia Paipa, ni hizo el trayecto por tierra hacia Málaga, Santander, donde Yeison daría el último show de su vida. Su misión era otra: preparar el terreno para que el 2026 fuera el año de la conquista definitiva de Latinoamérica.
Raíces y generosidad
Para entender por qué su partida duele tanto, hay que recordar de dónde venía «El Jilguero». Yeison no nació en la opulencia; se forjó en la dureza de Manzanares y en la Central de Abastos de Bogotá (Corabastos), vendiendo aguacates y cargando bultos. Esa universidad de la calle fue la que le dio su mayor talento: la capacidad de leer el alma del pueblo. Por eso, cuando el éxito lo alcanzó, no se le subió a la cabeza. Pipe Agudelo lo recuerda como un hombre que, a pesar de ser un ídolo de masas, nunca olvidó el peso de un bulto sobre la espalda.

Su éxito no se medía en discos de oro sino en gestos de una generosidad silenciosa que formaba parte de su ADN. Inédita dejó de ser con su muerte, su última anécdota en Manizales, cuando sorprendió —a instancias de un reconocido influencer— a una cantante de calle que interpretaba sus éxitos; la invitó a su concierto y le regaló una moto para su transporte. «Era un caballero, generoso, a nadie le negaba un favor», dice Pipe con una nostalgia que pesa. Yeison no solo daba ayuda material; daba alas. «En un momento en que yo me preguntaba para dónde iba con mi vida, él me llenó de confianza y me repotencializó”.
En la intimidad del relato, Pipe describe a un Yeison que el público apenas vislumbraba. No era solo el artista de los éxitos radiales; era un estratega brillante y un ser humano de una lealtad inquebrantable.
“Yeison amaba el campo, a su familia, a sus hijos… era muy reservado, cuenta Felipe. “Era una persona muy pensante, sabía muy bien dónde estaba y para dónde iba”, relata. Su jocosidad siempre estaba a flote cuando compartía con sus amigos y los miembros del equipo. Siempre activo, jocoso, conversador, “nunca se le veía cansado”. De hecho, muchas de sus presentaciones se hacían interminables en la medida en que conectaba con el público.
Felipe recuerda con nostalgia una frase que Yeison le soltó cuando estaban en México, trabajando en la colaboración con Natalia Jiménez: “Pipe, México te luce, y te luce más porque yo estoy aquí con vos”. Esa era su esencia: ser una «batería» de confianza para quienes dudaban de sí mismos.
Las sillas vacías
El sábado 10 de enero Pipe Agudelo y Rafael Mejía, quien en el pasado había sido manager de Jessi Uribe y ahora formaba parte del equipo de managemen de Yeison Jiménez, preparaban un salón en el Country Club de Ejecutivos en Medellín, donde realizarían la reunión de planeación estratégica que tenían programada con el jefe y el resto de sus acompañantes, que regresaban de su última gira.

La meta para 2026 era clara: hacer del artista un ícono de toda América Latina. Ya contaban con dos temas musicales nuevos y terminados en estudio, estaba grabada una colaboración con Maluma y había un norte definido: Yeison, que estaba en su mejor momento físico y mental, quería que el regional colombiano se sentara en la misma mesa que el reggaetón y el pop internacional.
La agenda dictaba que tras concluir la reunión, cenarían con su equipo, luego el artista pasaría por su casa a saludar a la familia y seguidamente emprender el viaje a Marinilla, municipio del oriente antioqueño donde sobre la medianoche se presentaría en concierto.
A las 4:05 de la tarde, Juan Felipe habló por última vez con Jefferson Osorio, Booking Manager y mano derecha del cantante. “Perfecto, nos vemos ahora, ya estamos carreteando”, asintió el líder del grupo, mientras al fondo sonaban los motores de la aeronave que avanzaba por la pista rumbo al que sería unos segundos después sería su destino final.
Pasó una hora cuando el teléfono de Felipe sonó. “Aterrizaron”, pensó, pero estaba equivocado. Al otro lado de la línea escuchó al también cantante de música popular Pipe Bueno, quien preguntó por Yeison. “Estaba muy preocupado y me dijo que en círculos cercanos a los pilotos de su aeronave particular, hablaban de que el avión de Yeison se había caído”.
“Entré en shock. No se cómo describir lo que sentí en ese momento, recuerda Pipe, quien con Rafael se puso en la tarea de precisar qué estaba pasando. Llamaron a Paola España, la Jefe de Prensa y a una persona cercana a la familia para que le avisara a su esposa.
Juan Felipe, en medio del desespero empezó a marcar los números del celular de cada uno de los ocupantes del avión. Primero intentó con Jeferson , luego con Oscar Marín, el asistente personal; después llamó Juan Manuel Rodriguez, el productor visual, así como a Weisman Mora el fotógrafo y filmnarker; también probó con el piloto, el capitán Fernando Torres. El ejercicio lo repitió una y otra vez. Nunca hubo contacto, las llamadas no entraron. “Ya imaginábamos lo peor”.
Sobre las seis de la tarde la noticia estaba en todo los medios de comunicación del país y el mundo. Los autoridades confirmaron el accidente y la muerte de los seis ocupante del avión.
En Medellín, entretanto, Pipe y el resto del equipo aterrizaban en la realidad. “Sólo nos quedaban fuerzas para llorar”.
Un legado que no se apaga
Yeison Jiménez era un hombre de contrastes: un estratega brillante y un ser humano profundamente reservado con la vida privada de su familia. Podía pasar de una reunión de negocios a una tertulia de horas contando chistes como cuando amaneció con Alex Escobar, otro cantante de música popular, después del concierto de la Plaza de Toros. “Era incansable, nunca se le veía rendido”, recuerda Pipe.
Hoy, el equipo del artista se enfrenta a la tarea más difícil: gestionar un legado que ya no tiene voz presente, pero que dejó canciones grabadas que el mundo aún no escucha.
Yeison Jiménez se fue como vivió: a toda velocidad, intentando llegar al siguiente compromiso, cuidando a los suyos, como quien sabe que el tiempo es oro. Se fue el hombre que amaba el campo y la privacidad de su familia, pero se queda el ícono que le demostró a todos los «vendedores de aguacates» del país que, con disciplina y un corazón generoso, el cielo —aunque a veces sea traicionero y decida reclamar a sus estrellas antes de tiempo— es el único límite.
Nota del autor: Escribir estas líneas no nace del deseo de informar sobre una tragedia, sino del deber de honrar una vida. Esta crónica es el resultado de una conversación honesta con mi amigo de años, Juan Felipe ‘Pipe’ Agudelo, con quien compartí sueños de industria hace más de una década. Estas palabras son un testimonio de la intimidad, el respeto y la admiración por el ser humano que, antes de ser leyenda, fue un trabajador incansable que nunca olvidó de dónde venía.

















