Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
Fue como un desahogo. La sonrisa de la satisfacción, por el gol del empate, que no fue accidental, sino construido con tejidos de juego.
Que nacieron de la comunicación con el balón con el que el Once arremetió en los tramos finales del partido, para asustar a su rival, lograr la igualdad y darle justicia al marcador.
No fue fácil por la categoría de Santa Fe, un equipo intenso, aguerrido, que fabrica su futbol desde los errores del rival, al que fulmina, hambriento, con electrizantes contragolpes. Lo que llaman hoy demoledoras transiciones.
Ni antes ni después del gol en contra, obra del uruguayo Franco Fagúndez en jugada de manual, el Once Caldas perdió las formas, tampoco la compostura. No se dejó acorralar por el nerviosismo ni la ansiedad.
Jugó el fútbol a su medida, aunque sin rendimientos superlativos de sus jugadores, sin respeto a la estética en el trato al balón.
Rivalizó con categoría, asumiendo riesgos, al perder el equilibrio en las marcas del medio campo, para potenciar su ataque.
Buenas sensaciones dejó el juego. Con saldo justo, el que llegó cuando los gallinazos merodeaban su presa, preparando el asalto.
Así es el futbol, tan aleatorio frente al resultado, tan indescifrable frente a la pasión del hincha, tan exitista… El futbol, como la vida misma.
ESTEBAN J.













