El sacerdote Antún Ramos Cuesta, con apenas 28 años en aquel fatídico 2002, se convirtió en un símbolo de esperanza y liderazgo al encabezar la evacuación de sobrevivientes tras la explosión de una pipeta bomba lanzada por el frente 58 de las FARC-EP contra la iglesia San Pablo Apóstol en el corregimiento de Bellavista, Bojayá, Chocó. El 2 de mayo, en medio de un intenso enfrentamiento armado por el control territorial entre las FARC y el bloque Elmer Cárdenas de las AUC —iniciado el 20 de abril a las 11:00 a.m.—, la pipeta impactó el techo del templo donde casi 600 personas se habían refugiado, dejando un saldo devastador de 98 muertos en total: 79 víctimas directas de la explosión, incluyendo 48 menores de edad, 13 fallecidos posteriores por heridas de gravedad y seis más por cáncer en los ocho años siguientes.
Ramos, quien había llegado a Bojayá en el año 2000 enviado por la diócesis de Quibdó —nacido en 1973 en Bagadó, Chocó, y marcado por la muerte de su madre en un hostigamiento de la guerrilla y el secuestro de uno de sus siete hermanos—, improvisó una bandera blanca con una sábana atada a una pala y lideró una marcha de heridos hacia Vigía del Fuerte. Gritaba preguntas al aire para que los actores armados escucharan, mientras la multitud respondía en coro, exigiendo respeto a la vida civil en medio de la balacera. Resultó herido con un corte en la frente y los pies por las tejas de Eternit destrozadas, y evitó una catástrofe mayor al estar a solo 10 metros de 500 galones de gasolina almacenados junto a la iglesia, donde se confinaban 700 personas en total, incluyendo el centro de salud y el colegio. Diez alertas tempranas ignoradas por las autoridades agravaron la tragedia.
El testimonio del sacerdote que desafió la muerte
En su relato, Antún Ramos describe con crudeza aquellos momentos: un joven sacerdote sin gran experiencia en conflictos, pero con la lucidez para actuar. Hoy, párroco en Tutunendo, Chocó, tras un asilo en Europa por amenazas recibidas después de sus declaraciones contra el general (r) Mario Montoya, presenta su libro Bojayá, relato del padre que sobrevivió a la masacre este 25 de octubre en la Feria Internacional del Libro de Cali, en el auditorio Colombia a las 7:00 p.m.
«Yo tenía 28 años. Yo llegué en el 2000 a Bojayá. Acá se aprende a nadar tirándose al agua. Tú vas viendo si esto funciona, esto no funciona, caminamos por aquí. Y por la misma historia que tenemos detrás, se facilitan ciertas interacciones, ciertas reacciones. Y fue así, en medio de toda esta situación, un pelado de 28 años, sin mucha experticia en temas de conflicto. Yo creo que tuve la lucidez, la tranquilidad y la gallardía para que esa tragedia, que no la producimos nosotros los campesinos, a pesar de que fue muy dañina, pudiera haber sido más grave».
Antún Ramos Cuesta, sacerdote
«Hago la marcha de la vida para que los actores que iban por ahí nos escucharan. Yo gritaba, ‘¿Quiénes somos?’, y la gente respondía: ‘la población civil’. Y después yo gritaba, ‘¿Qué exigimos?’, imagínalo en medio de una balacera, exigiéndole a un actor, sin misericordia, sin alma. Yo gritaba, ‘¿Qué exigimos?’, y la gente respondía: ‘Que nos respeten la vida’».
Antún Ramos Cuesta, sacerdote
«Yo tenía ahí 500 galones de gasolina al lado de la iglesia. La pipeta cayó a 10 metros donde yo tenía 500 galones de gasolina y 700 personas».
Antún Ramos Cuesta, sacerdote
Esta historia, rescatada de fuentes como Rutas del Conflicto y una entrevista con Infobae Colombia, recuerda no solo el heroísmo individual, sino el costo humano del conflicto armado en Colombia, donde la indiferencia ante alertas tempranas convirtió un refugio en una trampa mortal.











