Compartir en redes sociales

Camilo: El fin de un mito y la cruda verdad de una guerra sin alma

…quizás lo más honesto no sea juzgarlo desde la comodidad del presente, sino preguntarnos qué país éramos cuando él tomó esa decisión… y qué país somos hoy

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

La primera noticia de la que tengo conciencia no fue un triunfo deportivo ni una elección presidencial. Fue una muerte.

Yo no sabía leer ni escribir. Aún no comenzaba la primaria. Pero recuerdo con nitidez la conmoción de los adultos y una frase que me desconcertó: habían matado a un tal Camilo, el “cura guerrillero”. Inundé a mi madre de preguntas. ¿Cómo podía un padre —un sacerdote— ser guerrillero? En mi lógica infantil, las categorías eran incompatibles. Un sacerdote pertenecía al mundo de lo sagrado, de la bondad, de la misa dominical. Un guerrillero, o bandolero como les decían, al de la guerra. Esa contradicción se me quedó grabada mucho antes de que pudiera comprenderla.

El nombre de Camilo Torres Restrepo volvió a cruzarse en mi vida muchas veces. Y cada vez despertó la misma inquietud. Con los años entendí el contexto: un país políticamente cerrado, una desigualdad lacerante, una generación convencida de que la historia exigía decisiones radicales. Entendí también la influencia de la Teología de la Liberación, que llevó a muchos religiosos a asumir la fe no solo como consuelo espiritual sino como compromiso político con los más pobres.

Pero entender no es lo mismo que justificar. Hablo desde la memoria de quien ha caminado los pasillos de nuestra accidentada historia hacia la paz. Desde el cubrimiento periodístico total de la desmovilización del M-19 a finales de los 80, hasta los días de incertidumbre en el Caguán bajo el gobierno de Andrés Pastrana como parte de su equipo de colaboradores, he visto de cerca los rostros de quienes creyeron en la palabra como salida. Por eso, me duele reconocer que hoy el escenario es otro.

Tal vez la cuestión de fondo no sea si hoy cabría un Camilo. Tal vez sea si hemos construido un país en el que la conciencia moral de alguien no lo empuje a sentir que todas las vías institucionales están cerradas. Si hemos aprendido algo de esa generación que creyó que la coherencia exigía entregar hasta la vida misma. Y quizás lo más honesto no sea juzgarlo desde la comodidad del presente, sino preguntarnos qué país éramos cuando él tomó esa decisión… y qué país somos hoy.

Durante décadas el país se degradó en una violencia cada vez menos ideológica y más criminal. El narcotráfico transformó la guerra. La épica revolucionaria —real o imaginada— dio paso a prácticas que poco tenían que ver con ideales y mucho con economías ilegales y lógicas de poder. Y entonces la pregunta cambió: ¿fue Camilo expresión de una convicción ética llevada al extremo, o el inicio de una cadena de violencias que terminaron desfigurando cualquier causa?

Seis décadas han tenido que pasar para que los restos de Camilo Torres encuentren, finalmente, la paz de un sepulcro. Pero mientras sus cenizas descansan, el país sigue despierto en una pesadilla distinta. La guerrilla que Camilo alimentó con su «Amor Eficaz» mutó a una estructura irreconocible; hoy, el ropaje verde oliva es apenas la fachada de una gerencia criminal. Ya no se trata de la toma del poder, sino del control de la ruta, de la mina de oro y del gramaje de coca. El ELN que él fundó en la mística, hoy se desdibuja en la fragmentación de frentes que negocian con carteles mexicanos. El ‘Hombre Nuevo’ que soñaba el Che Guevara fue devorado por un operario transaccional que no busca la utopía, sino el lucro. Camilo murió por una idea; hoy se mata por un inventario.

Esta degradación ética se alimenta, además, de una hipocresía social que no ha cambiado. Recuerdo una anécdota que conocí de cerca: el general Tapias, en diálogo con el secretario de defensa Colin Powell, escuchó una sentencia demoledora. Powell se negó a enviar tropas estadounidenses bajo un argumento que aún hoy nos debería dar vergüenza: sus ciudadanos no enviarían a sus hijos como carne de cañón a una guerra donde los poderosos locales ni siquiera obligan a los suyos a prestar el servicio militar. Esa verdad sigue siendo nuestra herida más purulenta. En Colombia, los que claman por la ‘guerra total’ suelen hacerlo desde la barrera del privilegio. La guerra la siguen peleando los mismos «nadies» por los que Camilo decía luchar, pero ahora sin la esperanza de una utopía, sino por la inercia de la violencia.

En Colombia, los que claman por la ‘guerra total’ y el ‘plomo’ suelen hacerlo desde la barrera del privilegio, sabiendo que sus hijos están blindados por el apellido o la billetera. La guerra la siguen peleando —y perdiendo— los hijos de los campesinos y de los pobres, los únicos que no tienen cómo evadir un fusil que otros les imponen desde la comodidad de un escritorio. Por eso, quienes hemos caminado cerca del dolor, somos más proclives a perdonar: porque sabemos que la paz no es una rendición política, sino la única forma de que los hijos de nadie dejen de morir por los intereses de unos pocos. 

El regreso de Camilo Torres a la tierra que lo vio nacer, ya no como un mito errante sino como un hombre que finalmente halla su lugar en la historia, debería ser el cierre simbólico de una era que nos ha costado demasiado. Si sus restos ya descansan, es hora de que también descanse esa soberbia retórica que justifica el sacrificio de los más humildes en nombre de causas que hace mucho perdieron su norte. 

No necesitamos más victorias militares de papel ni diálogos infinitos que solo sirven para oxigenar el crimen; necesitamos la audacia de reconocer que este conflicto ya no es una lucha de clases, sino una cadena de intereses que nos tiene a todos como rehenes. Al final, la verdadera paz no se firmará solo en una mesa de negociación; empezará el día en que los que claman por la guerra se duelan de los muertos ajenos como si fueran propios, y cuando entendamos que enterrar a nuestros íconos es el primer paso para dejar de enterrar a nuestros hijos.

No escribo estas líneas para canonizar al cura guerrillero. Lo hago con la convicción de que quien ha sentido el dolor suele ser el más generoso con el perdón. Perdonar no es debilidad; es un acto de audacia suprema para romper una cadena que nos tiene anclados al pasado.

Escribo porque sigo sin resolver del todo aquella pregunta que le hice a mi madre hace sesenta años: ¿cómo un sacerdote termina empuñando un fusil? Quizás la respuesta no esté en el pasado de Camilo, sino en nuestro presente: en la incapacidad de una sociedad que sigue prefiriendo la guerra, siempre y cuando el muerto sea, irremediablemente, un hijo ajeno.

sos/

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

Sigue leyendo