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¿El cuerpo ajeno? Paloma y Cepeda: los avatares de Uribe y Petro

¿Qué no harían Paloma Valencia e Iván Cepeda que sí hicieron sus jefes? ¿A qué le darían continuidad?

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

La política colombiana, esa criatura que se alimenta de la polarización, parece haber encontrado una nueva forma de mutar. Ya no basta con el fragor de la plaza pública o el carisma incendiario de los caudillos que han partido el país en dos durante las últimas décadas. Hoy, la batalla se libra en un terreno más técnico, pero no menos visceral. Al observar el panorama legislativo y el discurso de barricada institucional, surge una pregunta que se siente como un eco necesario: ¿Son Paloma Valencia e Iván Cepeda el «cuerpo ajeno» de Álvaro Uribe y Gustavo Petro?

No es una comparación gratuita. En este ajedrez de extremos, ambos senadores se han convertido en mucho más que escuderos; son la extensión táctica y emocional de sus mentores. Mientras los jefes naturales del Centro Democrático y del Pacto Histórico comienzan a transitar el complejo camino del legado, Valencia y Cepeda emergen como los guardianes del dogma, traduciendo el sentimiento de sus líderes al lenguaje de los códigos y las reformas.

La diferencia fundamental entre los caudillos y sus herederos radica en el método. Mientras Uribe y Petro construyeron sus imperios sobre la base de una conexión emocional, casi mística, con las masas, Valencia y Cepeda han optado por la especialización del conflicto. Son, en esencia, la versión técnica de sus mentores.

Paloma Valencia ha emprendido la tarea de «traducir» el uribismo al lenguaje del procedimiento. Si el expresidente era el hombre del carriel y el «Estado de Opinión», la senadora es la mujer del «Estado de Derecho» interpretado desde la derecha. Su ofensiva para reformar la JEP o sus críticas quirúrgicas a la propiedad privada no son gritos al aire; son ataques documentados, cargados de una retórica intelectual que busca blindar el legado de su jefe frente a los tribunales y la historia.

En la otra orilla, Iván Cepeda opera como el arquitecto silencioso del «anhelo» petrista. Si Petro es el símbolo del balcón y la movilización, Cepeda es quien se desgasta en la carpintería legislativa de la «Paz Total». Su labor no es la del agitador, sino la del operador político que intenta convertir la narrativa de la «vida» en artículos y parágrafos. Es el rostro amable y dialogante de un proyecto que, en la voz de su líder máximo, suele ser confrontacional. Cepeda no solo quiere la paz; quiere un sistema jurídico que la haga irreversible.

Sin embargo, la diferencia de personalidad frente a sus mentores es abismal. Mientras Petro parece alimentarse de la controversia constante y el desafío a las instituciones, es casi imposible imaginar a un Iván Cepeda desconociendo un fallo judicial o abriendo frentes de batalla innecesarios por un simple arrebato retórico. Cepeda es el hombre de la paciencia, el que prefiere el rincón del diálogo a la tarima del agravio. Esa serenidad se refleja también en su elección de fórmula: una vicepresidencia indígena que no es solo un símbolo de inclusión, sino un anclaje a la realidad social que el purismo técnico del senador a veces no alcanza a tocar.

En la acera del frente, el uribismo de Paloma Valencia se siente más urbano y sofisticado, pero menos «de tierra» que el de su jefe. Es difícil visualizar a la senadora en maratónicos consejos comunales todos los fines de semana, untándose de la ruralidad profunda con la misma naturalidad con la que Álvaro Uribe lo hacía. Su apuesta es distinta. Su fórmula, un perfil de centro, sugiere una intención de ampliar el espectro, de suavizar la «mano firme» con una dosis de pragmatismo técnico que el expresidente solía sacrificar en aras del fervor popular.

Esta metamorfosis plantea un dilema para el futuro: ¿Qué no harían ellos que sus jefes sí se atrevieron a hacer? Es probable que ninguno de los dos recurra al caudillismo puro. Valencia carece de esa base agraria y popular de Uribe; Cepeda, por su parte, no tiene el pasado insurgente que le permite a Petro jugar con la mística de la revolución. Son, en definitiva, hijos de las instituciones.

Al final, la pregunta por el «cuerpo ajeno» nos devuelve un espejo inquietante sobre nuestra propia madurez política. Si Valencia y Cepeda logran desprenderse de la sombra de sus mentores, Colombia podría aspirar a una polarización de argumentos y no de vísceras. Pero el riesgo es que esta sofisticación sea solo una fachada: un relevo de formas para mantener intacto el fondo de una guerra que ya muestra fatiga generacional. ¿Serán capaces de ceder en algo que sus jefes nunca hicieron: reconocer la razón del otro? El tiempo dirá si son el relevo que nos saque del laberinto o si son, apenas, los nuevos guardianes de sus muros.

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Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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