El panorama que arrojan las encuestas de Guarumo/El Tiempo este fin de semana no es solo una medición estadística; es, en realidad, el acta de defunción de una ilusión política que hoy languidece en la orfandad
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
Mientras el país observa cómo Iván Cepeda se consolida en la cima con un sólido crecimiento y los candidatos de la derecha libran un empate técnico que los mantiene en la pelea, el llamado «centro» político ha quedado reducido a un susurro imperceptible en medio de una tempestad de gritos. Hace apenas cuatro años, esa franja mostraba una aparente unidad bajo la bandera de la Coalición de la Esperanza, logrando movilizar a millones en lo que se llamó la «gran consulta por el cambio». Sin embargo, lo que hoy vemos es un archipiélago de individualidades y egos que terminó por naufragar antes de llegar al puerto de la primera vuelta.

Esa dispersión no es gratuita. Sergio Fajardo, atrapado en su histórico rechazo a las consultas, y Claudia López, cuya fuerza parece haberse diluido en el desgaste del ejercicio del poder, hoy no logran romper el techo de un solo dígito en las preferencias, marchando peligrosamente por debajo de porcentajes de dos dígitos. Es la aritmética de la irrelevancia: el centro ya no suma, solo divide su propia escasez. En este escenario, el centro ha dejado de ser una alternativa de poder para convertirse en un simple accesorio de oxigenación para los extremos. El caso de Juan Daniel Oviedo es emblemático: su llegada como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia funciona como un escudo técnico y estético que intenta matizar las ideas del expresidente Uribe para hacerlas digeribles al electorado joven y urbano, tratando de ajustar un poco las cargas que distanciaban el pensar del expresidente de las ideas moderadas.
Mientras tanto, en la otra orilla, figuras como Juan Fernando Cristo terminan respaldando a Iván Cepeda, confirmando que hoy hay «centro» para todos y, paradójicamente, para nadie. El país asiste, a solo dos meses de la elección, a una campaña secuestrada por el litigio judicial y personal entre Uribe y Cepeda; una espiral de acusaciones y odios mutuos que tiene su génesis en el asesinato de los padres de ambos —uno a manos de las Farc y el otro por paramilitares—, mientras la modernización del Estado se queda sin dolientes.
Hoy, todo se reduce a una campaña de señalamientos, el centro se ahoga y el país se queda sin propuestas reales relacionadas con los cambios políticos y la modernización que Colombia necesita.
Nadie habla ya de la desaparición de la inoperante Comisión de Acusaciones, de la transformación del Consejo Nacional Electoral, de los cupos indicativos, de la reducción real de los salarios del Congreso o del voto obligatorio. Estos temas han quedado huérfanos porque el odio es más rentable que la propuesta de fondo. Lo que queda es un panorama desolador donde los votos que aún conservan Fajardo y Claudia López serán, si acaso, el botín de guerra para las alianzas de una segunda vuelta de infarto.
Al final, el crecimiento de la abstención, del voto en blanco y del escepticismo generalizado sería el resultado lógico de una política que prefirió incendiarse en la polarización antes que construir el puente que la nación reclamaba.
Sin embargo, queda una pregunta en el aire: ¿podría esta guerra absurda y personalista entre Cepeda y Uribe ser, irónicamente, el motor que movilice al país en estos dos meses restantes? Quizás el cansancio de ver a Colombia atrapada en un litigio judicial de décadas, donde se cobran deudas de sangre de una generación a otra, termine por empujar al electorado hacia una salida de emergencia. No necesariamente hacia ese centro que hoy luce desdibujado, sino hacia una fórmula que simplemente no sea la de los odios heredados.
El país está agotado de elegir bando en una tragedia ajena; lo que está por verse es si ese agotamiento se traducirá en un castigo en las urnas para quienes insisten en mirarse el ombligo mientras la nación se desmorona, o si, por el contrario, terminaremos eligiendo, una vez más, qué parte del pasado nos duele menos.
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