Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
“Llegó el momento de tocar el piano y no correr con prepotencia alrededor”. Del liderazgo. Del compromiso grupal. Del revolcón.
Lo que hace poco era una clasificación cómoda, sostenida con futbol y goles, se ha transformado en burguesía y conformismo, con el riesgo de convertirse en una pesadilla, sin la tranquilidad interior.
La obra estaba construida pero no terminada.
El gol del empate del Medellín, no fue un accidente. Fue un mazazo. Porque lo que se derrumbó en un segundo no solo fue el resultado, fue la seriedad competitiva.
El Once tenía el partido en el bolsillo y permitió mansamente, por la tolerancia, especialmente en la zona de rebotes y la ausencia de marcajes firmes, en el preámbulo de la igualdad
En la cancha volvió a encadenar pases, a construir con ilusión estética, pero en el futbol la acumulación de pases, es improcedente cuando no tienen verticalidad en la zona de gol.
En la defensa las grietas no se disimulan. A punto estuvo de recibir un humillante gol de media cancha. Joan Parra, el portero, quien ha sido garantía, se exhibió en una discreta versión porque, en ocasiones, no entiende que el lucimiento no es individual sino colectivo.
El sector de Tamayo fue una invitación abierta al desastre. Permisivo, frágil, vulnerable, hasta insólito, como en ese intento de gol de Laserna, del rival, desde el medio campo.
Patiño entró a darle solidez a las marcas, pero no pasó de ser remiendo. Dio claridad en la salida, pero en los marcajes fue igual.
Como si fuera poco la armonía interior se rompió. El camerino empezó a hablar. La discusión entre Juan Cuesta- de los pocos rescatables del partido- y Dayro atrapado en su bajo nivel, no puede ser un episodio menor que muera en las penumbras del camerino o en sus códigos complacientes.
No puede fracturarse el equipo a esta altura. Lo mismo lo ocurrido con Niche Sánchez, quien salió ofuscado cuando fue sustituido.
El Once sigue sostenido, clasificado, pero cuidado: la tabla engaña, el juego no. Oídos sordos a las advertencias, son el preámbulo de algo peor.
*P.D. La ventaja de no depender de los demás. De no condicionar los resultados a los ajenos. De solo depender de si mismo para clasificar *.











