Erika Ramírez, quien fue reclutada a los 12 años por grupos criminales en Medellín tras sufrir violencia doméstica en su hogar, cumplió nueve años de una condena de 16 años por un preacuerdo judicial y hoy se desempeña como psicóloga en la administración municipal y guía turística en la Comuna 13, transformando su doloroso pasado en una historia de redención y prevención para jóvenes vulnerables.
Originaria de un entorno marcado por la pobreza y la violencia intrafamiliar en Medellín, Ramírez abandonó la escuela y fue captada por estructuras al margen de la ley, pasando por una guerrilla y luego por crimen organizado urbano en la Comuna 13. A los 12 años, comenzó transportando armas y drogas, e incluso la utilizaban como señuelo en secuestros. Con el tiempo, desertó de su grupo armado y formó su propio colectivo delictivo, replicando los ciclos de maltrato que había presenciado en su infancia, donde su padre biológico agredía a su madre, llegando a ahorcarla mientras estaba embarazada de su hermana.
De la captura a la resocialización
Detenida a los 25 años, enfrentaba una posible condena de 32 años de prisión en la cárcel El Buen Pastor, pero un preacuerdo redujo su pena a 16 años. Allí, un psicólogo penitenciario marcó un punto de inflexión: inicialmente, Ramírez le respondió con desafío, diciéndole: “Si estoy bien o mal, ¿a usted qué le importa? Usted no puede hacer nada por mí”. Sin embargo, gracias a la orientación, educación penitenciaria y charlas preventivas, inició su proceso de resocialización. Un funcionario la presionó para firmar el preacuerdo con urgencia: “Firme eso porque usted la van a condenar a 32 años y ahorita a las 4 cierra la oficina de allá de los juzgados, hágalo por su familia”, relató ella.
“Incluso mi padre biológico agredía a mi madre y también me tocó ver eso. En una ocasión mi papá estaba ahorcando a mi madre estando embarazada de mi hermana”.
Erika Ramírez
Tras cumplir nueve años, su primer empleo fuera de prisión fue en la recolección y reciclaje de residuos en un centro comercial. Validó su bachillerato y estudió psicología mientras vendía medias, aretes y pasteles en la universidad. Hoy, utiliza su testimonio en charlas preventivas para jóvenes, explicando la transformación urbana de Medellín, y considera la cárcel “lo mejor que me pudo haber pasado en la vida”. Admitió haber sido maltratadora en sus relaciones: “Yo era maltratadora, yo lo golpeaba a él. Yo pasé a hacer lo que hicieron mis tíos con sus mujeres y lo que hizo mi papá con mi mamá”, y reveló: “incluso me colocaban de señuelo para los secuestros”.
“Yo era maltratadora, yo lo golpeaba a él. Yo pasé a hacer lo que hicieron mis tíos con sus mujeres y lo que hizo mi papá con mi mamá”.
Erika Ramírez
Recogido por Los Informantes y Noticias Caracol, el relato de Ramírez ilustra cómo la marginación social y la violencia doméstica alimentan el reclutamiento forzado de menores, pero también cómo programas de resocialización pueden romper esos ciclos en ciudades como Medellín, ofreciendo esperanza a miles de jóvenes en riesgo.











