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La rebeldía de la sensatez

El futuro no se construye con el hígado, sino con la cabeza fría y el compromiso de no repetir los errores de un pasado que se disfraza de cambio o de tradición según sople el viento.

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

Abundan hoy los sembradores de odio que confunden la sensatez con la cobardía y el equilibrio con la tibieza. 

En este ecosistema de gritos y trincheras, declararse de centro parece, para algunos, un acto de neutralidad indolente; nada más alejado de la realidad. Ser de centro no es habitar una zona gris, sino sostener con firmeza el eje de una rueda que otros intentan descarrilar hacia los abismos del revanchismo. Es la rebeldía de quien se niega a comprar el paquete completo de un dogma y prefiere la tarea, mucho más audaz y agotadora, de rescatar lo que sirve de cada orilla para construir sobre lo público, sin sacrificar la paz ni la decencia en el altar de la polarización.

Esa supuesta ‘tibieza’ es, en realidad, una barrera ética contra la política del insulto y el revanchismo. Ser de centro implica sentir una aversión natural hacia el lenguaje que deshumaniza al contrario para convertirlo en enemigo. Mientras los extremos se alimentan de la pelea y necesitan la confrontación diaria para mantener viva su narrativa, el centro encuentra su razón de ser en la conversación civilizada. No es falta de carácter; es la convicción de que el odio solo produce escombros y que el revanchismo es una trampa circular que nos impide avanzar como nación.

Los que rechazamos el insulto no actuamos por purismo estético, sino por realismo político: un país no se reconstruye sobre las cenizas de la dignidad de la otra mitad. El derecho a creer que las posiciones enfrentadas pueden encontrar una salida común no es una utopía romántica, es la única vía práctica para que la democracia no sea una guerra civil por otros medios.

Es necesario entender que el centro no es el guardián de un modelo económico inamovible, sino el defensor de lo que funciona para la gente. Mientras los extremos se desgarran entre la estatización absoluta o la privatización a ultranza, la mirada desde el centro propone una evolución racional. El ejemplo más claro es la salud: no se trata de defender un sistema por nostalgia, ni de destruirlo por prejuicio ideológico. La verdadera valentía política radica en proponer un cambio radical allí donde el sistema falla, pero teniendo la sensatez de rescatar lo mejor de lo construido. Al final del día, al ciudadano no le importa si su tratamiento viene de una mano pública o privada, le importa que el Estado garantice su derecho a la vida con eficiencia. 

Ser de centro es, en última instancia, tener el coraje de ser pragmático en un mundo de fanáticos; es la apuesta por una Colombia donde quepamos todos, sin tener que pedir permiso para pensar de manera distinta.

Lo más irónico de la política nacional es que los extremos, mientras se insultan, se mimetizan. Si quitamos los colores de las banderas, sus conductas son calcadas: una coreografía de justificaciones donde el fin siempre parece validar los medios. ¿Con qué autoridad moral se rasgan las vestiduras, si ambos han usado las mismas herramientas?

Fue el gobierno de la ‘mano firme’ el que inventó la figura de los gestores de paz para desmovilizados como la temida ‘Karina’, una fórmula que hoy otros replican bajo nombres distintos, pero con idéntica lógica de Estado. Lo mismo ocurre con el asistencialismo: lo que ayer se llamaba Familias en Acción hoy se traduce en subsidios directos a adultos mayores que nunca tuvieron acceso a una pensión; ambos bandos saben que el estómago del necesitado es el terreno más fértil para el voto. En época electoral, la ética se rinde ante la urgencia y los contratos de prestación de servicios brotan en ambas orillas como el combustible necesario para aceitar las maquinarias.

El fundamentalismo ha construido un tinglado donde solo cambian los villanos: nos aterran con el ‘ogro comunista’ que devora fortunas, mientras del otro lado se agita el fantasma de la ‘aplanadora fascista’ y el horror de los 6.403 falsos positivos. En ese ruido, la justicia es la gran víctima: ambos bandos celebran los fallos judiciales cuando les favorecen y denuncian ‘persecución política’ cuando les afectan. Es un escenario de ovejas ariscas y corderos mansos donde incluso se invoca el nombre de Dios, ya sea para justificar la exclusión o para convocar a un país a perpetuar la guerra bajo el disfraz de la rectitud. Al final, el ciudadano queda atrapado en una pelea de espejos donde la corrupción del uno se justifica con la supuesta ignominia del otro.

Estamos a las puertas de una nueva cita con la historia en mayo y junio, y la pregunta que debemos hacernos no es quién grita más fuerte, sino quién está dispuesto a construir sobre lo que nos une. Es hora de que los colombianos dejemos de ser espectadores pasivos de ese tinglado donde el insulto y la intolerancia son el plato principal. Aplaudir a quien mejor ofende es condenarnos a otros cuatro años de parálisis institucional. La verdadera madurez democrática no reside en elegir al caudillo que promete vengar nuestros agravios, sino en respaldar a quienes proponen soluciones técnicas, sensatas y, sobre todo, humanas. El futuro no se construye con el hígado, sino con la cabeza fría y el compromiso de no repetir los errores de un pasado que se disfraza de cambio o de tradición según sople el viento.

El voto es nuestra herramienta para desmontar ese escenario de odios heredados. Si en las próximas elecciones decidimos castigar el espectáculo y premiar la coherencia, habremos dado el paso definitivo hacia la mayoría de edad como nación. No se trata de una elección entre izquierda o derecha, sino entre el caos del revanchismo y la estabilidad de la sensatez. El centro nos ofrece ese refugio donde la diferencia es un valor y no un motivo de guerra. Es el momento de silenciar el ruido de las barras bravas para escuchar, por fin, la voz de un país que clama por resultados, por decencia y por la paz definitiva que solo el equilibrio puede garantizar.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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