Compartir en redes sociales

El blanco es blanco y el verde pálido

Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO

Nacional saltó a la cancha con prepotencia. La de siempre. “¡Aquí mando Yo!” … Pisó el césped con la convicción del favorito.

Movimientos suaves, casi coreográficos, para soltar los músculos. Flotaban sus figuras frente a la expectación de las tribunas inquietas.

Al frente el blanco, metido en su mundo. Sin complejos. Dispuesto a jugarle de igual a igual a su cotizado rival. Con todo el animo. Sin rendirse. Poco dispuesto a sucumbir. Al fin y al cabo, era el dueño del escenario, arropado por su público en bulliciosa espera.

Rodó la pelota, y Nacional no fue la peligrosa fiera que acechaba, tampoco una manada de tiburones.

Muy temprano, el Once se metió en el rancho del verde. Lo incomodó. Lo sacó de quicio. Inofensivos los gestos de Morelos, injustificados sus lloriqueos y sus reclamos. Como desmedidos los arrebatos físicos de Tesillo. Parece otro.

Entonces las manos de Harlem Castillo se alargaron y el grito de gol se ahogó. Este “chipi-chipi” volador, figura y salvador, en deslumbrante noche, mientras David Ospina, el histórico decadente, calentaba el banco, escena que repetirá en el mundial. No lo dudes.

Juguetón el Once. Dominador. Con el Balón bajo el control de piernas veloces, de ideas claras y precisos toques. Apabullante por pasajes, con llegadas peligrosas.

El verde apeló a su detestable libreto de las faltas fingidas y simulaciones en el área. Camino equivocado y no propio de un histórico. Tan diferente, sin rumbo, a su futbol cuando tiene pirotécnica.

El zarandeo del blanco, puso a temblar al campeón, hasta el gol. Era una avalancha, con continuas llegadas que rozaban la red.

Cañonazo el de Niche Sánchez, para coronar una vertiginosa jugada que provino de la banda derecha, donde Zapata bailó a sus marcas, previos toques medulares con Andrés Roa como el director de la orquesta.

En la tribuna sur “los parceros” paisas no pararon de gritar, cantar y animar. Es lo suyo, siempre. Cuando el visitante arreció era tarde y estaba Joan Parra. «Arquerazo» en cada lance.

En los minutos finales el Once peleó el partido. En realidad, ya lo había jugado y ganado. Suficiente, para una noche inolvidable. En la cancha la esencia de su futbol como preámbulo a las finales.

Con la nariz en el camerino, el olor y las consecuencias de una derrota. Pobre Diego Arias, explicando lo inexplicable. “Fusilado” por los periodistas de su corte. Lo peor de un entrenador, la comparecencia pública ante la insolencia de los medios.

Dupla inspiradora, perfecta combinación, de Sánchez y Roa. De Zapata y Robert. La tarde del ole y no de los bostezos. Del futbol en estado puro. Esteban J.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

Sigue leyendo