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La libertad de prensa también se erosiona desde adentro

“…nunca había sido tan fácil publicar información, pero tampoco había sido tan difícil que la información confiable prevaleciera sobre el ruido…”

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

El más reciente informe de Reporteros Sin Fronteras confirma una tendencia inquietante: la libertad de prensa atraviesa su peor momento en 25 años. Más de la mitad del mundo vive en contextos donde ejercer el periodismo es difícil o peligroso, y el deterioro ya no es exclusivo de regímenes autoritarios. También ocurre —de formas más sutiles— dentro de las democracias. Ese matiz nos obliga a preguntarnos no solo dónde se persigue al periodismo, sino cómo se debilita desde su propio corazón.

En Colombia, donde la violencia contra periodistas sigue siendo una amenaza real, esa erosión adopta formas menos visibles pero igualmente corrosivas. Una de ellas es la «puerta giratoria”, ese tránsito frecuente entre salas de redacción y cargos públicos que no es nuevo, pero sí cada vez más normalizado. Cuando esta circulación se vuelve sistemática, surge la duda, porque si quien hoy ejerce el poder ayer informaba sobre él, ¿dónde terminaba la independencia y dónde empezaba la afinidad?

En un contexto de desconfianza generalizada, esta dinámica incentiva la autocensura y debilita la capacidad del periodismo para incomodar al poder.

Pero la crisis no es solo de ética, es de dignidad. La libertad de prensa es una abstracción inalcanzable cuando el periodista vive en la precariedad. Es ingenuo exigir independencia absoluta a profesionales que enfrentan salarios de hambre, contratos inestables y la ausencia de garantías básicas. Un periodista asfixiado por la incertidumbre económica es mucho más vulnerable a las presiones externas o a la tentación de transar sus principios por estabilidad. 

Esta fragilidad individual no es fortuita; es el síntoma de una estructura donde la responsabilidad recae directamente en los dueños de los medios: la información es un bien público, pero se gestiona bajo lógicas empresariales que a menudo priorizan el balance financiero sobre el rigor editorial. Cuando el medio se usa como herramienta de presión para otros negocios o como moneda de cambio con el gobierno de turno, el periodismo deja de ser un servicio para convertirse en un apéndice de intereses particulares.

A esto se suma la alarmante falta de cohesión en el gremio. En Colombia, el periodismo opera como un archipiélago de individualidades, incapaz de articular una defensa conjunta frente a los ataques externos o las injusticias internas. Esta desunión facilita que el espacio público digital se convierta en un terreno de disputa política permanente, donde ejércitos de cuentas coordinadas y plataformas que opera

Por eso en Colombia y muchas otras democracias, distintos actores han encontrado en las redes sociales una vía directa para moldear la conversación pública mediante ejércitos de cuentas coordinadas, financiación de influenciadores, campañas de desprestigio y la creación de plataformas que operan como medios, pero sin someterse a los estándares del periodismo. Aquí el desafío es distinto al de la censura tradicional. No se trata de silenciar voces, sino de inundar el debate público produciendo suficiente ruido, desinformación y polarización como para que la información rigurosa pierda impacto. En ese contexto, el periodismo compite en condiciones desiguales: mientras unos actores están sujetos a verificación y responsabilidad, otros operan sin ellas, pero con enorme capacidad de amplificación.

El desafío actual no es la censura tradicional que silencia voces, sino la saturación que las vuelve irrelevantes. Mientras el periodismo riguroso compite bajo reglas de verificación, otros actores operan sin ellas pero con enorme capacidad de amplificación. Tal como ha advertido la Fundación Gabo, las amenazas hoy operan a través de presiones indirectas y entornos hostiles que, sin prohibir el oficio, lo marchitan. La consecuencia es una paradoja inquietante: nunca había sido tan fácil publicar información, pero tampoco había sido tan difícil que la información confiable prevaleciera sobre el ruido.

La libertad de prensa se defiende frente a los gobiernos, pero hoy, más que nunca, urge defenderla de la precariedad, del silencio gremial y de los intereses que la utilizan como escudo para agendas que nada tienen que ver con la verdad.

Porque la libertad de prensa no solo se pierde cuando se silencia a los periodistas. También se pierde cuando se diluyen sus fronteras.

Y cuando el periodismo deja de incomodar al poder, empieza —casi sin darse cuenta— a parecerse a él

sos/

Columna de opinión

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