Compartir en redes sociales

Al límite de la hoguera

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

La tregua de las urnas, si es que la hubo, duró apenas unos minutos. El respiro antipolarizante que los colombianos vivimos después que se conocieron los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta presidencial, —un oasis de relativa sensatez— se evaporó con la misma rapidez con la que se consolidaron los resultados de la primera. Bastó un solo trino presidencial, desconociendo el preconteo y reviviendo viejos enconos contra los hermanos Bautista, para que el país político volviera a encenderse.

Lo que se vislumbra para los próximos veinte días no es un debate de propuestas, sino una guerra de trincheras donde los epítetos de ‘guerrillero’ y ‘paramilitar’ volverán a ser las armas de destrucción masiva de nuestra democracia.

El mandatario, lejos de asumir una postura de jefe de Estado que brinde garantías y serenidad, prefirió lanzar gasolina al fuego. Al cuestionar la validez del preconteo y revivir su histórica rencilla contra los propietarios de Thomas Greg & Sons, Petro no solo sembró mantos de duda sobre la misma institucionalidad que hoy preside, sino que terminó haciéndole el favor de la vida a sus contradictores. Paradójicamente, la vehemencia del presidente se convirtió en el mejor libreto y en el principal jefe de debate para la campaña de Abelardo de las Espriella. Para rematar el cuadro, el inmediato respaldo del senador Iván Cepeda a las tesis presidenciales terminó por sepultar cualquier asomo de autocrítica en el sector oficialista, blindando una narrativa de confrontación total.

Lo que nos espera en los próximos veinte días es, por lo tanto, un espectáculo dantesco. La discusión programática sobre salud, economía o seguridad quedará sepultada bajo una avalancha de descalificaciones mutuas y bajezas estéticas. De un lado, el libreto ya está escrito: «mafioso», «misógino” “homofóbico” «defensor de paramilitares»; del otro, la respuesta automática será «guerrillero», “criminal”, «amigo de bandidos». Es el retorno triunfal de la política del miedo y el odio, una estrategia electoral tan efectiva para ganar votos como irresponsable para gobernar, que vuelve a situar a Colombia dangerously al límite de una violencia mayor.

Sin embargo, en medio de este incendio de los extremos, el verdadero destino del país podría terminar definiéndose en una franja intermedia que hoy parece revivir. El centro político, tantas veces fragmentado y castigado en las urnas, emerge ahora como el fiel de la balanza en este complejo ajedrez. Figuras clave ya han empezado a mover sus fichas. Claudia López alzó la voz de alerta de manera temprana, advirtiendo sobre los riesgos institucionales que supondría una presidencia de Abelardo de la Espriella. Por su parte, Sergio Fajardo dejó claro que esta vez no habrá espacio para «ir a avistar ballenas»; el momento exige protagonismo, diálogos y, sobre todo, exigencias programáticas rigurosas a los candidatos en disputa.

El dilema para estas fuerzas de centro no es menor, pues sus principios chocan de frente con la retórica de la extrema derecha. Es difícil imaginar, por ejemplo, a un Juan Daniel Oviedo —quien ya mira hacia la Alcaldía de Bogotá— respaldando una opción señalada de misógina y y machista. El mismo callejón sin salida enfrenta el Nuevo Liberalismo de Juan Manuel Galán: si el apoyo previo a Paloma Valencia en la consulta ya dejó un sinsabor de fracaso, entregarse a las huestes de De la Espriella equivaldría a enterrar definitivamente el legado histórico y ético de Luis Carlos Galán.

Pero el tablero tiene otra variable crítica. Mientras las minorías del centro intentan negociar con sensatez, hay un «partido» mayoritario que observa la escena con absoluto desdén: ese más de 40 por ciento de colombianos que optó por la abstención. Ante la ausencia de propuestas viables y el exceso de lodo, esos ciudadanos indignados o apáticos difícilmente encontrará un incentivo para acudir a las urnas en veinte días.

En este escenario de infarto, donde la diferencia entre ambos modelos de país es mínima, el margen de error es cero. Por eso, a distinto de contiendas anteriores donde los favoritos se daban el lujo de rehuir los micrófonos y escoger sus interlocutores en medios y redes para cuidar su ventaja, esta vez la confrontación directa podría marcar la diferencia. En una campaña corta de escasos veinte días, el candidato que se esconda o aplique la vieja táctica de la silla vacía podría estarcediendo una ventaja letal. Los colombianos, fatigados del lodo en redes, exigirán verlos defender sus tesis bajo la presión de las preguntas difíciles; allí, sin libretos ni barras bravas que aplaudan, se medirá el verdadero peso de sus liderazgos.

Al final, la paradoja de esta segunda vuelta es total. El futuro de Colombia no se decidirá por la intensidad de los gritos en las redes sociales ni por la capacidad de los extremos para movilizar a sus fanáticos ya convencidos. El rumbo del país dependerá de la inteligencia con la que el centro mueva sus piezas en medio del caos, y de la capacidad de ambos candidatos para convencer a una masa silenciosa que hoy prefiere el silencio antes que ser cómplice de la hoguera.

sos/

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

Sigue leyendo