Es el gol, el encuentro de la felicidad. Por eso la celebración entusiasta, en el triunfo del combinado nacional.
James es una cosa. Colombia, otra. No se debe sujetar el rendimiento colectivo a la aportación personal del creativo.
Esta vez Colombia se reencontró con su futbol, su estilo y sobre todo, con la pelota. La hizo productiva, con alegre toque de un lado a otro, moviendo la defensa de Congo, con amplitud y profundidad., con secuencia de toque, que llaman posesión. Con variedad en las opciones y un gol, más que suficiente para ganar.
James aún no está. Con pocos contactos con el balón. Efectivos si, pero discontinuos, inconstantes, por su desplazamiento cansino.
El ojo no miente. Muñoz fue un rayo. Apareció de la nada, prescindió de arabescos innecesarios, se catapultó a la red.
Rápido como una liebre, preciso como un reloj. Inesperado. Con estallido de gol. Es costumbre en él. Lo hizo contra Uzbekistán, lo repitió contra Congo y no hace mucho de la misma manera en Amistoso ante España.
Al filo de la medianoche, cuando a escondidas duermen los serenos, los hinchas pelean con la almohada, pegados a la Tv y los sueños se hacen realidad.
El trámite nunca fue perturbador, para Colombia, aunque al final aparecieron las urgencias, cuando el miedo entró al cuerpo, sofocadas con las manos de Camilo Vargas, aferradas al balón.
Colombia en su mejor versión. Su futbol fue vital. Peligroso en el ataque, con altas valoraciones cualitativas, como la de Puerta, ese chico convertido en revelación y Arias, con su dinámica conocida que le dio vida a la pelota que corrió y corrió. como guía y control.
Fue, por pasajes, un placer verla jugar.
Volvió Quintero, caminador como James, pero con pases magistrales que fueron ricuras. Con química en la conexión con los delanteros. Que lo diga Lucho Díaz, quien estuvo varias veces en posición de gol, pero el arco se le achicó.
Ante el camino culebrero que se avecina, mucha fe, madurez, humildad y sentido común. Esteban J.









