Samaná y Supía abrazan a sus ausentes tras 20 años de silencio

Fotos: UDPD
Compartir en redes sociales

El amor inquebrantable de una hermana y de una esposa logró vencer el olvido y la incertidumbre en Caldas

Con el apoyo de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, Daniela y Carlos Alberto regresaron dignamente a sus territorios

El silencio del conflicto armado en Colombia suele durar décadas, pero el amor inquebrantable de una hermana y de una esposa demostró en Caldas que la memoria colectiva es capaz de romper cualquier olvido. 

Tras más de veinte años de dolorosa incertidumbre, las familias de Daniela Ospina Quinchía y Carlos Alberto Corrales Serna pudieron por fin cerrar un ciclo de dolor gracias a la persistencia de sus búsquedas y al acompañamiento humanitario de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD). Dos vidas arrebatadas por la guerra en contextos distintos, pero unidas por el mismo regreso digno a sus territorios.

La promesa de Biviana en las trochas de Samaná

En Nariño, Antioquia, la infancia de Daniela Ospina se recuerda bajo el signo de la tranquilidad. Nacida en 1986, era una de las menores de su hogar, una niña cuya vida se pausó abruptamente en 1999 cuando, con apenas 13 años, fue reclutada por un grupo armado. Un año después, en el 2000, su rastro se desvaneció por completo en medio de las hostilidades del área rural de Samaná, Caldas.

Fueron más de veinte años de un silencio espeso. Sin embargo, su hermana Biviana María se convirtió en el motor incansable de una búsqu

eda ciega pero guiada por el afecto. Biviana recorrió las trochas y la ruralidad de Samaná hasta dar con un punto preciso en una fosa clandestina en el sector de La Albania, corregimiento de Florencia.

“Este hallazgo es muy especial porque una de sus hermanas fue la persona que más luchó para encontrarla”, explica Andrés Felipe Marín, Coordinador del grupo de trabajo de la Territorial Caldas de la UBPD.

Gracias a esa guía familiar, el cuerpo fue recuperado en septiembre de 2024 e identificado plenamente en noviembre de 2025. El regreso de Daniela a su territorio culminó en una emotiva ceremonia en la parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, devolviendo la paz no solo a su hogar, sino sembrando confianza en una comunidad que, durante el acto litúrgico, radicó seis nuevas solicitudes de búsqueda.

El último viaje del comerciante de Cañamomo Lomaprieta

A unas horas de allí, en el occidente de Caldas, la historia de Carlos Alberto Corrales Serna se detuvo a los 27 años. Carlos Alberto era un comerciante carismático, un ‘cacharrero’ que recorría los caminos y los resguardos indígenas llevando mercancía y el sustento para su esposa y sus dos pequeños hijos. En 2004, la violencia apagó su caminar en el Resguardo de Origen Colonial Cañamomo Lomaprieta, en Supía.

Durante dos décadas, el temor paralizó las respuestas, pero no el amor de su esposa, Adriana Sánchez. En el 2020, en el momento más complejo, Adriana venció el miedo y tocó las puertas de la UBPD. La persistencia de la viuda, sumada a la solidaridad de la comunidad y a información extrajudicial, permitió que en 2024 el equipo técnico de la UBPD recuperara el cuerpo de Carlos Alberto en la comunidad de Pulgarín, Supía.

Como resalta el investigador Huber Mario Calvo, Adriana lideró el proceso protegiendo a unos suegros ancianos y a unos hijos que crecieron sin padre. Su regreso no fue un mero trámite protocolario. Fue un acto de sanación comunitaria donde se unieron la Alcaldía de Supía —gestionando un osario a perpetuidad—, la Unidad para las Víctimas con soporte psicosocial, las autoridades indígenas del resguardo y el acompañamiento espiritual de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia (IPUC), liderado íntimamente por un familiar de la propia Adriana.

La luz de la búsqueda en Caldas

El regreso de Daniela y Carlos Alberto no es solo un bálsamo para sus familias; es un faro para un departamento profundamente golpeado por el conflicto. En Caldas, la UBPD registra 3.190 solicitudes de búsqueda, un listado doloroso encabezado por La Dorada (763), Riosucio (566), Samaná (519) y Manizales (443).

Hasta la fecha, los esfuerzos humanitarios han permitido la recuperación de 138 cuerpos y el desarrollo de 23 entregas dignas en el departamento. Cada cuerpo que vuelve a su tierra es la prueba de que romper el silencio es el primer paso para el reencuentro, y de que las veredas dispersas de nuestra geografía siguen esperando el retorno de sus ausentes.

Fuente: Prensa Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas

sos/

Sigue leyendo