El traspaso de poder en Colombia se convirtió en un ring de boxeo mediático y disputas de ego. Un llamado urgente a que el gobierno saliente deje las pataletas, el entrante abandone los caprichos de campaña, y ambos respeten la dignidad del país
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
El país asiste, entre la fatiga y el estupor, a un espectáculo lamentable que ya se volvió paisaje. Mientras las urgencias de los ciudadanos se acumulan en la sala de espera de la realidad, el gobierno saliente y el presidente elegido parecen atrapados en un bucle infantil de micrófonos encendidos, titulares incendiarios y contragolpes mediáticos. Es la política convertida en un reality show de baja categoría, donde importa más quién asesta el último golpe verbal que quién ofrece estabilidad institucional.
El último round roza el absurdo. Abelardo de la Espriella pretende inaugurar su mandato rompiendo una tradición centenaria, republicana y solemne, para trasladar el escenario de su posesión a una guarnición militar. Un capricho que no solo implica un despliegue logístico y un gasto innecesario para movilizar a todo el Congreso, sino que arrastra el show mediático a los cuarteles bajo el pretexto de «rescatar la moral» de la Fuerza Pública. Un discurso de campaña que ya debió haber cerrado, pero que prefiere mantener vivo para alimentar la tensión. Ante semejante despropósito, al errático presidente saliente, Gustavo Petro, le cabe toda la razón legal al negarse: hasta el último minuto de su período, la Constitución lo mandata como el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas. Las guarniciones no son tarimas políticas de candidatos electos.
Mientras tanto, la tónica diaria no cambia. Petro se dedica a torpedear en redes cada uno de los anuncios del nuevo gabinete. Ninguno le sirve. Por supuesto, olvida que hace cuatro años la oposición de derecha hacía exactamente lo mismo con los suyos. En esa nueva galería ministerial hay de todo: nombres de gente brillante, pero también personajes investigados, voceros de castas dinásticas y políticos tradicionales. Lo mismo de siempre. Lo único que cambia es que ahora las cuotas son de derecha. La izquierda gobernante tendrá que asimilar, con madurez y autocrítica, que su oportunidad terminó; que si el electorado les dio la espalda, fue porque algo hicieron mal y porque Petro prefirió gobernar para la galería radical de su «plaza pública», ignorando que su deber era gobernar para todos los colombianos.
Dentro de esa coreografía de anuncios de de la Espriella, llama la atención su publicitada «línea directa» con los alcaldes y mandatarios regionales como supuesta estrategia contra la corrupción. Sobre el papel suena bien, pero ¿hasta qué punto es algo más que libreto? La descentralización de micrófono es atractiva, pero la cruda realidad fiscal del país se define en el Capitolio. Habrá que ver si el nuevo gobierno mantiene la firmeza prometida o si terminará arrodillado ante la mermelada y el peaje político de los honorables congresistas, cuyos votos son indispensables para aprobar reformas y presupuestos. El clientelismo rara vez se extingue; solo cambia de administrador.
Qué alivio le habría traído al país ver la foto de un saludo protocolario, maduro y sensato entre el saliente y el elegido. Ese solo gesto habría bajado la temperatura. Pero no; prefieren el ring. Mientras el uno critica desde el atrincheramiento, el otro lanza amenazas de extradición dignas de un libreto de televisión. Habrá que recordarle al presidente electo que si Petro y sus amigos cometieron delitos, eso lo deben decidir los jueces colombianos, no los de Estados Unidos. La justicia local se respeta, no se terceriza por conveniencia mediática.
Lo trágico es que, tras el ruido, nada parece que vaya a cambiar en las formas. Seguiremos bajo el yugo de mandatarios que gobiernan a punta de tuits y redes sociales. La única novedad es que pasaremos del balcón al egocentrismo de una urna de cristal, con un presidente que se exhibe gobernando desde la distancia de su propio mito. ¿Y quién responde por la moral de los colombianos que vemos desde la tribuna este intercambio de golpes bajos?
Ya basta. Cojan oficio, señores.
Dedíquense a lo que les corresponde. El gobierno entrante, a gobernar sin mesianismos y a asumir su rol con la altura, el rigor y el respeto irrestricto por la Constitución. Y el saliente, a entregar con dignidad y sin pataletas. Los colombianos no sostenemos una democracia para que nos entretengan con peleas de patio de escuela. Exigimos seriedad, exigimos que dejen el circo y, por encima de todo, exigimos una cosa: RESPETO.
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