Expertos explican por qué las víctimas de acoso laboral en medios no reaccionan

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La reciente denuncia pública de la abogada y activista Sofía Vela Mejía, quien relató hechos ocurridos durante un curso de presentación organizado por una productora de televisión, ha reabierto el debate en Colombia sobre el acoso sexual laboral, particularmente en el entorno de los medios de comunicación. Frente a las preguntas que suelen surgir sobre por qué las víctimas no reaccionan de manera más contundente, tres expertos consultados ofrecen un análisis sobre los mecanismos psicológicos detrás de estas dinámicas y desmitifican la idea de un perfil único de agresor. Juan Gabriel Ocampo Palacio, psicólogo y profesor asistente del Programa de Psicología de la Universidad del Rosario; Diego Arango Muñoz, psicoterapeuta y fundador de Transformaciones DAM; y la propia Sofía Vela Mejía coinciden en que la inmovilidad, la risa nerviosa o el silencio no son señales de aceptación, sino respuestas de supervivencia del cerebro ante una amenaza.

La propia Sofía Vela narró en primera persona esa reacción de parálisis que muchas víctimas experimentan y que a menudo es malinterpretada. “Mucha gente pregunta por qué una víctima no corre o no grita. En realidad no se puede. En mi caso entro en modo supervivencia y me congelo. Es una respuesta del cerebro para intentar mantenerse con vida”, explicó la abogada, activista y fundadora de la Fundación Las Guaguas. Estas declaraciones buscan despejar el estigma que recae sobre quienes sufren acoso, a quienes la sociedad suele exigir una reacción activa de defensa. El psicólogo Juan Gabriel Ocampo profundiza en esta complejidad social al señalar que un gesto como la risa nerviosa puede ser peligrosamente malinterpretado por el agresor. “La gente no es tonta. La gente reconoce cuando es un comentario amable o cuando es claro que la persona tiene una posición jerárquica más alta. Y la lectura de eso para el que no entiende es: ‘Usted se rió, usted le está dando vía libre a él para que lo haga o está aceptándole’”, afirmó el profesor de la Universidad del Rosario.

La ausencia de resistencia no es consentimiento

Uno de los puntos centrales del análisis de los expertos es la necesidad de diferenciar entre no oponerse y consentir libremente. Diego Arango Muñoz, psicoterapeuta, fue contundente al aclarar este punto: “La risa no es una señal de consentimiento. El consentimiento no es ausencia de resistencia, sino aceptación libre, clara y voluntaria. Es decir, cuando yo no recibo resistencia, no quiere decir que se esté consintiendo”. Este principio es clave para entender que el contexto de asimetría de poder, común en entornos laborales jerarquizados como los medios de comunicación y las productoras de televisión, anula cualquier posibilidad de una aceptación genuina. Los expertos explican que en estas organizaciones a menudo opera una cultura permisiva, donde las normas informales (“aquí pasan cosas, pero nos quedamos callados”) tienen más peso que los reglamentos, facilitando dinámicas de abuso como el quid pro quo, donde se intercambian favores sexuales por beneficios o se evitan perjuicios laborales.

Otro mito que los especialistas buscan derribar es la existencia de un perfil psicológico único para el agresor. Juan Gabriel Ocampo aclara que no hay una sola característica que lo defina. “En realidad no es que exista un solo patrón, no existe una sola característica o algo que nos permita explicar por qué se llevan a cabo dichos comportamientos”, señaló. Sin embargo, los análisis de estos casos revelan factores comunes como el abuso de poder, rasgos de narcisismo y una marcada falta de empatía. Ocampo también apunta que la mayoría de las víctimas son mujeres, especialmente en espacios donde predominan los hombres o las jerarquías, y que los estereotipos de género —que asocian a los hombres con el liderazgo y a las mujeres con la pasividad— contribuyen a perpetuar estas desigualdades.

Las secuelas psicológicas para quienes viven estas experiencias son profundas y de largo alcance. Según los expertos, es común que las víctimas desarrollen trastornos de ansiedad, depresión, ataques de pánico, estrés crónico, así como sentimientos de culpa, vergüenza y una pérdida significativa de la confianza en sí mismas y en los demás. Diego Arango Muñoz subrayó que el proceso de sanación va mucho más allá de un simple cambio de empleo. “Recuperarse de todo esto no significa simplemente cambiar de trabajo, sino de reconstruir la sensación de seguridad, confianza, dignidad, que fue deteriorado seriamente”, afirmó el psicoterapeuta. Para los expertos, la responsabilidad no solo recae en identificar y sancionar al agresor, sino también en las organizaciones, que deben implementar protocolos de atención efectivos, campañas de tolerancia cero y, como primer paso fundamental, creer en la palabra de la víctima, especialmente cuando no existe evidencia física del hecho.

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