Adictos recuperados en Bogotá narran el camino de la rehabilitación

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Dos historias de recuperación en Colombia ilustran con crudeza el infierno de la adicción y el camino, no menos doloroso, hacia una vida que valga la pena ser vivida. John Páez, fundador de la Fundación Aprender a Vivir, y L., una mujer bogotana que hoy acumula 17 años de sobriedad, compartieron sus testimonios para mostrar que la enfermedad es incurable pero detenible, y que la rehabilitación exige un compromiso profundo con uno mismo, el apoyo familiar y un abordaje terapéutico integral.

John Páez comenzó a consumir bazuco a los 14 años y durante dos décadas su vida fue un espiral descendente. Llegó a pesar tan solo 38 kilos en su peor momento, cuando pasó ocho meses viviendo en el Cartucho de Bogotá, un antiguo y temido sector de consumo y delincuencia en la capital colombiana. «Un día me desperté y no tenía qué consumir y vi mi realidad en pleno. Me vi ahí tirado, sucio, con un costalado de basura. Pensé en mi familia, ya tenía dos hijos, y pensé en quitarme la vida», relata. Su proceso de rehabilitación incluyó internamientos, recaídas y el quiebre de tres hogares. La desesperación de su familia fue tal que, según recuerda, su hermana, en un momento de hartazgo, le dijo al personal de la clínica donde estaba internado: «Mire, cuando ese señor se muera, me llaman y yo mando para el entierro». Esa dureza, paradójicamente, fue un llamado de atención que lo empujó a buscar una salida definitiva.

El origen de la adicción y las vías de tratamiento

Para L., la historia comenzó con alcohol durante su juventud universitaria, seguido de una dependencia a medicamentos psiquiátricos recetados por un diagnóstico de depresión y bipolaridad, y finalmente el consumo de cocaína. «La adicción tiene un poco de parte ambiental y parte genética. A mí se me combinó todo», confiesa. Ambas trayectorias coinciden en un punto crítico: la necesidad de ser internadas y de someterse a programas de 12 pasos para poder romper el ciclo. El psicólogo clínico Manuel Ricardo Torres, quien aplica terapias de tercera generación —como la dialéctico-conductual y la de aceptación y compromiso—, explica que el consumo problemático se manifiesta cuando se tambalean las «áreas de ajuste» de una persona: sus hábitos, relaciones, responsabilidades y proyecto de vida. «La vergüenza es, muchas veces, una de las emociones que los consultantes evitan», señala Torres, quien subraya que el tratamiento implica un profundo análisis funcional de la conducta. El objetivo, dice, no es solo eliminar la sustancia: «Listo, quitamos el consumo. ¿Cómo va a gestionar la ira?, ¿cómo va a gestionar la tristeza? Se trabaja en ayudarla a llegar al punto de generar una vida que valga la pena ser vivida».

La adicción es reconocida como enfermedad por la Organización Mundial de la Salud (OMS), aunque algunos expertos prefieren evitar la etiqueta para no estigmatizar a los pacientes. Los factores que la desencadenan son múltiples y van desde el ambiente y la genética hasta patologías psiquiátricas asociadas como la esquizofrenia y el trastorno bipolar. Las cifras oficiales respaldan la magnitud del problema en Colombia. Según datos del Ministerio de Justicia de 2022, entre la población de 12 a 65 años, 8 de cada 10 personas han consumido alcohol y otras 8.000 habían probado drogas ilícitas. Más recientemente, el Observatorio de Salud de Bogotá (SaluData) reportó que en lo corrido de 2026 se han documentado 3.906 casos de consumo abusivo o problemático de sustancias psicoactivas en la capital, de los cuales 1.451 corresponden a adolescentes y 2.001 a adultos.

«La adicción es incurable, es detenible, como la diabetes. Es cuestión de acostumbrarse a que la vida se vive sin alcohol, se vive sin sustancias y se disfruta muchísimo más.»

John Páez, adicto recuperado y fundador de Fundación Aprender a Vivir

En la Fundación Aprender a Vivir, fundada por John Páez hace más de dos décadas, se ofrece un enfoque integral que abarca modalidades de internado, clínica de día y noche, y consulta ambulatoria, con equipos médicos, psicológicos, psiquiátricos, de trabajo social, nutrición y terapia ocupacional. Allí se evidencia un patrón preocupante: la mayoría de pacientes que llegan por consumo de marihuana presentan esquizofrenia. Los resultados, sin embargo, son diversos. Mientras algunos logran reintegrarse plenamente a la sociedad —como un ex paciente que estudió en la Universidad de La Sabana y hoy reside en Estados Unidos—, otros caen en la recaída y mueren. John recuerda el caso de un abogado que llegó a ser secretario de Educación de Boyacá y que, pese a haber completado el programa, recayó y perdió la vida.

El papel de la familia es determinante en el proceso de recuperación. L., quien estuvo un año sin contacto con su familia mientras iniciaba su tratamiento, destaca que sus padres también recibieron acompañamiento psicológico para aprender a manejar la situación. Los expertos recomiendan a los familiares una comunicación validante pero con límites claros, no resolver los problemas derivados de la adicción, evitar la codependencia y, sobre todo, no generar un ambiente autoritario. La adicción, como la diabetes, no se cura, pero se detiene. Y la vida sin sustancias, afirman quienes han logrado salir del abismo, se disfruta muchísimo más.

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