La tierra no espera a que los gobiernos resuelvan sus contradicciones políticas: regatear la ayuda internacional y acomodar a la ONU según el aliado de turno cuesta vidas bajo las ruinas
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
La tierra volvió a rugir en la misma cordillera, con la misma furia ciega con la que partió en dos al Eje Cafetero hace veintisiete años. Para quienes vivimos de cerca la devastación del 25 de enero de 1999, el crujido del concreto y el polvo suspendido sobre las ruinas traen una memoria intacta: el colapso no solo pone a prueba las estructuras de cemento y ladrillo, sino los reflejos éticos y el temple de quienes dirigen el Estado.
En 1999, con la alcaldía y los cuarteles de bomberos y policía de Armenia en el suelo, la respuesta del presidente Andrés Pastrana tuvo una certeza fundamental: ante la magnitud de la catástrofe, la soberbia sobra. Canceló su agenda internacional y trasladó el mando al epicentro, despachando sin tregua entre el Batallón Cisneros y la pista de El Edén. Desde allí ordenó la militarización estricta para frenar los saqueos, concibió el modelo gerencial del FOREC para blindar la reconstrucción de la politiquería y abrió las puertas al mundo sin complejos.
En menos de 48 horas, bajo la batuta técnica del equipo UNDAC de las Naciones Unidas, más de mil rescatistas de una decena de países operaban en cuadrículas coordinadas con perros de rastreo, geófonos y cámaras térmicas. La ONU no fue un adorno diplomático; fue el engranaje que evitó el caos logístico y maximizó las horas críticas donde se pelea la vida contra la asfixia.
Casi tres décadas después, la respuesta oficial ante la emergencia reciente revela un peligroso retroceso marcado por el cálculo doctrinario y la contradicción política.
El primer hecho resulta pasmoso por su cinismo. El nuevo gobierno, que llegó al poder descalificando de raíz todo vestigio de la administración anterior —al punto de dinamitar los canales elementales de empalme—, encontró de repente una conveniente excepción: acoger como dogma de fe una directriz técnica heredada de Javier Pava en la UNGRD para sostener que el país no requería apoyo internacional de búsqueda y rescate. Despreciaron las políticas del petrismo para gobernar, pero se aferraron a su libreto de repliegue para regatear la llegada urgente de expertos mientras bajo las losas colapsadas el tiempo corría en contra.
La segunda paradoja raya en la hipocresía diplomática. Desde la tribuna ideológica, el gobierno de De la Espriella ha insistido en su cruzada por retirar a Colombia de los foros multilaterales, descalificando a la OEA y a la ONU como amenazas a la soberanía. Sin embargo, al momento de recibir y aplaudir la llegada de los rescatistas enviados por sus aliados de Estados Unidos e Israel, que desde luego son bienvenidos, el escudo técnico para justificar su presencia fue, precisamente, que contaban con la acreditación y el aval de Naciones Unidas.
El multilateralismo a la carta: la ONU es un estorbo invasivo cuando incomoda al relato político, pero se convierte en sello legitimador cuando se trata de tenderle la mano a los amigos del régimen.
En 1999 aprendimos a golpes que la tragedia no admite trincheras ideológicas. Las familias atrapadas bajo los escombros no preguntan por la nacionalidad del perro que rastrea su respiración ni por la filiación de quien perfora una viga. Usar la gestión del riesgo como tarima doctrinaria y acomodar las normas internacionales a la vanidad del gobernante confirma que el pasado no dejó lecciones: solo dejó excusas para el cálculo del poder.
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