Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
Con su nueva convocatoria, el técnico Néstor Lorenzo juega sus partidos desde la pizarra, las estadísticas, sus gustos personales, sus propios ojos y sus necesidades en la cancha.
El arranque muestra una agresiva renovación.
Se busca un liderazgo autónomo que la Selección Colombia no ha tenido debido a su dependencia histórica de James Rodríguez en los últimos tiempos, a las cofradías de veteranos que lo dieron todo en su esplendor, pero no ocultan su decadencia y a las imposiciones o recomendaciones de agentes externos.
Frente a los nuevos convocados, la tribuna no permanece indiferente: juega con pensamientos y opiniones, juzga a los futbolistas, analiza conveniencias, mide sus características técnicas y evalúa su adaptación táctica.
La nómina resulta refrescante al conservar a los experimentados que aún tienen cuerda, como Luis Díaz y Jhon Arias, puntas de lanza del nuevo proceso por sus indiscutibles cualidades en el juego.
Aún no hay conclusiones rotundas con la nueva lista; los seleccionados se probarán en el camino antes de lanzar veredictos. Al margen de los nombres, surgen las disquisiciones tácticas que tantean opciones de ensamblaje para hacer de los elegidos auténticos futbolistas de equipo, erradicando la dependencia individual para salir de apuros que se vio en los recientes torneos.
Ya no están las zurdas prodigiosas de James y Quintero. Desapareció Cuadrado, mientras que el desgaste de Mojica, las lesiones de Córdoba, la irrelevancia de Mina y el forzado declive de Arias y Machado aceleran el recambio. Son, ahora, otros tiempos.
Todo porque «los sordos no oyeron». Satisfechos con poco y armados con variedad de pretextos, los fabricantes de conformismo justificaron el juego de Colombia sin el amparo de los mejores resultados. Fueron los mismos que no vieron la inseguridad en el fondo, las dudas en los cierres de los partidos, la inutilidad de las bandas por falta de apoyos ofensivos, la esterilidad en la profundidad y la falta de dirección en los remates a la portería.
Colombia necesita una defensa intuitiva, organizada, posicionada y vigorosa, que no convierta a los porteros —como ocurría con Camilo Vargas— en urgentes salvadores por culpa de la inmadurez y el descontrol mental en los minutos finales.
El dominio sobre la pelota no garantiza el éxito, pero acorta los caminos; ese es el ADN colombiano: el balón como instrumento de control ante los rivales. Por ello, los chicos convocados están aprobados en el papel gracias a la técnica en sus piernas. La renovación no es solo de nombres, también es de ideas.
Ese es el verdadero reto de Lorenzo: llevarlas desde el papel hasta las canchas, donde realmente triunfan o fracasan los discursos. Algo que, por cierto, ya le ha ocurrido.
Esteban J.








