La guerra en Colombia ha sumado una nueva y creciente amenaza que transforma el paisaje del conflicto armado: los drones cargados con explosivos. En lo que va de 2026, los grupos armados han perpetrado 292 ataques con estos artefactos, una cifra que ya supera los 277 registrados durante todo el año anterior. El último ataque documentado ocurrió la noche del 24 de septiembre, cuando el Ejército de Liberación Nacional (ELN) lanzó un dron contra la estación de Policía de Aguachica, en el departamento del Cesar. El hecho, que según la Gobernación solo causó daños materiales, evidencia la intensificación de una modalidad de ataque que crece de forma exponencial desde su primer registro, el 21 de julio de 2023 en Puerto Guzmán, Putumayo.
Las cifras, extraídas de un balance de la Fuerza Pública citado por El Tiempo, revelan un escalofriante salto en el uso de esta tecnología bélica artesanal. Si en 2023 solo se documentaron dos ataques, para 2024 la cifra ascendió a 119 y en 2025 alcanzó los 277. Con el promedio actual de aproximadamente un ataque diario, el año 2026 se perfila como el más letal en esta nueva dimensión del conflicto. La atribución de los ataques se concentra en las estructuras armadas de Iván Mordisco, con 145 incidentes en 2026, seguidas por el ELN con 119, la facción de Calarcá con 26 y los Comandos de Frontera con 2.
Una epidemia de ataques que siembra víctimas en toda la geografía nacional
El impacto de esta modalidad no se limita a las cifras de ataques. Entre 2024 y lo corrido de 2026, la Fuerza Pública reporta 456 heridos —342 militares, 59 policías y 55 civiles— y 31 muertos, entre los que se cuentan 22 militares, 3 policías y 6 civiles. Organizaciones no gubernamentales, por su parte, han elevado la cifra de civiles fallecidos a 12. De los 688 ataques totales contra la Fuerza Pública en este período, 418 estuvieron dirigidos específicamente contra las Fuerzas Militares, lo que subraya la naturaleza deliberada de esta nueva táctica para hostigar a la institucionalidad.
El departamento del Cauca se ha convertido en el epicentro de esta violencia, concentrando 243 de los ataques contra las Fuerzas Militares entre 2024 y 2026, con 92 en 2024, 111 en 2025 y 40 en lo que va de 2026. Le siguen en la lista de departamentos más afectados en este periodo Norte de Santander (45 ataques), Valle del Cauca (33), Chocó (31), Guaviare y Nariño (13 cada uno), y Antioquia (12). Las zonas más sensibles para el contrabando, como el Catatumbo, el Cauca y los corredores hacia Nariño y Putumayo, son los escenarios predilectos para estos ataques. Incluso infraestructura crítica ha sido blanco, como ocurrió el 16 de septiembre, cuando un dron fue dirigido contra un radar de la Aeronáutica Civil en Candelaria, Valle del Cauca.
La receta de la guerra: tutoriales, impresoras 3D y drones comerciales
La facilidad para acceder al conocimiento y los materiales necesarios para fabricar estas armas es uno de los factores que más preocupa a las autoridades. Los grupos armados están utilizando drones comerciales modificados —siendo la marca DJI la más reportada—, y han incorporado la fabricación de piezas con impresoras 3D, que combinan con motores y electrónica adquiridos en el mercado legal. Esta adaptación de tecnología de uso civil para fines bélicos se nutre de tutoriales en línea y simuladores de vuelo, que permiten a cualquier persona, incluso sin antecedentes militares, aprender a operar y modificar estas aeronaves.
“En YouTube encuentras cómo fabricar una aeronave desde una impresora 3D, y eso es lo que ya están empezando a hacer también. Esto es lo que se tiene que empezar a controlar también: el ingreso de todos esos componentes”.
Milton Salazar, profesor de sistemas aéreos remotamente tripulados, Universidad de los Andes
La advertencia del profesor Salazar resalta la dificultad de enfrentar una amenaza que se construye con piezas de uso común. Mientras la Fuerza Pública concentra sus controles aduaneros en las fronteras y los corredores de contrabando, la proliferación de estos ataques con drones plantea un desafío táctico y tecnológico sin precedentes para la seguridad nacional, pues la guerra, ahora, también se libra con aeronaves que pueden ser ensambladas en un taller clandestino con una impresora doméstica.










