Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
La recta final del torneo regular es una trampa de alta tensión donde convergen los destellos de buen juego, la tiranía de las matemáticas y la asfixia de la presión. El Once Caldas camina hoy como un funambulista en la cuerda floja: cada paso en falso reduce el margen de error a cero y los desaciertos de la campaña ya no tienen tiempo de gracia.
Condiciones hay; nómina y fútbol, también. Las variantes tácticas han esbozado una idea asociativa que respeta el balón, pero el último tropiezo dejó escapar puntos de oro en la carrera por la final.
El fútbol, más allá de la pizarra, es un asunto de equilibrio, actitud y lectura en tiempo real. La semana pasada vimos cómo el Real Madrid, sumando un mediocampista y rigidizando sus patrullajes, devoró el clásico ante el Barcelona mediante el control y la creación.
En las antípodas de esa lucidez, el cuerpo técnico del Once Caldas sacrificó la zona de gestación: excluyó un volante e incorporó a Dayro Moreno para habitar el área. El remedio fue peor que la enfermedad: el equipo perdió agilidad, inventiva y capacidad de marca.
Esa generosidad en la concesión de espacios reactivó a un Pereira discreto, que terminó castigando la fragilidad en el anticipo de Jaime Alvarado y la alarmante desatención de Joan Parra—un arquero de innegables condiciones técnicas con pies y manos, pero propenso a la pirotecnia innecesaria y a la falta de seriedad en momentos cumbre.
Durante el primer tiempo, el Once ejecutó un vals lento, monótono y predecible, trasladando la pelota de costado a costado sin agresividad en el remate. Fueron danzarines inofensivos que se divorciaron del gol.
Cuando por fin aceleraron y profundizaron, convirtieron al portero rival, Jimy Gómez, en la figura de la cancha junto a Michael Barrios.
A pesar de sus costuras abiertas en defensa, el Pereira salió ileso porque la presión del blanco fue intermitente y careció de esos cambios de orientación punzantes, apagados por el bache físico y futbolístico de varios referentes.
A este panorama se suma el eterno fantasma de la indisciplina, un mal que no se disuelve con silencios institucionales ni negacionismo; se extirpa con castigos ejemplares, sin importar los nombres ni los galones de la historia.
Pero el verdadero peligro del Once Caldas hoy trasciende la pizarra y se traslada a las inmediaciones del estadio. La salvaje agresión sufrida por el expresidente de la institución, Tulio Mario Castrillón—atacado por un sujeto cuchillo en mano y salvado únicamente por la solidaridad de vecinos, el peluquero de Dayro Moreno y el técnico de inferiores Jaime Yepes—es la dolorosa radiografía de un entorno enfermo.
Este episodio, registrado por el diario La Patria, no es un hecho aislado. Es el fermento de odios recalcitrantes procreados en los sectores más radicales de las barras bravas y amplificados por ciertos micrófonos y redes sociales que confunden la crítica con el linchamiento personal y el vejamen sin filtro.
Esta escalada de violencia brutal contra directivos, accionistas y cuerpos técnicos no es un asunto menor: es hoy una de las causales de peso que analiza la Dimayor para autorizar el cambio de sede de un club de una ciudad a otra.
Quienes dinamitan la convivencia desde la tribuna o el comentario incendiario están jugando con fuego. Estás barras y estos agresores, lejos de defender unos colores, están pavimentando el camino para dejar a Manizales sin el patrimonio de su equipo. Esteban J.








