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¡Adiós, profe Rizola!

Por Hernán López Aya*

Los deportes de conjunto tienen, en mi concepto, protagonistas que pueden significar ingratitud. Yo identifico dos: ¿Qué tal el arquero (a) o portero (a) de un equipo de fútbol? Esa posición es la primera que, en ocasiones, es gloria y, en las otras, desastre porque “pagan los platos rotos” (lugarcito común).

Y el segundo es, sin duda alguna, el técnico. Y sobre todo en Colombia, en donde la palabra “proceso” genera más miedo que la palabra materna “Mertiolate”, nombre de la solución de color rojizo utilizado por las progenitoras para curar raspones y para ejercer, de forma líquida, el castigo generado por una desobediente necesidad infantil de salir a la calle, sin permiso, para jugar con los amigos.

El técnico es ese que toma decisiones basadas en su criterio y que, por causa o consecuencia, es ángel o diablo. El caso más importante, en mi concepto, es el de José Pékerman. Salió por la puerta de atrás, después de dirigir un grupo que le dio un montón de alegrías al país en 2014. También, años atrás, pasó lo mismo con Francisco Maturana, ese chocoano terco que insistió con un onceno criollo y nos llevó, después de 28 años, a un Mundial: Italia 90.

Y en abril de 2024 la historia se repite. Pero, esta vez, en el voleibol. Y para mí fue una gran tusa porque, antes que futbolero, soy “voleibolero”. Antonio Rizola, director técnico de la Selección Colombia Femenina, le dijo adiós a su equipo de consentidas que se dieron “la pela”, entrenaron fuertemente y le hicieron caso al brasilero que, con años de experiencia, logró clasificar a esta república banana a un Mundial de este deporte.

Además, consiguió uno de los triunfos más importantes para el país, en esta modalidad: le ganó a la Selección Femenina de Brasil (campeón mundial y olímpico), que ese día jugó con sus estrellas. Lo hizo en Barrancabermeja; y eso fue interpretado por muchos, justas proporciones, el “cinco a cero” del “volei”.

No hay nada más emocionante que ser entrenado por una persona que da confianza, que corrige y enseña. Cuando creía que mi futuro estaba en el rectángulo de 18 x 9, le metí ganas. Eso fue en mi etapa universitaria, en la que compartí emociones con la escuela de periodismo y agradables ratos en la cancha de la Jorge Tadeo Lozano, en el centro de la capital. Los fines de semana lo hice en el parque “El Triángulo”, en el barrio en el que viví durante 25 años.

Falté a varias clases por jugar “volei”, pero es que la pasión por saltar, rematar, bloquear, tocar y defender no da tregua. Claro: las obligaciones universitarias tampoco, pero en este caso tuve alcahuetas como Gómez, mi compinche de carrera que, mientras que yo me ausenté y me “despenqué” en la cancha jugando, él me hizo varias tareas y me ayudó a pasar varias materias.

Esto es una pasión. Y más, cuando los resultados se ven. Rizola estuvo durante ocho años en Colombia. Bien lo resume un titular del periódico El Colombiano, del 2 de abril: Se va Antonio Rizola, el entrenador que llevó al voleibol de Colombia a la élite mundial.

El hombre se puso la 10. Con su proceso, sus jugadoras empezaron a emigrar hacia equipos de Europa y Brasil, les cambió la mentalidad y aportó en la capacitación de varios entrenadores nacionales. Su selección ganó oro en los Juegos Sudamericanos de Cochabamba y en los Bolivarianos de Valledupar.

Pero, ¿por qué su fue?

La versión oficial es que recibió una propuesta de Perú, para que fuera su entrenador. Y aceptó. Sin embargo, en el ambiente queda ese sinsabor de posibles problemas, falta de dinero y propuestas, y algunos chismes de pasillo.

La primera versión que conocí es que Rizola estuvo esperando a que hablaran con él para definir su futuro y así seguir con el cambio generacional que la Selección necesita. Es decir, “proceso”. Pero se demoraron en llamarlo para cuadrar sus honorarios. 

Segunda versión: hay rumores de corrupción. Pero esto no es nuevo porque, desde hace años, permanecen en el aire. Cuando yo me moví en el ambiente voleibolero de los años 90, la situación fue igual. Y la llamada “rosca” persiste. Parece un mal   colombiano por los siglos de los siglos; un mal que no se cura con regalar balones o mínimos apoyos.

Tercera versión: La Federación Colombiana de Voleibol no comercializa ni busca apoyo. Si bien es cierto que el Ministerio del Deporte brinda algunos auxilios (porque puede definir cuándo apoya el alto rendimiento), la Federación es la encargada de su sostenimiento y el de sus jugadores, y no puede depender únicamente de los dineros que el Estado le entrega. ¿Y por qué? Pues porque es una entidad privada y entre sus obligaciones está el sostenimiento; es una empresa que debe buscar recursos (a través de patrocinios, por ejemplo), y no esperar a que le lleguen por debajo de la puerta. Y para completar, el trabajo con los semilleros parece nulo; es acá, según expertos, cuando los patrocinadores se aburren y se van. Entonces, ¿por qué la Federación no se mueve o gestiona?

Lo cierto es que el “viejo bonachón” ya está en Lima, comenzando el nuevo trabajo (le hicieron una buena propuesta económica), y construyendo el “proceso”. Y los amantes del voleibol, entre los que me incluyo, estamos soportando el despecho y anhelando, que la historia del “volei” de nuestro país no se desvanezca.

¡Gracias, profe! Y gracias a esas “mujeronas” que llevan mucho tiempo representando a Colombia. Yo, por mi parte, seguiré yendo a las canchas y tratando de rescatar lo que los años, en su “proceso” normal, han restado de mis habilidades.

No hay nada como ir al parque, montar la malla, hacer ritos para que no llueva y disfrutar de dos o máximo tres horas de juego, porque el cuerpo no me da para más. Pregúntenle al grupo de jugadores “gomosos” del “volei”, del barrio La Esmeralda (en el centro – oriente de Bogotá), sobre lo que se vive en la cancha.

Ellos me darán la razón…

@HernanLopezAya

*Comunicador Social y Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano con 26 años de experiencia en televisión y Oficinas de Comunicación. Fue jefe de emisión del fin de semana en RTVC NOTICIAS. Ganador del premio de periodismo Álvaro Gómez del Concejo de Bogotá en 2016. Bloguero de KIENYKE durante varios años. 

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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