La creciente demanda de exmilitares colombianos como mercenarios en conflictos internacionales, particularmente en África, Medio Oriente y Ucrania, ha puesto el foco en las condiciones estructurales que convierten a estos soldados en un recurso altamente valorado por fuerzas extranjeras. Así lo revela un reciente análisis del experto en geopolítica Juan Camilo Ubaque, difundido por Infobae Colombia a raíz de un informe de Human Rights Watch que documenta la participación de al menos 300 colombianos en el conflicto africano. Ubaque explica que la doctrina militar colombiana, fuertemente alineada con los estándares de Estados Unidos y la OTAN, sumada a la vasta experiencia en guerra irregular, hace que estos efectivos sean particularmente atractivos para ejércitos privados y gobiernos que buscan combatientes probados en escenarios complejos.
El informe de Human Rights Watch, que ha puesto el tema en la agenda internacional, destaca que Colombia no solo es uno de los países con mayor personal militar activo del mundo —más de 400.000 efectivos, superando individualmente a potencias como Francia o Reino Unido—, sino que cuenta con una reserva de entre 900.000 y un millón de hombres, lo que la sitúa en el puesto 11 a nivel global. Sin embargo, el factor diferencial, según Ubaque, no es solo el número, sino la calidad de la formación. “La doctrina de las fuerzas colombianas está alineada estructuralmente con los manuales estadounidenses y los procesos de estandarización de la OTAN”, afirmó el experto, agregando que “hablan el mismo lenguaje común de la guerra”.
Experiencia real en todos los frentes
La clave del éxito del soldado colombiano en el mercado internacional de la guerra radica en su capacidad de adaptación a cualquier terreno. Su entrenamiento incluye combate en alta montaña, desierto, entornos fluviales, zonas áridas y selva tropical, lo que le permite desenvolverse en territorios tan disímiles como el Sahel africano, los campos de Ucrania o las selvas de México. “Esto se traduce en años de despliegue directo frente a amenazas híbridas, insurgencia organizada, economías criminales y tácticas de terrorismo”, señaló Ubaque, destacando que el conflicto armado interno más antiguo del hemisferio occidental ha forjado a estos soldados en operaciones contraterroristas, combate urbano y rural, asaltos helitransportados y desactivación de artefactos explosivos improvisados.
A este valor agregado se suma una realidad económica interna que precariza la vida del soldado profesional una vez que sale del servicio activo. La edad de retiro temprano, fijada en 38 años, deja a miles de exmilitares en una encrucijada: oportunidades laborales en la vida civil limitadas casi exclusivamente a la seguridad privada convencional, con remuneraciones que no se comparan con las ofertas de agencias internacionales. “El flujo constante de personal militar colombiano a fuerzas mercenarias responde a una profunda asimetría económica interna y a fracturas institucionales que precarizan la vida del soldado profesional tras su salida del servicio activo”, enfatizó Ubaque.
“Mientras los oficiales gozan de carreras robustas, primas especiales y amplios reconocimientos, al soldado profesional se le regula bajo un vínculo laboral básico que frecuentemente restringe o niega derechos económicos fundamentales”.
Juan Camilo Ubaque, experto en geopolítica
Esta asimetría, sumada a la falta de claridad del Estado colombiano sobre la cantidad total de mercenarios que operan en el mundo, configura un escenario donde la exportación de combatientes se ha convertido en un fenómeno silencioso pero creciente. Con un costo de formación reducido para los Estados contratantes, que no invierten en su preparación inicial pero se benefician de su experiencia, los exmilitares colombianos se han convertido en una pieza codiciada en el tablero global de los conflictos armados.












