Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
El pito del árbitro tenía color. Camiseta. Para el Once Caldas, con Luis Delgado, no había garantías. Su historia arbitral con el blanco, tiene manchas y desaciertos, que lo han condicionado ante la comisión arbitral.
Dos penaltis, uno dudoso, muy dudoso, jugada común; el otro inexistente, los sancionó con beneficio para el visitante.
Las interrupciones de juego fueron constantes, para manejar el resultado con marrullería. Las toleró.
El Once fue ambicioso. Busco el partido. Se lo echó al hombro, pero lo que construyó no lo definió. Por eso, por las prisas, por el caos ofensivo, perdió.
Dominó el balón, pero no el juego. Tuvo la posesión, pero no el saldo final ante el campeón que carece de encanto.
Con Junior todo puede pasar. Gana porque sí o porque no. Ante él los méritos son deméritos, porque influyente es la “ayuda externa oficial”.
La búsqueda de soluciones para el Once, no fue acertada. De nuevo jugadores al campo, como relevos, sin soluciones evidentes.
Dayro se marchó del perímetro del área, para convertirse en armador. Despilfarro sonoro, porque su futbol está en el gol.
Aparatoso, confuso, el Once quiso, maduró el empate y la victoria, pero no le alcanzó, a pesar de la estéril avalancha final.
No todo está dicho. Aún no hay veredicto. Hay partido por jugar. Con la expectativa propia de quien pelea hasta el final, porque en el juego Junior no fue mejor. Esteban J.









