Por SAMUEL SALAZAR NIETO
A propósito de la memoria viva y de los episodios que han marcado el rumbo del país, comparto con los lectores de La Veintitrés un fragmento inédito de mi libro, en proceso de edición, «LA FOTO ORIGINAL: Memorias de Guerra y Paz en Colombia».
En estas líneas revivo las horas exactas del 25 de enero de 1999, cuando, desde la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la República, el itinerario hacia Davos se transformó en la gestión de una de las mayores tragedias del Eje Cafetero:
El 25 de enero de 1999 acabábamos de terminar una reunión con Otto Gutiérrez en su oficina. Estábamos afinando el plan de trabajo para el viaje que esa misma tarde emprendería la comitiva presidencial hacia el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza.
Al salir, bajé a mi oficina, en la planta baja de la Casa de Nariño, sector noroccidental. Encendí la radio para escuchar la emisión de la 1:15 p.m. de Última Hora Caracol. A la 1:20, la tierra tembló con fuerza. Casi de inmediato, la emisora interrumpió su programación habitual para informar del sismo. Las primeras ciudades en hacer reportes al aire eran las del centro del país, especialmente las del Eje Cafetero. Desde Manizales, el periodista Guillermo Vallejo López habló de los momentos de pánico vividos con la sacudida e indicó que no tenían aun reportes oficiales de los organismos de socorro. Se escucharon luego informes de Cali e Ibagué, lo único claro en ese instante era que esas ciudades no estaban incomunicadas. Pereira y Armenia nada que se manifestaban. Silencio absoluto.
Llamé a mi jefe Otto de inmediato, quien ya iba camino a recoger su equipaje, pues formaba parte del equipo que en menos de dos horas partiría para Suiza en compañía del Primer Mandatario. Le resumí lo que hasta el momento había reícopilado. Me pidió que informara al Presidente, quien permanecía en su despacho con el canciller Guillermo Fernández de Soto repasando la agenda internacional que estaría atendiendo en el tradicional evento mundial.
Pedí al conmutador la comunicación:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué reportes tiene? —preguntó el Presidente. Le respondí que todo parecía estar bajo control, más allá del susto, pero que aún no había reportes de algunas ciudades.
Seguí escuchando la radio. Con el primer cambio a Pereira se encendieron las primeras alarmas, aunque no contaban con datos precisos. Armenia permanecía en silencio. Lo que sonó fue el timbre de la extensión del falcon ubicada en mi escritorio. . Esta vez era el propio Andrés Pastrana quien llamaba:
—¿Qué ha pasado? —insistió —Seguimos sin noticias de Armenia —me apuré a responderle. —Hay que estar muy pendientes —me advirtió—, porque Rosso (el general Rosso José Serrano Cadena, director de la Policía Nacional) me acaba de informar que el cuartel de la Policía quedó en ruinas, se derrumbó totalmente… y que hay un montón de muertos.
Con el pasar de los minutos comenzamos a conocer la magnitud de la tragedia. El viaje a Suiza fue cancelado. Sobre las 3:30 p.m. ya nos dirigíamos rumbo a Pereira en el avión presidencial, pues el aeropuerto El Edén de la capital quindiana estaba cerrado. Al aterrizar quedó claro: el epicentro había sido en el Eje Cafetero y las más graves consecuencias en víctimas y daños materiales se producían en Armenia. En minutos partimos en helicóptero hacia allá. Sobrevolábamos la ciudad después de las cinco de la tarde cuando se produjo una de las réplicas más fuertes. El panorama de destrucción era aterrador.
La tarde caía y la ciudad estaba prácticamente destruida. El primer Comité de Emergencias con presencia del Jefe del Estado se realizó en plena calle. Las cifras preliminares eran espeluznantes: más de mil muertos y 200 mil damnificados en la capital y municipios del Quindío. Centenares de viviendas destruidas y decenas de edificios desplomados. Los servicios de agua y energía interrumpidos. La ciudad estaba incomunicada. Ni los bomberos podían operar: sus máquinas quedaron atrapadas entre los escombros de la sede que también se derrumbó con el terremoto, que tuvo una magnitud de 6,0 grados en la escala de Richter y extendió sus efectos a municipios como Circasia, Córdoba, Barcelona, Montenegro y La Tebaida, lo mismo que a otras poblaciones de los departamentos de Risaralda, Caldas y el norte del Valle del Cauca.
Las tareas urgentes se organizaron con rapidez: coordinar la remoción de escombros, el rescate de cuerpos, la entrega de ayudas humanitarias y garantizar el orden público. Se asignaron responsables por áreas y se tomaron decisiones inmediatas.
La magnitud de la tragedia la conoció el país esa misma tarde cuando los canales privados de televisión, que llevaban siete meses de operación al aire, interrumpieron su programación para concentrarse en informar lo ocurrido. Aunque eso ayudó a mantener al país informado, su cobertura fue insuficiente para cumplir una función social más amplia: la de orientar a la población afectada sobre cómo acceder a la ayuda, dónde acudir, o a quién dirigirse para buscar atención médica, alimentos o albergue, y cómo buscar a los familiares.
Por eso, buena parte del equipo de la Secretaría de Prensa permanecimos 20 días en Armenia, con el propósito de suplir esos vacíos. La primera medida fue, con apoyo de los equipos satelitales de Inravisión, montar un puesto de transmisión permanente por Señal Colombia, donde cualquier persona podía dirigirse a sus familiares en el país y contarles su situación. Al comienzo eran unas horas al día, pero ante la avalancha de personas no solo de Armenia sino de todo el departamento, ampliamos los horarios de emisión a todo el día y parte de la noche.
Además, lanzamos un micronoticiero de quince minutos que, al amparo de la figura de la alocución presidencial, se transmitió en simultáneo por todos los canales de televisión públicos y privados en los horarios del mediodía y las siete de la noche, espacios en los que resumíamos la forma como avanzaban las tareas de atención de la emergencia, con información útil, precisa y oportuna para las víctimas.
Estas actividades las realizamos durante los primeros diez días de la tragedia, cuando ya las cosas marchaban con fluidez y el país —junto con buena parte del mundo— tenía puesta su mirada en el Eje Cafetero y se había sumado a la atención de la catástrofe.”
La reacción del gobierno fue inmediata. El presidente de la República se traslado a la zona y gobernó desde allí los primeros días, decretó la Emergencia Económica, creó el Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero (FOREC) y, como acierto estratégico, delegó el manejo del proceso en destacadas figuras del sector privado de la región. Al final del mandato, la reconstrucción de Armenia y sus municipios no solo fue un ejemplo de eficacia institucional: fue un modelo para el país y para el mundo.
(Hasta aquí el fragmento inédito del libro «LA FOTO ORIGINAL: Memorias de Guerra y Paz en Colombia», de próxima publicación).
En aquella época no había redes sociales, teléfonos inteligentes ni comunicación instantánea. Había, sin embargo, algo que considero fundamental: la convicción de que la comunicación pública debía garantizar el derecho a la información y, al mismo tiempo, servir como herramienta de apoyo a la gobernabilidad. Comunicar era parte de gobernar. Gobernar, por supuesto, era mucho más que comunicar.
La tecnología cambió radicalmente desde entonces. Lo que no debería haber cambiado es el principio: en medio de una emergencia, informar con rapidez, precisión y sentido de servicio público no es un asunto accesorio. Es también una forma de gobernar.
Hoy tenemos muchísima más tecnología y posibilidades de comunicación. Podemos saber en segundos dónde ocurrió un desastre, cuántas personas están afectadas y qué está sucediendo en el lugar más remoto. Pero la tecnología, por sí sola, no garantiza una mejor respuesta.
Aquella experiencia de Armenia, hace 27 años, dejó una lección que sigue vigente: en una emergencia, informar no es solamente contar lo que está pasando. También es ayudar a que las cosas pasen.
Y quizá esa sea la diferencia entre comunicar una crisis y contribuir a resolverla.








