Por HERNÁN LÓPEZ AYA*
Quedan pocos días para que entren en vigor los aranceles que Donald Trump impondrá a las importaciones que haga Estados Unidos, procedentes de Canadá, México y China. El anuncio fue hecho a principios de febrero y Trump dejó ver que la medida era una especie de “castigo”, porque sus vecinos no habían hecho lo necesario para evitar la entrada de Fentanilo a su país y para frenar el flujo de migrantes.
Como respuesta a su anuncio, las campañas de invitación al consumo de productos locales (mexicanos y canadienses) explotaron. Las redes sociales se llenaron de mensajes que destacaban qué artículos eran de un lado y cuáles llegaban “del otro lado” e invitaban a comprar local.
Y la campaña tuvo sus efectos.
Yo vivo en Québec City y quise comprobar la situación. Llegué a un Walmart (supermercado estadounidense) un martes por la tarde; es un horario normal, en esta ciudad, para encontrar un alto número de compradores. Pero no fue así.
Los pasillos del mercado estaban casi vacíos y los compradores podían ser contados con los dedos de las manos; los estantes estaban repletos y las promociones aumentaban. De otro lado, algunos supermercados canadienses decidieron dejar de vender productos estadounidenses y promocionar, fuertemente, lo hecho en casa.
Vinos, cervezas y licores “Made in USA” fueron retirados de los anaqueles; esto significa un durísimo golpe para los productores, que dejarán de vender bebidas alcohólicas que generan, anualmente, más de mil millones de dólares canadienses. Y pues, ahora, es normal ver a personas en los mercados “haciéndole el quite” a la Coca Cola, a manera de cobro por el apoyo de la tradicional empresa a las medidas de Trump y sus deportaciones.
Es decir, “se enchicharon y tomaron decisiones”. Y acá voy a hacer una parada y voy a tratar de llevar el ejemplo a Colombia; con algo más cercano y que vivimos desde hace, aproximadamente, 50 años.
En el país, el anuncio causó temor. En un domingo de zozobra, los aranceles pasaron del 25 al 50 por ciento pero, al final del día, la situación fue resuelta.
¿Qué pasaría si, tomando el ejemplo canadiense, los colombianos se “emberracaran” y empezaran a consumir productos del campo, sin necesidad de que los campesinos los vendan a través de intermediarios? Es decir, ¿los compraran directamente en las fincas y visitaran con más frecuencia las plazas de mercado?
Las invitaciones en redes sociales, como en el caso norteamericano, abundan. Tanto, que los grandes influenciadores criollos, ahora, son aquellos que vestidos de ruana y sombrero recorren predios y le dejan ver a las personas que cultivar café, cebolla, papa o frutos no es fácil, y sí exige un monumental sacrificio. Por ejemplo, es muy difícil ver a un jornalero contar que, por un día de trabajo (8 a 10 horas), se gana 30 mil pesos. Y más difícil, aún, es verlo justificando la situación, diciendo que su patrón no tiene la culpa porque el negocio “está costoso”.
¿Y por qué es costoso? Por muchas razones, entre ellas, transportar los productos hacia las zonas de comercialización. Colombia es un país de montañas y las vías de acceso son “verdaderos retos”. En múltiples casos, los agricultores han tenido que “botar” sus productos a la caneca, porque no tienen cómo venderlos.
Además, el campo se está volviendo viejo. Sí: a la mayoría de jóvenes que están creciendo en estas tierras les gustan las grandes ciudades. Son muy pocos los que, a conciencia, se quedan en sus casas y deciden especializarse en temas del agro, como el cultivo de café, su proceso y comercialización; o la cría de ganado.
Entonces, ¿por qué no aprovechar y dar ejemplo? ¿Por qué no dar una mano?
No es tan difícil. Todas las grandes ciudades del país tienen “vecinos” pequeños en los que hay miles de tierras cultivadas. En muchos municipios, los cascos urbanos están “prácticamente” pegados a sus zonas rurales y encontrar este comercio es sencillo.
Sé que para cambiar esta situación, en el país hacen falta años de trabajo y conciencia al 500 por ciento. Pero, mientras tanto, por algo se debe comenzar.
“Gota a gota, el vaso se llena”, dicen los abuelos; y creo que la coyuntura nos está dando una oportunidad de oro.
Si para el Gobierno Nacional la situación no ha sido prioritaria, no nos podemos quedar quietos. Y, en cambio, sí estaremos ayudando a quienes, por años, se han encargado de cultivar lo que comemos a diario. En Canadá, conseguir un lulo es un reto de “Expedición Robinson”; y si se logra, vale una fortuna. En Colombia, están a la vuelta de la esquina.
Entonces, ¿por qué no aprovechar?
Somos felices y no nos hemos dado cuenta. Desde esta “lejura”, desde esta “barrera”, he entendido una vez más que, cuando tenemos las cosas a la mano, no las valoramos.
Entonces, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no seguir el ejemplo canadiense?
Créanme: Colombia es un país privilegiado, que debe ser cuidado por los colombianos en todos sus aspectos; y creo que estamos a tiempo de hacer algo fuerte.
Yo, por ahora, seguiré comprando más miel de maple y más frutas cultivadas en Canadá; y apoyando a Colombia desde la distancia. Ya erradiqué, de mi dieta “mecatera”, los Doritos y demás golosinas “gringas” que compraba normalmente.
Además, uno de mis retos de este año es bajar la panza…
@HernanLopezAya
*Comunicador Social y Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano con 26 años de experiencia en televisión y Oficinas de Comunicación. Fue jefe de emisión del fin de semana en RTVC NOTICIAS. Ganador del premio de periodismo Álvaro Gómez del Concejo de Bogotá en 2016. Bloguero de KIENYKE durante varios años