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De padres y orgullos (y un toque de vergüenza) 

Por Hernán López Aya*

Cuando una etapa escolar termina, las instituciones suelen conmemorar estos finales con La Graduación. Es una ceremonia que, con el paso de los años, se volvió obligatoria y sinónimo de triunfo para hijos y padres, sin importar en muchos casos los resultados numéricos que definen el tipo de castigo o la cantidad de helado a entregar como premio. Además, sacan a relucir una palabra que siempre escuchamos y que se transforma en un anhelo, para ellos, y un compromiso para nosotros como hijos: Orgullo.  

Es mitad de año y algunos colegios del país, específicamente los de calendario B, terminan su año. Acto seguido, llega el papeleo, el pago de derechos de grado, la compra de las pintas y la ceremonia. Hasta acá, todo normal.

Lo que no, son las sorpresitas para los papás. Esas que alegran o amargan el sabor de “los helados”. En estos días hubo dos que destacaron los triunfos de los hijos de un par de amigos y que nos trajeron a la memoria situaciones muy divertidas, de nuestra etapa escolar, y algo vergonzosas para nuestros papás.

Vamos con la primera. Samuel Pachón es mi mejor amigo del colegio. Fuimos bachilleres en 1990 del Instituto San Bernardo de la Salle, un colegio de curas ubicado en el centro de Bogotá.

Su hijo, Samuel, se graduó en estos días. Se caracterizó por ser un estudiante juicioso y un gomoso del voleibol. Tuvo los problemas normales de un estudiante promedio, pero nada grave. Sin embargo, el muchacho tenía sus secretos. Y uno de ellos le descuadró la vida, en el buen sentido de la palabra, a quien se caracterizó por ser uno de los “mamadores de gallo” más repentistas que he conocido.

Samuelito, como lo llama su mamá, decidió que el rector de la institución revelara el grande tesoro. Después de la entrega del diploma, anunciaron los postulados a mejor alumno de la promoción, por su alto nivel académico.

Y entre los nominados estaba él. La sorpresa para Samuel grande y su esposa, Sonia, fue mayúscula. Pero aún más, cuando recibió el premio que lo destacó. Las lágrimas brotaron, la piel se erizó y entre llanto y risas le reclamaron el por qué no había contado nada. El orgullo afloró. 

Mi amigo, feliz por su hijo, compartió un video de la premiación. Fue en ese instante cuando recordé que ese padre orgulloso vivió en 1990 uno de los momentos más vergonzosos de su vida adolescente, pero que considera divertido.

En ese año, Samuel recibió una baja de conducta por hacerle una broma a la profesora de sistemas. El día de la entrega de los boletines finales, el rector fue el encargado de llamar a los alumnos de grado 11. Fuimos nombrados en un estricto orden de pérdida de materias, pero el de Samuel no se escuchó. Todos sospechamos lo que iba a pasar.

A minutos de acabarse la ceremonia, el director hizo alarde de gran orador, envió un mensaje de lo que no se debe hacer y destacó “la pilatuna” de nuestro amigo. Mientras iba hacia la tarima a recibir sus calificaciones, le tocó aguantarse las risas susurradas de quienes conocíamos su secreto y la voz amplificada, en parlantes, de un regaño por no haber llevado correctamente su uniforme de Gala. Hasta el día de hoy, cada vez que recordamos esa caminada hacia el patíbulo, no aguantamos las carcajadas.

La segunda sorpresa es el resultado de un hobby y una enfermiza necesidad de devorar cuanto libro se atraviese en el camino. Héctor Prieto es uno de mis amigos de infancia. Y su hijo mayor, Daniel, fue el encargado de sorprenderlo el día de su grado de primaria. Además de sus buenas notas, Danny fue destacado por hacer lo que más le gusta: leer. 

El reto fue importante. La profesora de Daniel motivó a sus pequeños a que leyeran libros en inglés. Y el que más textos completara en 5 meses sería el ganador. El record estaba en 7. Daniel, motivado por su afición y decidido a batir la marca, tomó cartas en el asunto y lo logró. Leyó 30 libros. El día de su graduación, la sorpresa de Prieto y Samira, su esposa, fue mayúscula. Para el recuerdo quedó una foto en la que se ve un pequeño diploma y 3 sonrisas gigantescas. Si bien es cierto que Héctor no fue desaplicado, nunca se imaginó que su pequeño de 12 años sería un “traga libros” que lo superaría con creces en el tema del estudio. Y eso que no ha comenzado su bachillerato. El orgullo afloró.

Es simplemente emocionante ver que los hijos superan a los padres en este tipo de temas. Por mi parte, mis hijas en su etapa escolar no fueron las primeras, pero tampoco abandonaron los 10 primeros lugares en cada entrega de boletines. Mi pequeña mayor estudia Bellas Artes en La Plata, Argentina; y mi pequeña menor tomó una gigante decisión y se graduó como mamá. Tiene al pequeño Lucas, de un año y medio; es un pequeño bonachón de panza redonda, amante del fútbol y de Monsters Inc. Mi euforia afloró.

El orgullo de ser papá o mamá es algo indescriptible. El día del nacimiento es, en realidad, en el que uno estrena el corazón y los verdaderos sentimientos de amor. Esos que nuestros padres siguen teniendo por nosotros, a pesar de haberles amargado la existencia con suspensiones o sanciones, o por casi haberse graduado por ventanilla, como me pasó.

Es sencillo: hay que acompañar a los hijos en lo que más se pueda. Las sorpresas serán la recompensa de este esfuerzo desinteresado. Y cuando estemos viejos, las disfrutaremos con mayor complacencia.

¡Doy fe de eso!

@HernanLopezAya

*Comunicador Social y Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano con 26 años de experiencia en televisión y Oficinas de Comunicación. Fue jefe de emisión del fin de semana en RTVC NOTICIAS. Ganador del premio de periodismo Álvaro Gómez del Concejo de Bogotá en 2016. Bloguero de KIENYKE durante varios años. 

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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