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Dejemos el show

“… no habrá gran debate. Habrá intervenciones medidas, confrontaciones selectivas y mucho, mucho cálculo”

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

Pretender que en esta campaña veremos un verdadero debate presidencial es casi un acto de ingenuidad… o de nostalgia. Al que va liderando —hoy Iván Cepeda, según la mayoría de encuestas— sus asesores no lo van a dejar exponerse. Y hacen bien, desde la lógica electoral: en política, como en el boxeo, el que va ganando no baja la guardia para dar espectáculo. Administra la ventaja.

Nada nuevo. Ya lo vimos cuando Virgilio Barco Vargas decidió no debatir con Álvaro Gómez Hurtado. No fue falta de carácter; fue exceso de cálculo. Y esa sigue siendo la regla de oro.

Entonces, los medios hacen lo que pueden: arman debates sin los que puntean, reinventan formatos, venden “grandes encuentros” que en realidad son versiones recortadas del partido principal. Unos con candidatos de derecha (como Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia), otros con los de centro, otros con los que acepten. Todos muy correctos, muy producidos… y bastante inofensivos.

Porque aquí hay otra verdad incómoda: al que va de último le sirve pelear con el primero. Pero entre los que van en la mitad, la cosa cambia. Ahí el cálculo es más fino: ¿a quién me conviene enfrentar sin salir golpeado? Resultado: muchos amagues, poca confrontación real.

Y claro, siempre aparece la nostalgia. El famoso debate entre Horacio Serpa y Andrés Pastrana en 1998, citado casi como mito fundacional de lo que “debería ser” un debate. Pero vale la pena recordarlo sin romanticismo. Serpa iba adelante. Aceptó debatir. Y en una de esas preguntas finales terminó enredándose al sugerir la posibilidad de extraditar al entonces presidente Ernesto Samper. Pastrana, más frío, hizo lo contrario: dijo que no, que confiaba en la justicia colombiana. Una respuesta simple, contundente… y políticamente mucho más rentable.

Por eso hoy, cuando uno escucha el clamor por “más debates”, en realidad está pidiendo que alguien cometa un error en vivo. Pero los estrategas ya blindaron esa puerta. Ahora prefieren el refugio de las redes sociales, donde el algoritmo es el mejor jefe de prensa: solo te muestra ante quienes ya te quieren. No hay contrapregunta, solo hay «likes» y monólogos editados para el TikTok de turno.

A esto se suma la nueva táctica del periodista «amigui». Los candidatos ya no buscan el escrutinio, buscan la validación. Van a la entrevista con quien se entienden, con el que no incomoda, con el que lanza preguntas que parecen centros para que el candidato luzca su mejor cabezazo. El periodismo de control ha sido desplazado por el periodismo de relaciones públicas.

Mientras tanto, lo importante sigue sin tocarse. Reforma del Congreso. Voto obligatorio. Rediseño institucional. Temas incómodos, complejos, ausentes. Y cuando se menciona la posibilidad de cambios de fondo, aparece el fantasma de la Constitución de 1991. Esa que en su momento sacudió el tablero y les recordó a muchos que las reglas sí pueden cambiar… incluso en contra de quienes las manejan.

Demasiado riesgo. Mejor no abrir esa puerta.

Así que no: no habrá gran debate. Habrá intervenciones medidas, confrontaciones selectivas y mucho, mucho cálculo.

Menos ideas. Más estrategia. Y un show… cada vez mejor producido y cada vez menos útil.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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