Desde el corazón del Morrogordo, un café con nombre propio

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A catorce kilómetros del centro de Manizales, subiendo por caminos que huelen a tierra húmeda y a verde fresco, se encuentra la finca El Agrado. Allí, entre platanales, árboles de limón, naranjos y una sinfonía de aves silvestres, Alonso Gallego cultiva algo más que café: cultiva paciencia, tradición y orgullo.

Su finca, a 1.650 metros sobre el nivel del mar, es pequeña, pero se respira grandeza en cada rincón. Bajo un sol que no sofoca, Alonso camina entre los surcos de café como quien recorre una historia heredada. Porque eso es su café: una historia.

Lo producimos todo aquí mismo —dice mientras sostiene una bolsa de Café Morro Gordo—. Desde la recolección en cereza, el secado, el tostado… hasta que lo empacamos y lo vendemos. Todo sale de El Agrado.”

Del grano al alma

El proceso no es simple, ni rápido. Es un ritual. El grano rojo se recolecta uno a uno, se seca bajo el sol hasta quedar en pergamino, y luego pasa por el fuego justo, ni más ni menos. El resultado: un café tostado de origen que lleva el sello de su tierra, su altitud y el esfuerzo de manos campesinas.

No lo hace solo. Alonso cuenta con el respaldo de su familia y, en tiempos de cosecha, con algunos jornaleros —vecinos o forasteros— que llegan a trabajar los cafetales. Pero el alma del negocio es él.

Somos tres o cuatro fijos, pero en cosecha necesitamos más. La finca no se da sola, hay que estarle encima”, explica con esa serenidad que solo tienen los que conocen el campo.

Café con identidad

El café que produce no es genérico. Tiene nombre: Café Morro Gordo, y cada bolsa cuenta la historia de su origen. Lleva impreso el nombre de la finca, la altura de cultivo y el número de contacto. Porque en estos tiempos, hasta el café tiene que tener identidad digital.

Gracias a los concursos y vitrinas impulsadas por la Alcaldía de Manizales y el Comité de Cafeteros, Alonso ha podido llevar su café tostado a ferias como el Café Fest y otras muestras locales.

Ahí es donde uno consigue que lo conozcan, que le pregunten por el producto, que lo llamen”, dice mientras sonríe con el orgullo discreto del que ha aprendido a ponerle valor a su trabajo.

El café pergamino lo vende a la Cooperativa de Caficultores y a compradores locales en Manizales. Pero el tostado, ese que sale con la etiqueta de Morro Gordo, lo vende directo, a 25.000 pesos la libra, a quienes entienden que una taza puede llevar el alma de una vereda.

Más que una finca, una visión

Alonso Gallego no solo cultiva café, cultiva esperanza. En un país donde muchos jóvenes abandonan el campo, él persiste. Sabe que el futuro del café está en el valor agregado, en el reconocimiento del trabajo artesanal, en entender que la finca no es solo para sembrar, sino para emprender.

Con la cata que hacen en el Comité, uno ya sabe qué notas tiene su café. Hay cafés más exóticos, naturales, lavados… y eso ayuda a darle valor agregado. Ya no es solo venderlo, es saber contarlo.”

Y así, desde Morrogordo, en una finca que lleva por nombre El Agrado, un hombre y su familia demuestran que el mejor café no siempre está en vitrinas sofisticadas. A veces está en manos humildes, pero firmes. En las alturas de una montaña donde el grano rojo madura al ritmo del sol y la esperanza.

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