La constancia, el trabajo silencioso y una alianza forjada en la pista se conjugaron para que, tras más de una década de intentos, Jorge Enrique Ocampo Castro celebrara en Manizales su primer triunfo de etapa en los Carritos de Balineras.
Por ALEXANDER BECERRA O.
Durante más de una década lo intentó sin descanso. Subió y bajó lomas, ajustó balineras, cambió relaciones, reconstruyó carros y volvió a empezar. Siempre estuvo ahí, compitiendo, resistiendo, esperando. Este año, por fin, Manizales fue testigo del momento que Jorge Enrique Ocampo Castro había buscado durante 11 años: ganar una etapa de los Carritos de Balineras en su propia tierra, ante su barriada.
La escena tuvo algo de justicia poética. Jorge Enrique, nacido y criado en la Sultana, cruzó la meta en la primera etapa con la certeza de que la espera había valido la pena.
“En 11 años de competencia es la primera vez que me gano la etapa aquí en mi casa”, dijo todavía con la adrenalina en el cuerpo, consciente de que no era una victoria cualquiera.
No fue solo un triunfo deportivo; fue la confirmación de una historia construida con paciencia, herencia familiar y una fe que no se quebró ni siquiera cuando el cuerpo dijo basta.
A su lado, como ha ocurrido en buena parte del proceso, estuvo su compañero, Santiago Castro Jiménez, un hombre que lleva tres décadas ligado a esta modalidad y que conoce cada curva como si la hubiera dibujado. “Participando llevo 30 años, desde que tenía nueve empecé aquí en Manizales, en la primera de Morro Gacho”, recordó. Para él, las balineras no son solo velocidad, sino legado. “Es algo que nos dejó mi padre, él es el pilar de todo esto”, afirmó.
La relación entre piloto y copiloto fue clave en una carrera donde el margen de error era mínimo. Santiago, con la serenidad que da la experiencia, sabía que no había espacio para titubeos. “La clave está en la primera curva de arriba, después de eso hay que bajar limpio”, explicó. Y así ocurrió. A centímetros de otros carros y con la presión del lote lanzado, no regalaron la línea. “Yo sabía que no la iba a soltar”, dijo sobre ese momento decisivo.
El triunfo tuvo aún más peso por lo que hubo que superar para llegar hasta ahí. Jorge Enrique regresó a la competencia después de perderse la feria anterior tras una fractura de tibia y peroné en una carrera en Risaralda. “Eso no me asusta para nada”, aseguró, reafirmando que su vínculo con las balineras va más allá del riesgo. “Hasta que yo lo permita”, respondió cuando le preguntaron hasta cuándo seguirá corriendo.
Detrás del resultado hubo semanas de trabajo silencioso. Un carro prácticamente nuevo, construido en un 95 %, tecnificado durante cerca de 20 días y sometido a pruebas constantes. “Buscamos mejor aerodinamia, cambio de relación de balineras, hicimos ajustes finos”, detalló el equipo. A eso se sumaron dos semanas completas de entrenamiento y competencias previas a nivel nacional, donde los pilotos manizaleños, como ellos mismos lo dicen, son reconocidos “como los más élite y expertos”.
Cuando cruzaron la meta, no solo ganaron una etapa. Honraron una historia familiar, una sociedad construida con confianza y años de experiencia compartida, y una deuda pendiente con la ciudad que los vio nacer. Después de 11 años, Jorge Enrique Ocampo Castro fue, por fin, profeta en su tierra.

















