Por ESTEBAN JARAMILLO OSOSRIO
Vivió como quiso: a plenitud, vertiginoso, sin relojes ni agendas, siempre disponible para los demás. Así fue. Así se fue. Al final, aceleró su deceso, cansado de la vida, con el alma y el cuerpo vencidos
Nunca logró sobreponerse a la ausencia de Luz Helena, su esposa, madre de dos hijos, que lo sumió en una tristeza profunda, imposible de superar.
En los últimos años no era el mismo. Se le notaba en la mirada apagada, la ausencia de su sonrisa, la voz entrecortada por las lágrimas que aparecían cuando miraba hacia atrás, en sentida evocación.
Estudioso, anecdótico, apasionado y conversador atrapante. El médico Carlos Alberto Osorio fue una institución, un referente. De su biblioteca futbolera me nutrí, cuando daba mis primeros pasos en los medios de comunicación. Sus charlas fueron fuente de conocimiento.
Los obituarios hablan de su extenso y brillante recorrido en Colombia y el exterior: mundiales de ciclismo, Juegos olímpicos, las tres grandes carreras, Tour, Giro y Vuelta.
Incluido ese largo período de 36 años en el Once Caldas, donde consiguió triunfos consagratorios como la Libertadores; con profundas decepciones, como aquel sabor amargo de la despedida, sin el reconocimiento que merecía.
La partida del médico de todos, el amigo leal de los deportistas. Un hombre correcto en su tarea y en su vida. Deja un vacío profundo porque sus afectos fueron verdaderos.
Osorio fue un señor.










