Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
El mundial no es solo la pelota a pesar del esplendor de Olise, Mbappé, Haaland, Kane, Messi y Bellingham.
Es más que un desfile de figuras deslumbrantes.
Hay nuevo formato, selecciones emergentes con impacto, historias conmovedoras, efectos sociales, discriminación, hinchas de fiesta, tecnología que transforma y dinero por montones para la FIFA, que predica el juego limpio que no practica.
Es el negocio. El futbol, si. Pero también el espectáculo.
Estadios repletos, folclore, competencia por el botín goleador, estrellas consagradas y emergentes que piden pista.
El mundial de los millones, de veteranos jugadores que desafían el tiempo, las boletas impagables, los aficionados que hipotecan propiedades para vivir el sueño.
Ya rodaron cabezas de entrenadores como Bielsa, Becacesse y Koeman, irritable y conflictivo el primero, grosero y desafiante, dominado por las presiones.
Los restantes devorados por la urgencia de los resultados, incluidos el de Túnez y el de Corea a quien lo insultaron todos, hasta el presidente.
Colombia en dulce espera, con el camino abierto y optimista, con la posibilidad de llegar a cuartos de final, como en 2014, con juego que seduce, pero sin las garantías suficientes, de un aspirante al título.
Conviene mantener el equilibrio, sin derroches desenfrenados de optimismo.
Imponiendo mando desde el medio campo con James buscando a James. Por pasajes lo encuentra. Lucho alejado de Lucho, agotado por la temporada en el Bayern.
Por fortuna están Gustavo Puerta, Jefferson Lerma, Daniel Muñoz, Jhon Arias, Davinson Sánchez, las menos seguras de Camilo Vargas, un poco de Juanfer Quintero y asoman Campaz y el Cucho Hernández como soluciones, porque de Luis Suarez, hasta ahora, no hay rastros.
El mundial no solo mide talentos. Tambien pone a prueba el carácter de los jugadores, las convicciones y la capacidad para soportar la presión cuando las exigencias son altas.
La gloria no siempre pertenece al que mejor juega. Muchas veces se premia al que mejor resiste.
POR EL ONCE CALDAS
A veces me cuesta entender a Hernán Herrera.
Demasiado complaciente con Dayro, temeroso de la barra brava, así lo niegue; con fantasmas a su alrededor, que le crean desde su cuerpo técnico.
Conforme con los movimientos de los directivos que mantienen las promesas, pero no las transforman en realidades.
Satisfecho con la nómina a pesar de su prédica en contrario, desde los medios. Con un nuevo extremo, Edwin Torres, y un lateral por izquierda, Andrés Correa, como únicos refuerzos.
A la espera de Juan Pablo Nieto.
Un año lleva buscando un zaguero izquierdo y no lo encuentra o ninguno de los recomendados le satisface. Con el riesgo de perder a Joan Parra, a quien el Once valora en dos millones de dólares.
Se viene otro torneo y el equipo, con pocos cambios. Es el mismo.
Esteban J.










