Por SAMUEL SALAZAR NIETO
A escasas dos semanas de abrirse las urnas, Colombia respira una atmósfera inédita: una campaña presidencial desabrida, lánguida y desprovista de pasión. Si se mide el termómetro de la calle, el interés ciudadano no está en los discursos de plaza pública ni en los debates inexistentes.
Hoy la verdadera urgencia nacional pasa por conseguir las monitas difíciles para llenar el álbum de Panini o por desgarrarse las vestiduras discutiendo cuáles jugadores debieron entrar —o quiénes sobran— en la prelista de 55 convocados que Néstor Lorenzo acaba de revelar para el Mundial.
No es gratuito que el fútbol actúe como el gran anestésico social. Fueron los mismos protagonistas de la política quienes se encargaron de vaciar las plazas y agotar los ánimos. Nos cansaron. Nos sepultaron bajo una avalancha de odio, polarización extrema y una infame guerra de bodegueros digitales dedicados a destruir reputaciones en las redes sociales.
A este festín del agravio se sumaron varios medios de comunicación que, salvo contadas y honrosas excepciones, se han mostrado más preocupados por avivar el incendio de la confrontación que por cumplir con su tarea pedagógica elemental: explicarle con claridad a los colombianos cuáles son los programas de gobierno de todos los candidatos, y no solo los de sus pocos predilectos.
Para colmo de males, el debate de ideas fue sustituido por una guerra de encuestas chimbas. De la noche a la mañana brotaron empresas de garaje, firmas sin trayectoria ni rigor técnico, cuya única especialidad parece ser el diseño de sondeos a la carta. Lo verdaderamente grave no es que existan, sino que algunos medios de comunicación tradicionales las avalen, les abran el micrófono y les den categoría de verdad absoluta a mediciones evidentemente apuntadas, cuyo único fin es moldear artificialmente la intención de voto.
Esa manipulación es la que hoy nos quiere vender una baraja de candidatos que no termina de convencer a nadie. Por un lado, tenemos al que va en coche, Iván Cepeda, apuntalado desde los sondeos desde hace rato y a quien dan como fijo en segunda vuelta; un hombre decente que lleva a espaldas las críticas al gobierno actual en temas trascendentales como la salud, y las dirigidas a descalificarlo por la forma particular de gobernar del presidente Gustavo Petro. En la otra orilla aparece Paloma Valencia, pretendiendo endosarse mecánicamente los más de seis millones de votos de la consulta, ignorando con soberbia que muchos sectores de su propia coalición no la acompañan; una candidatura estancada, sin estrategia y tan encasillada en su uribismo que ahora pretende hasta imitar los ademanes, tono y voz del expresidente.
El menú de opciones no mejora al mirar el resto del tarjetón. Abelardo de la Espriella juega a presentarse como el Mesías de la mano dura, pero no es Bukele ni es Milei: es apenas una réplica criolla, una caricatura estridente de moldes extranjeros. Sergio Fajardo, fiel a su libreto de siempre, sigue enconchado en su propio caparazón; siendo quizás el candidato más capacitado y con mayor estructura para asumir la presidencia, parece incapaz de aprovechar su momento y conectar con las emociones del país. Y en el rincón de la estridencia está Claudia López, convertida en la gritona oficial del grupo, una figura que confunde el liderazgo con la confrontación y que busca desesperadamente figurar en las tendencias a punta de puro protagonismo. De los demás nombres de la lista, francamente, el país no sabe nada.
La verdad de fondo es que a todos les ha faltado estrategia para cubrir el enorme vacío que dejan los medios masivos. Ninguno ha estructurado una ofensiva publicitaria seria y tradicional para exponer con altura sus posiciones frente a los grandes problemas nacionales. Cómodos y perezosos, prefirieron limitarlo todo a la burbuja de las redes sociales o a la generosidad de algún «cacao» de los medios que les abra de vez en cuando una ventana.
Por eso, la gente en la calle ya no pide un mesías; pide a gritos que esto se acabe rápido y que gane el que sea, pero que la dejen en paz. La ciudadanía se saturó de padecer más de doscientos años de lo mismo, pero también se cansó del estrepitoso fracaso de quienes prometieron un «cambio» idílico y nos dejaron a todos sentados esperando. Ante este panorama de promesas rotas y canibalismo político, el voto en blanco y la abstención no son simples opciones matemáticas; para millones de colombianos desencantados, representan hoy la única alternativa digna para manifestar su rebeldía frente a una democracia que les quedó debiendo todo.
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