Mientras la atención se fija en la tormenta, el verdadero movimiento ocurre en el tablero
En política, el ruido rara vez es accidental. Las crisis, las polémicas y hasta los choques diplomáticos pueden formar parte de una misma lógica: controlar la conversación para moldear el escenario donde se define el poder
Por SAMUEL SALAZAR NIETO
La política, experta en humillar a los vaticinadores, nos entrega en este arranque de febrero una imagen difícil de digerir para muchos: el presidente colombiano, Gustavo Petro, quien hasta hace poco era presentado por sus críticos como un paria internacional, terminó sentado en la Oficina Oval frente a Donald Trump, el mismo que durante meses lanzó dardos verbales contra él y que ahora lo llama “grande” y le firma su ejemplar de The Art of the Deal.
Más allá de simpatías o rechazos, el hecho es políticamente significativo. Petro pasó, en cuestión de semanas, de ser descrito como aislado y cercado por una narrativa de ostracismo, a protagonizar una escena que reconfigura esa percepción. Lo que para muchos era la antesala del aislamiento terminó siendo la sala de espera de una reunión impensable al comenzar el año.
Cuando en enero se anunció el encuentro, abundaron las lecturas que hablaban de sumisión, de un presidente obligado a “ir a rendir cuentas” ante el hombre más poderoso del mundo. Esos argumentos encajaban bien en el clima de polarización interna, donde predominaba la idea de que el deterioro de las relaciones bilaterales era producto exclusivo de la “irresponsabilidad” del mandatario colombiano.
Sin embargo, el desenlace obliga a otra lectura: la confrontación terminó abriendo un canal directo al más alto nivel. Eso no borra tensiones ni costos, pero sí produce un efecto político evidente: cambia la narrativa del aislamiento por la del interlocutor reconocido.
Aquí aparece un elemento clave para entender el estilo del presidente. Para muchos, su forma de actuar es improvisación o excentricidad. Para otros, responde a una lógica más calculada. La idea de que “no es locura, es cálculo” ayuda a interpretar su comportamiento público.
Como ha señalado el politólogo y periodista Sebastián Nohra: “No es ingenuidad, no es espontaneidad. Es cálculo. Cada vez que el presidente lanza una frase provocadora, no está abriendo un debate casual. Está ejecutando una estrategia. Sabe exactamente qué va a pasar: titulares, indignación, memes, debates… Y mientras tanto, lo que de verdad importa, queda en segundo plano sepultado bajo el ruido”.
Eso es lo que varios expertos llaman comunicación política disruptiva: escándalo, distracción y control de agenda. Frases que cruzan líneas simbólicas de moral, religión o historia; reacciones emocionales intensas; el líder en el centro de la tormenta y, al mismo tiempo, dueño de la conversación.
¿Fue parte de esa lógica todo el deterioro que vivieron las relaciones con Estados Unidos? Es imposible afirmarlo con certeza. Lo que sí puede observarse es que el resultado final terminó generando un escenario que, en términos políticos, beneficia al presidente: pasó de la imagen de aislamiento a la de interlocución directa en la Casa Blanca.
De paso, deja a la oposición sin una de sus tesis más repetidas: la del mandatario condenado al aislamiento internacional. No desaparecen las críticas, pero sí se altera el terreno donde se daban.
Mientras tanto, la atención se traslada al frente interno. El ambiente político se ha caldeado por decisiones del Consejo Nacional Electoral que impactan la consulta del 8 de marzo y por el reacomodo de fuerzas dentro del bloque que respalda al gobierno. La conversación electoral giró bruscamente tras lo ocurrido en Washington, desplazando otros temas que venían dominando la agenda.
Algunos ven en este contexto un escenario que favorece la victimización de ciertos liderazgos de izquierda. Otros creen que el progresismo aún podría apostar por una figura más moderada que garantice continuidad con un ropaje menos confrontacional, dejando a la derecha sin su discurso más tradicional.
Tal vez el error es suponer que cada nombre que aparece en el radar presidencial es necesariamente el destino final. En proyectos políticos que piensan en continuidad, las candidaturas también cumplen funciones tácticas: unas movilizan bases, otras polarizan, otras desgastan al adversario y otras sirven para medir el clima electoral. Más que una línea recta, a veces lo que se ve es una secuencia.
En ese tipo de lógica, no sería extraño que, tras una etapa de alta confrontación simbólica y fuerte carga ideológica, el proyecto termine necesitando un perfil con mayor experiencia de sistema, capacidad de interlocución institucional y puentes con sectores tradicionales para garantizar gobernabilidad. Si ese fuera el libreto, el desenlace no estaría necesariamente en el ruido de hoy, sino en la figura que pueda administrar el poder mañana. Un perfil así, más que estridente, suele ser reconocible por la cantidad de puentes que ha sabido tender.
En política a veces las candidaturas no son destinos sino dispositivos: sirven para medir temperatura, ocupar agenda, agotar resistencia o preparar el terreno para un nombre que aparece cuando el escenario ya fue moldeado. Porque en política, quien logra que todos reaccionen al ruido, suele ser quien decide en silencio hacia dónde se mueve el poder.
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