A lomo de mula y guiada por la memoria de la comunidad indígena de Supía, la Unidad de Búsqueda desenterró los cuerpos de dos soldados desaparecidos en 1995
Una travesía humanitaria que abre camino a la verdad en el occidente de Caldas

Por Redacción de LA VEINTITRÉS
La trocha se empina tanto que hasta a las mulas les cuesta afirmarse en el barro del occidente caldense. Arriba, en la comunidad La Clara del Resguardo Indígena de La Trina, el viento todavía parece traer los ecos de mediados de los años noventa, cuando la guerra se instaló en las cumbres y el predio conocido como Loma Linda era el campamento temido de un actor armado ilegal.
Durante 31 años, la montaña guardó un secreto espeso. Dos jóvenes soldados —uno perteneciente al Batallón Ayacucho de Manizales y el otro al San Mateo de Pereira— salieron un día de 1995 en labores de inteligencia. Nunca regresaron. Cayeron en manos de la estructura armada y su rastro se desvaneció en el laberinto de la cordillera, dejando a dos familias sumidas en la incertidumbre más cruel: la de la desaparición.
Hasta que la confianza venció al miedo.

El mapa de la memoria
El desentierro de la verdad no comenzó con palas, sino con la palabra. En un consejo comunitario, al amparo del Protocolo de Relacionamiento con Pueblos Indígenas y la certeza del carácter confidencial y extrajudicial de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), los mayores y habitantes del resguardo decidieron hablar.
Aportaron testimonios precisos y trazos cartográficos guardados en la memoria colectiva. Sabían con exactitud en qué punto de la parte alta de Loma Linda la violencia había sepultado la vida de los dos uniformados.
Con las coordenadas en mano, el equipo del Grupo Interno de Trabajo Territorial (GITT) Caldas de la UBPD, liderado por el investigador Huber Mario Calvo, emprendió el ascenso. La topografía quebrada no dio tregua: solo a paso de mula y cargando los equipos forenses fue posible coronar la cima.
La fosa y el regreso
Cuando la tierra cedió, apareció la dolorosa postal de la guerra: una fosa clandestina compartida. Allí yacían dos estructuras óseas con evidentes signos de amordazamiento, dispuestas una junto a la otra desde hace más de tres décadas.
El silencio en el campamento fue sobrecogedor. Era la confirmación técnica de una herida abierta en 1995.
Los restos fueron descendidos con respeto ceremonial y trasladados a Manizales para luego ser entregados a la Regional Occidente de Medicina Legal, donde los análisis genéticos pondrán nombres propios a los huesos. Paralelamente, los investigadores de la UBPD rastrean el paradero de sus familias, que según las pesquisas residirían hoy entre Supía (Caldas) y Armenia (Quindío), para tomar las muestras biológicas que cierren, por fin, el ciclo del duelo.

Romper el pacto del olvido
El éxito del hallazgo en La Trina tuvo un efecto inmediato: al constatar que la búsqueda humanitaria llegó al punto exacto sin estigmatizaciones ni fines judiciales, la comunidad indígena entregó información sobre un nuevo sitio de interés forense que será intervenido en las próximas semanas.
El hallazgo de Loma Linda es una victoria de la humanidad, pero también un recordatorio de la inmensa tarea pendiente. En el Plan Regional de Búsqueda de Occidente y Norte de Caldas figuran 1.023 personas desaparecidas. El registro lo encabeza Riosucio (569 casos) y le sigue Supía con 92 víctimas.
Sin embargo, en Supía solo existen 21 solicitudes formales de búsqueda. Setenta y una familias permanecen en la sombra, quizás por temor, desconfianza o desconocimiento.
En las laderas de La Trina quedó demostrado que ninguna montaña es lo suficientemente alta ni ningún tiempo lo bastante largo para ocultar la verdad cuando una comunidad decide extender la mano. La tierra empieza a hablar en Caldas.
(Para aportar información confidencial o solicitar la búsqueda de un ser querido en Caldas, la UBPD dispone de las líneas 315 440 1910 en Manizales y 315 734 3008 en La Dorada).
Fuente: Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas Seccional Caldas










