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El Tigre, la Abeja y el Milagro de la Miel

Entre rugidos de De la Espriella, picaduras de Uribe y alianzas impensables con el petrismo, la elección de la presidencia del Senado dejó al descubierto la fragilidad del nuevo gabinete y el amargo debut de Rodrigo Lara Restrepo

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

En Colombia, los libretistas de comedia y los autores del realismo mágico deberían declararse en quiebra. No hay ficción que supere la realidad de un país donde el ecosistema político desafía cualquier ley de la naturaleza. Si a usted le hubieran dicho hace un par de semanas que el petrismo y el uribismo terminarían abrazados en el Congreso compartiendo la misma totuma de miel, usted habría recomendado, con todo el respeto, una prueba de alcoholemia para quien se lo propuso. Pero así es nuestra patria amada: surrealista, impredecible y, sobre todo, para morirse de la risa.

Todo empezó en la selva política cuando irrumpió un tigre con pretensiones de rey de la comarca. Abelardo de la Espriella, luciendo garras, trajes a la medida y un rugido mediático de los que hacen temblar a los desprevenidos, decidió entrar al juego de tronos promoviendo su propio movimiento, Firmes por la Patria, y apoyando al senador Alfredo Deluque para la presidencia del Senado. El tigre calculó que el terreno estaba despejado y que era hora de devorarse los restos del establecimiento tradicional.

Lo que el felino no contempló fue la capacidad de reacción del viejo zorro —o mejor dicho, de la Abeja Reina de Rionegro—. Viendo que le querían invadir la colmena y arrebatarle el honor al senador Honorio Henríquez, el expresidente Álvaro Uribe soltó una frase memorable para el herbario de la política nacional: “Si el tigre ruge para acabar con el Centro Democrático, nos toca defendernos como abejas”.

Y vaya si zumbaron.

Cualquiera pensaría que ante el rugido del tigre, las abejas obreras del uribismo buscarían refugio entre sus pares de la derecha. Pero no. En un acto de alta diplomacia zoológica y matemática parlamentaria, ocurrió el milagro de la polinización cruzada: el Pacto Histórico terminó votando en bancada por el candidato del Centro Democrático. Sí, leyó bien. El petrismo le dio la mano al uribismo para asegurarle la presidencia de la Cámara Alta.

La escena no pudo ser más jocosa. El enjambre de izquierda y la colmena de derecha descubrieron, de la noche a la mañana, que compartían el mismo apetito por la estabilidad del panal. En el Congreso colombiano, el odio ideológico es muy profundo, pero la alergia a que un tigre ajeno venga a patear la colmena lo es aún más. Ante la amenaza de las garras de De la Espriella, la «Abeja Reina» logró que sus antiguos y más encarnizados rivales le ayudaran a defender la cera, el polen y la mesa directiva.

El tigre, mientras tanto, quedó viendo un chispero desde la orilla. Confió demasiado en su estampa fiera y olvidó una lección básica de la biología parlamentaria: a una sola abeja la puedes espantar de un zarpazo, pero contra un panal bien organizado no hay garra que valga.

Pero detrás de la comedia y las risas que genera este circo, la jugada deja una reflexión seria y un sabor muy amargo para la Casa de Nariño.

Este primer round entre el Ejecutivo y el Legislativo no pudo empezar peor. La maniobra reveló un cálculo político torpe e infantil por parte del Gobierno. Mandar al Ministro del Interior a retar abiertamente a la Abeja Reina antes de tener asegurados los votos fue un pecado de soberbia. El Ministro, llamado a ser el gran articulador y «mago» de la gobernabilidad, queda prematuramente magullado, con el rabo entre las piernas y sin siquiera haberse terminado de acomodar en el despacho.

Resulta desconcertante que la estrategia del Ejecutivo para arrancar la legislatura haya sido forzar una alianza desesperada que terminó regalándole una victoria en bandeja de plata a la oposición. Dejar al Ministro del Interior en una posición de tanta debilidad —y con tan poco margen de maniobra para negociar las reformas que vienen— presagia una relación tormentosa, torpe y de pura desconfianza entre la Casa de Nariño y el Capitolio.

Al final, la fábula patria nos deja una lección clarísima: en la espesa selva de nuestro Congreso, el tigre se quedó sin presa, el ministro designado aprendió a la mala que con abejas viejas no se juega, y la Abeja Reina demostró que su zumbido todavía pone a marchar a tirios y troyanos.

Y agárrense, porque la función apenas empieza y el segundo round promete ser aún más surrealista. Con un presidente que insiste en posesionarse dentro de una guarnición militar —trámite que pasa obligatoriamente por el visto bueno del Legislativo—, la mesa está servida. ¿Logrará el Tigre amansar a las abejas desde su trinchera, o terminará el enjambre picándole el capricho en la misma puerta del Congreso? Preparen crispetas.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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