La política actual pone al galanismo frente a dilemas que no puede ignorar y que van desde la irrupción de figuras como Juan Daniel Oviedo hasta la pérdida de identidad del Nuevo Liberalismo
Por: Samuel Salazar Nieto
Recuerdo con una nitidez casi fotográfica los días en que, como un joven estudiante de periodismo, recorría el país al lado de Luis Carlos Galán. Adicional a esa conexión vital con el ideario, hace apenas cuatro años fui jefe de prensa de la campaña de Juan Manuel Galán; experiencias éstas que hoy me permiten escribir no desde la barrera del observador ajeno, sino con el rigor de quien conoce las entrañas y los anhelos de ese proyecto. Por eso, mi análisis actual no nace de la distancia, sino de una preocupación genuina: ver cómo el partido que ayudé a comunicar desde su génesis parece haber quedado atrapado hoy en una carambola política donde las convicciones terminaron convertidas en simples «cicatrices».
En aquel entonces, el Nuevo Liberalismo no buscaba acomodos en estructuras ajenas, sino que se erigía como una muralla de ética frente a la política tradicional. Hoy, el mapa electoral que dejaron las consultas del pasado 8 de marzo produce una extraña mezcla de nostalgia y desconcierto.
La Gran Consulta por Colombia trajo lecciones que el galanismo no puede ignorar. Hace cuatro años, Juan Manuel Galán navegaba en las aguas de un centro definido, obteniendo una votación que duplicaba la alcanzada hace dos semanas. El salto hacia una consulta donde el Centro Democrático marcaba el ritmo no fue gratuito; el electorado, que suele oler la ambigüedad a kilómetros, castigó esa posición de centro-derecha que se sentía ajena al ADN del fundador. Mientras el uribismo consolidaba su fuerza con Paloma Valencia, el Nuevo Liberalismo veía cómo sus banderas —la paz, la justicia social y una visión crítica pero constructiva— se diluían en un discurso que priorizaba la confrontación de extremos entre el petrismo y el uribismo, dejando huérfanos a quienes aún creen en la rebeldía original de Galán.
Sin embargo, el verdadero giro de guion no lo dio el partido, sino la irrupción de Juan Daniel Oviedo. Con más de un millón de votos y una agenda que abraza la continuidad de la paz, la defensa de la JEP y la diversidad, éste se convirtió en el fenómeno que la derecha necesitaba para oxigenarse. Es inevitable trazar un paralelo con lo ocurrido hace cuatro años con Francia Márquez. Ella fue el motor que catapultó al petrismo, movilizando casi un millón de votos de sectores que jamás habrían mirado hacia la izquierda tradicional; sin embargo, una vez en el poder, ese ímpetu terminó confinado a una vicepresidencia marginada de las grandes decisiones, una figura más simbólica que ejecutiva. La gran duda que hoy carcome al galanismo es si Oviedo será capaz de evitar ese destino o si será simplemente el «lavado de cara» necesario para que la derecha regrese al poder.
Es difícil para el primogénito ser, por sí solo, el Nuevo Liberalismo. Se encuentra en esa trampa cruel donde, si sigue las ideas y el estilo de su padre, lo acusan de aprovecharse de su imagen; pero si intenta avanzar sobre los ideales del inmolado líder, lo señalan de traidor. En medio de esa tensión, se ha desdibujado la esencia original. Porque Luis Carlos Galán no era de izquierda, como algunos pretenden hacerlo ver hoy; era un liberal con un profundo sentido práctico de la política orientada al bienestar social. Era el enemigo frontal de un narcotráfico con el que hoy muchos sectores de nuestra sociedad conviven, y de la violencia guerrillera que hoy mutó a empresas criminales sin ideario político alguno. Al perder ese norte claro, el partido ha quedado huérfano de su propia identidad.
Lo que antes eran líneas rojas infranqueables frente al dogmatismo uribista, hoy se presentan como puntos de encuentro en una fórmula vicepresidencial con Paloma Valencia. Es un gesto de apertura que algunos celebran como pragmatismo, pero que para muchos galanistas de vieja guardia representa una disyuntiva existencial. Para los «pura sangre» del ideario de Galán, la encrucijada es amarga. Muchos se preguntan si no es momento de mirar hacia otras orillas que no exijan sacrificar la coherencia, quizás hacia la figura de Sergio Fajardo, quien sigue siendo para algunos ese refugio de la decencia, aunque su silencio en esta etapa inicial lo mantenga como una incógnita.
Este extravío se agrava por una crisis de autenticidad que ni los mejores asesores de imagen pudieron ocultar. Se pretendió vender a un Juan Manuel Galán como una suerte de «rockstar» de la política, una construcción artificial que nunca terminó de encajar con lo que él proyecta ni con lo que el galanismo espera de su líder. Los estrategas olvidaron que el peso de su apellido exige una profundidad que no se improvisa con filtros de redes sociales.
Juan Manuel no es Oviedo; no posee esa frescura disruptiva que le permitió al exdirector del DANE conquistar un millón de corazones desde la autenticidad de su propia piel. Al dejarse embarcar en esta aventura puramente antipetrista, el Nuevo Liberalismo abandonó su razón de ser: la de ser una alternativa capaz de elevar el debate por encima de la polarización visceral.
El camino hacia la primera vuelta está lleno de estas «cicatrices» que, lejos de sanar, amenazan con abrirse si el pragmatismo termina asfixiando los principios. Al final del día, quienes recorrimos el país con Galán padre sabemos que la política no se trata solo de sumar votos, sino de no perder el alma en el conteo.
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