Un estudio arqueológico, liderado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) con apoyo de la Universidad de Cambridge y la Universidad Santiago de Compostela, ha revelado que el sistema hidráulico prehispánico de la región de La Mojana podría ser la clave para enfrentar las recurrentes crisis por inundaciones. La investigación, en la que participó el subdirector de Gestión del Patrimonio del ICANH, Fernando Montejo, cuantificó el volumen de tierra desplazada en las 500.000 hectáreas de canales y campos elevados, concluyendo que estas estructuras pudieron ser construidas por comunidades organizadas de forma cooperativa, sin necesidad de un poder central o autoridad coercitiva. El hallazgo desafía las concepciones tradicionales sobre las sociedades prehispánicas y propone un modelo basado en la convivencia con el agua, en lugar de la contención forzosa, como solución a las emergencias que han azotado la Depresión Momposina desde el rompimiento en Cara de Gato en 2021.
La región de La Mojana, una planicie inundable entre los departamentos de Sucre, Córdoba y Bolívar, ha sido moldeada por dinámicas naturales de inundación durante los últimos 10.000 años. El modelo contemporáneo de gestión, basado en diques, muros y obras de contención, ha demostrado su fracaso ante un caudal que en el punto crítico de Cara de Gato llegó a alcanzar los 1.000 metros cúbicos por segundo. Frente a ello, el estudio revela que las comunidades prehispánicas, que ocuparon la zona entre el 1000 a.C. y el 1200 d.C., desarrollaron un sistema que funcionó durante aproximadamente 2.200 años. “La solución era la contraria: distribuir armónicamente las aguas y evitar justamente que, al contenerlas, en algún momento se rompan y ahí sí haya un desborde con mucha fuerza, que es lo que ocurre hoy en día”, explicó Fernando Montejo.
Un sistema construido sin un poder central
La novedad del estudio radica en la cuantificación del esfuerzo constructivo, realizada mediante el uso de imágenes LIDAR, análisis espacial, algoritmos y modelos matemáticos. Los investigadores calcularon el volumen de tierra desplazada y lo relacionaron con la población disponible, llegando a una conclusión sorprendente: unos 800 individuos habrían podido construir las estructuras en un periodo relativamente corto. “Pensábamos que, con nuestros datos anteriores, esto se desarrollaba en periodos muy largos y, además, como te decía, con una organización social coercitiva, impositiva. Y no”, afirmó Montejo. El modelo sugiere que la construcción fue posible gracias a la cooperación, el conocimiento acumulado y la transmisión generacional, organizado en unidades domésticas y grupos heterárquicos, es decir, relativamente igualitarios.
«Los desastres no son naturales. Los fenómenos son naturales. Los desastres tienen que ver con las acciones humanas»
Carlos Carrillo, exdirector de la UNGRD
Las estructuras, que desde el suelo solo se perciben como ondulaciones, siguen las particularidades geomorfológicas del terreno: zapales, cuerpos de agua, caños y pequeñas elevaciones. Los canales distribuían el agua de manera armónica, mientras que los camellones o campos elevados permitían cultivar en terrenos inundables. Las sociedades prehispánicas cultivaban yuca, maíz, batata y palma de corozo, y pescaban al menos nueve especies de peces, algunas ya extintas en la región. La investigación paleoecológica en curso ya muestra evidencia de una mayor cobertura boscosa que la actual, lo que, según Montejo, “favorecería mucho y contrarrestaría, por ejemplo, efectos del cambio climático a escala local”.
Lecciones para el presente y el futuro
El contexto de emergencia actual se remonta a 2021, cuando el brazo mayor del río Cauca se sedimentó, el brazo menor creció y el río presionó hasta romper el dique natural en Cara de Gato. Las respuestas institucionales han sido costosas y, en muchos casos, fallidas. El Canal de la Esperanza, con un costo de 17.000 millones de pesos, buscó ensanchar el canal en 400 metros para acelerar el flujo. El proyecto Dinámicas Hídricas, estimado en más de un billón de pesos, nunca fue contratado. Montejo es contundente al señalar la imposibilidad de controlar la naturaleza: “Porque eso sí es prácticamente imposible. Hacer que la zona no sea inundable es pensar que podemos actuar sobre sistemas de fallas geológicas que es imposible que nosotros, los seres humanos, controlemos”.
«No es llegar con los modelos, sino que los modelos se generen desde adentro y que el Gobierno nacional y local apoyen esos procesos que la propia comunidad genera»
Fernando Montejo, subdirector de Gestión del Patrimonio del ICANH
La propuesta de los investigadores no es un simple rescate arqueológico, sino una apuesta por la innovación social y técnica. “Lo primero es trabajar con las comunidades que habitan el lugar y empezar a hacer pruebas junto con ellos”, indicó Montejo, quien destaca que ya existen líderes locales que han comenzado a construir elevaciones de tierra siguiendo principios similares a los prehispánicos, con resultados productivos. El ICANH ya ha declarado 350.000 hectáreas como Área Arqueológica Protegida, y Montejo advierte que “eso no es de la noche a la mañana; es un proceso de largo aliento”. El instituto tiene experiencia previa en figuras similares en San Agustín (Huila), Santa María la Antigua del Darién (Chocó) y La Lindosa (Guaviare).
El estudio, además de su valor histórico, abre una puerta a repensar la relación con el territorio en una de las regiones más vulnerables del país. Montejo, quien trabaja en La Mojana desde finales de la década de 1990, insiste en que el conocimiento de las comunidades prehispánicas es “conocimiento experto”. En un escenario donde la contaminación por minería de oro en las cabeceras de cuencas añade metales pesados a la crisis, y donde la ventana para cultivos de ciclo corto se reduce a cuatro meses al año, recuperar la lógica de distribución armónica del agua parece más una necesidad que una simple lección del pasado. El reto, como concluye el propio investigador, es que ese conocimiento se genere desde adentro y que el Estado apoye los procesos que las propias comunidades ya están iniciando.










