La Veintitrés
Compartir en redes sociales

Fin de semana de fútbol y tusas

Por Hernán López Aya*

Picadito. ¡Qué linda palabra! ¿Quién no se ha gozado un picadito? La palabra hace referencia a una pequeña disputa deportiva, materializada en cualquier campo, sin importar su tamaño, estatus o ubicación.

Las consecuencias de acostumbrarse a su práctica pueden ser perjudiciales para la alegría. ¿Por qué? Pues porque si uno la abandona, se corre el riesgo de llegar a un absoluto aburrimiento. 

O peor aún: se puede uno acostumbrar a gozar sólo los picaditos por televisión. Y de ahí, a soportar las consecuencias de sus desventuras. Esas desventuras o tristezas que son resumidas en dos palabras: las tusas. 

¿Y cómo se curan? Pues con deporte.

¿O practicarlo o hablar de alguno? Si es en las canchas prefiero el voleibol porque es mi pasión. Pero si es en el papel, escribir sobre fútbol me genera ansiedad y me convierte en una amalgama viscosa y pegajosa que trato de llevar hacia un clon de Peláez, Vélez y Mejía pero que termina siendo un remedo de comentarista, más hincha que comentarista.   

Entonces, apelando a mis conceptos básicos “balompédicos” y a varios canales de televisión en los que los picados son protagonistas, trato de traspasar las barreras del inframundo para agarrar, con fuerza, cualquier vaina que me signifique destacar algún momento, alguna situación que tenga relación con los nuestros y con mi experiencia en “el Deporte Rey” (frasesísima de cajón y un lugar común tan grande como el parque Simón Bolívar).

En esta ocasión, debo incluirle a mi diatriba (no violenta) pero si “lamentera”, varias tusas que los protagonistas de los picados mundiales han ocasionado y que, además, nos dejan un choque emocional desgastante.

Y es que en este fin de semana hubo varias tristezas. Comencemos por la que, en mi concepto, es la más grande: la salida de Jurgen Kloop del Liverpool. “Sipote” técnico; ese al que, si le da por ir a Colombia, le empacan una nacionalidad (como hicieron con Pékerman), por cuidarle la espalda a Lucho Díaz, nuestra esperanza de la próxima Copa América. El viernes se despidió de su gente y se tomó una gran foto con ellos y con los ocho trofeos que el club ganó bajo su dirección.

La segunda también se origina en el equipo de Anfield. Tiago Alcántara, uno de los mejores mediocampistas que he visto jugar, abandonará el equipo. El hombre trabajará hasta el 30 de junio, se irá con 4 títulos, 98 partidos jugados y la recuperación de un año de lesión. Quedará como agente libre.

La tercera: Jamesito y la incertidumbre en Sao Paulo. ¡Qué vaina! El nuevo técnico del equipo, el argentino Luis Zubeldía, no le da minutos; y el zurdo los necesita para llegar con ritmo a la Copa América, porque seguramente será convocado por Néstor Lorenzo. Después de este torneo, le definirán su futuro.

La cuarta es una que a mí me emociona; y si no se da, pues será gigante tristeza. Pero hay cierto nivel de ilusión. Es posible que Falcao García llegue al Inter de Miami. Termina su contrato con el Rayo Vallecano en junio y se iría a jugar con Messi, Suárez, Busquets y Jordi Alba. ¡Tremendo!

Y la quinta. Esta es más de solidaridad con mis amigos. Millonarios los tiene al borde la locura y la tristeza. Y verlos sufrir (soy sincero), a ratos me alegra. Creo que el “Ballet Azul” debe sentar cabeza. Sus directivas, su técnico y los jugadores están a años luz de lograr triunfos importantes (como una Copa Libertadores) si no se organizan y empiezan a tomar decisiones sensatas para su futuro. Es bien difícil e injusto que su hinchada, tal vez la más importante del país, vea cada tres o cuatro días la desidia con la que su equipo deja triunfos en el camino, y sea ella quien pague “los platos rotos”. No hay derecho a ver El Campín lleno de aficionados, todos al borde de una úlcera de tanto hacer fuerza. Y buena fuerza que van a hacer cuando les toque jugar contra Flamengo, el 28 de mayo.

En este espacio de despecho, también cabe una tusa cercana. Mucho más cercana. Algunos dicen que es mejor dejar el fútbol para no sufrir tanto; que hay cosas más importantes en la vida. Lo que ellos no saben es que no hay nada más placentero que darle una patada a un balón y hacer un gol. Eso lo viví junto a mis amigos. Pero la tusa por el retiro fue descarnada. Y el fin de nuestras carreras deportivas, también.

Años después de perseguir pelotas, decidimos hacer un alto en el camino argumentando baja condición física, falta de tiempo, exceso de panza y una disminución notoria de habilidades. Pero, debido a esa necesidad de permanecer en contacto, un día propusimos (como una banda de rock) reencontrarnos y tocar nuestros éxitos.

La cita fue en una cancha de fútbol en el norte de Bogotá; muy, pero muy lejos de nuestras casas. Hicimos un esfuerzo monumental por cumplirla y pues el alquiler del campo nos había costado un dinero; entonces, no podíamos faltar. La emoción de ver ese “tapete verde” fue general. Obnubilados por el momento, dejamos de lado ciertos aspectos que se convertirían en la prueba de que ese regreso sería un fracaso de marca mayor. De los 12 que nos reunimos, por lo menos ocho jugamos sin canilleras o espinilleras; cinco colosos no llevaron guayos; varias camisetas destacaron notorias circunferencias que poseían los jugadores entre la parte final del tórax y la parte inicial de su virilidad; y los arqueros, entre los que yo me encontraba, terminamos con las manos rojas de tanto pelotazo porque no se nos ocurrió, ni siquiera, llevar guantes de cocina.

El partido duro media hora. En perfecto resumen: Camilo casi se lesiona de nuevo; Gigio se mareó; el Chiqui chiquito corrió casi todo el encuentro pero nunca supo hacia dónde; la frase “estoy ahogado” fue reiterativa; nuestras novias y esposas disfrutaron el rato de burla más grande de la humanidad; y nuestro kaiser “Yeyé”, que en años anteriores se caracterizó por la potencia de su remate y su sangre fría en la toma decisiones, ese día expresó con certeza absoluta y después de 20 minutos en la cancha: “yo no vuelvo a jugar esta pendejada”.

¡Esa sí que fue una tusa! Y ese fue un gran picadito.

El problema es que el balompié, para quienes nos gusta, es un mal necesario. Y podemos intentar dejarlo, de mil formas, pero no lo lograremos. Ni siquiera teniendo la valentía de un alcohólico anónimo, que supera su reto cada 24 horas.

Hay que divertirse. El fútbol fue inventado para eso, para ser felices, para debatir, para creernos supremamente sabios en algo universalmente sencillo. Y hay que seguir porque esas sensaciones oxigenan; y porque, por lo pronto, la Copa América está a 32 días de su pitazo inicial. Y creo que tenemos equipo para ganarla. 

¿Se lo imaginan?

@HernanLopezAya

*Comunicador Social y Periodista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano con 26 años de experiencia en televisión y Oficinas de Comunicación. Fue jefe de emisión del fin de semana en RTVC NOTICIAS. Ganador del premio de periodismo Álvaro Gómez del Concejo de Bogotá en 2016. Bloguero de KIENYKE durante varios años. 


Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

Sigue leyendo