Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
Desolador. A golpe de vista, la cancha de El Campín parecía impecable; en la práctica, su suelo blando e inestable no respondía a las exigencias del juego profesional.
El irrespeto al hincha —fiel y entusiasta bajo el frío capitalino— y a los propios futbolistas llegó al extremo cuando, a solo quince minutos del pitazo inicial, se anunció la postergación del partido.
Mientras los clubes se oponían a jugar, la Dimayor insistía y los árbitros, supuesta máxima autoridad, se pegaban a sus teléfonos como títeres del sistema.
los conciertos golean al fútbol. El espectáculo deportivo pasa a un segundo plano, desplazado por negocios más rentables, justificados además por la alarmante pérdida de calidad y la escasez de criterio arbitral, sumergidos en el mundo de las sospechas.
En lo deportivo, el Once Caldas pedalea cuesta arriba. Con un margen de error inexistente y la tabla en contra, el equipo debe blindarse ante sus demonios internos —reales o prefabricados— y pelear por objetivos que aún son viables: la clasificación a las finales y el tiquete a la Copa Sudamericana.
Los chispazos de buen juego han sido insuficientes, la regularidad es esquiva. Jugar con desconfianza y sin respuestas es un problema grave, pero las soluciones reaparecerán en la cancha tan pronto como el grupo recupere las convicciones.EJO
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