Generales y militares admiten falsos positivos en Caribe; madre perdona a victimario

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En la última jornada de audiencia del Subcaso Costa Caribe, tres generales y 22 militares en retiro reconocieron este 30 de julio ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) su responsabilidad en ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos, ocurridas entre 2002 y 2008 en la región Caribe colombiana. Durante la sesión, presidida por la magistrada Catalina Díaz Gómez y con la relatoría del magistrado Óscar Parra Vera, junto a los magistrados Claudia Rocío Saldaña y José Miller Hormiga, los comparecientes admitieron haber asesinado civiles para presentarlos falsamente como bajas en combate, bajo la presión de reportar muertes y las amenazas de traslado. En un momento que conmovió a la sala, la madre de una víctima, Aura María Córdoba, ofreció su perdón al militar que asesinó a su hijo, un gesto que el exmilitar calificó como la lección más grande de amor.

El Subcaso Costa Caribe investiga los falsos positivos en los departamentos de Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre, donde las cifras revelan una dimensión alarmante: el 74% de las muertes investigadas en la región entre 2002 y 2008 corresponden a ejecuciones extrajudiciales. Hasta el momento, 43 militares han sido imputados como máximos responsables del asesinato de 739 personas, y se han exhumado 93 cuerpos, de los cuales 24 han sido entregados dignamente a sus familias, y 18 de ellos fueron asesinados, desaparecidos y presentados falsamente como bajas en combate. Las labores forenses cuentan con el apoyo de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (Ubpd), y los militares también reconocieron que algunas víctimas pertenecían a tribus indígenas de la región.

Reconocimiento de una maquinaria criminal

Uno de los comparecientes, el teniente (r) Diego Junco Parra, quien lideró un pelotón del Grupo de Caballería Mecanizado entre enero de 2006 y junio de 2007, ofreció un testimonio desgarrador al aceptar su responsabilidad directa en los hechos. Junco Parra explicó cómo operaba el sistema de presión dentro del Ejército, señalando que quienes no presentaban muertes eran objeto de reproches y amenazas de traslado, o veían reflejadas anotaciones en sus hojas de vida, e incluso eran enviados a sitios más lejanos y complicados de la jurisdicción del grupo Rondón. En su declaración, el exmilitar reconoció sin ambages su papel en la maquinaria criminal.

«Me convertí en un engranaje activo de esta maquinaria criminal: coordiné y ejecuté personalmente, o a través de mis hombres, asesinatos de personas civiles para luego presentarlas falsamente como guerrilleros muertos en combate. Era consciente y acepté las consecuencias. Sabía que las personas señaladas y trasladadas eran civiles en situación vulnerable y que su muerte era el resultado de mis acciones. Acepto que la totalidad de las muertes que reporté en mi paso por el Grupo Rondón fueron ilegales.»

Diego Junco Parra, teniente (r) del Ejército Nacional

El exmilitar también se cuestionó a sí mismo en la audiencia: «Hoy me pregunto en qué momento perdí la sensibilidad humana y me convertí en un monstruo. ¿Cómo permití que la presión, el miedo y la ambición me alejaran de los valores que debían orientar mi vida? Le fallé a Dios, a mi familia, a las familias de las víctimas, a un país, al Ejército Nacional y, lo más importante, a mí».

El perdón de una madre que conmovió a la sala

La víctima de Junco Parra fue Erin Barri Molina Córdoba, asesinado el 14 de junio de 2007 en la vereda La Granja, en Villanueva, La Guajira, por integrantes del pelotón especial Grupo de Caballería Mecanizado. Su madre, Aura María Córdoba, se dirigió al exmilitar con una voz firme pero cargada de emoción: «Yo te perdoné desde que encontré a mi hijo, porque le prometí a Dios que a aquellos que me le hicieron daño los perdonara. Yo tengo un hijo que está viendo esto; lo único que yo te pido es que, con el nombre de él, pide perdón. Es lo único que yo te pido, nene». Ante estas palabras, Junco Parra rompió en llanto y respondió directamente a la madre: «Señora Aura, su hijo era inocente, era un buen hombre. En el encuentro privado tenía mucho miedo, ni siquiera fui capaz de mirarla a los ojos, y su primera palabra fue que me perdonaba. Esa es la lección más grande de amor que puede tener una mamá por encontrar paz». El gesto de la madre, que perdonó al asesino de su hijo mientras reclamaba justicia, marcó el cierre de una jornada que deja constancia del dolor y la búsqueda de verdad en el marco del Subcaso Costa Caribe.

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