El sacerdote jesuita Javier Giraldo Moreno, de 81 años, sufrió una aparatosa caída en su domicilio en Bogotá durante la noche del domingo 17 de agosto, según información conocida por El Tiempo, lo que obligó a su traslado de urgencia al Hospital San Ignacio de la capital, donde permanece en observación médica. Nacido en 1944, Giraldo es una de las figuras más emblemáticas en la defensa de los derechos humanos en Colombia, fundador de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz en 1988 y acompañante de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó desde 1997, año en que también recibió el Premio John Humphrey a la Libertad.
La comunidad jesuita y las organizaciones defensoras de derechos humanos han mantenido la expectativa sobre su recuperación, mientras que el sacerdote Jonathan Marín solicitó elevar oraciones por la salud de Giraldo. El incidente, que se describe como un golpe de gravedad ocurrido en su hogar, ha generado una ola de solidaridad en ámbitos religiosos y de derechos humanos, donde su labor es ampliamente reconocida. Giraldo, quien se formó en Filosofía y Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y realizó una especialización en análisis regional en la Universidad de París, ha sido una figura central en la documentación y denuncia de violaciones de derechos humanos, especialmente por su trabajo en el Urabá antioqueño.
«Invito a unir nuestros pensamientos y deseos de recuperación por la salud del defensor de derechos humanos y sacerdote jesuita Javier Giraldo. A Javier lo admiramos y queremos por su enorme contribución a la Justicia, la Memoria y la Verdad por las que han luchado las víctimas y los movimientos sociales en Colombia»
Iván Cepeda, excandidato presidencial y congresista
Un legado de lucha por la verdad y la memoria
Javier Giraldo ha sido clave en la búsqueda e identificación de los restos de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote guerrillero del ELN que lo inspiró a optar por la vía civil y la Teología de la Liberación, y ha coordinado el Banco de Datos de derechos humanos del Cinep, además de publicar varios libros sobre impunidad y conflicto. Su trabajo con la Comunidad de Paz de San José de Apartadó lo convirtió en un testigo excepcional de la masacre de 2005 en esa región, uno de los episodios más dolorosos del conflicto armado colombiano, y desde entonces ha sido una voz incansable en la denuncia de las violaciones sistemáticas. La red de solidaridad que ha tejido durante décadas ahora se vuelca en apoyo mientras se espera su evolución en el Hospital San Ignacio, donde la comunidad religiosa y los defensores de derechos humanos siguen con atención su estado de salud.










