Compartir en redes sociales

La democracia no termina el día de las elecciones

Por SIMÓN RAMIREZ GONZÁLEZ*

Durante los últimos días publiqué una idea que generó más debate del que imaginaba. Escribí que haber votado por un presidente no significa renunciar al pensamiento crítico. Para algunos era una obviedad; para otros, casi una traición.

Y esa reacción me dejó una pregunta que vale la pena hacernos.

¿En qué momento empezamos a creer que votar por alguien significa defender absolutamente todas sus decisiones?

La democracia moderna nació sobre una idea muy distinta. Elegimos gobernantes para que administren temporalmente el poder, no para entregarles nuestra conciencia. El voto otorga legitimidad, pero no elimina el deber ciudadano de observar, preguntar y exigir.

Nuestra propia Constitución de 1991 no reduce la participación política al acto de votar. Además del sufragio, reconoce mecanismos como el derecho de petición, las acciones populares, las acciones de cumplimiento, las veedurías ciudadanas, las consultas y otras formas de participación. Es decir, el constituyente entendió hace más de treinta años que la democracia debía ejercerse todos los días y no únicamente en época electoral.

Sin embargo, pareciera que culturalmente seguimos entendiendo la política como un campeonato. La psicología social llama a esto tribalismo político: un fenómeno donde la necesidad de pertenecer a un «bando» termina anulando el juicio propio. Cuando gana “nuestro equipo”, algunos sienten que cualquier crítica es deslealtad; cuando pierde, otros creen que todo debe salir mal para demostrar que tenían razón. Ambas posiciones prefieren defender ciegamente una camiseta antes que evaluar la realidad, debilitando exactamente aquello que dicen defender: la democracia.

No es un fenómeno exclusivo de Colombia. La polarización ha llevado a millones de personas a evaluar las decisiones públicas dependiendo de quién las propone y no de sus méritos. De hecho, mediciones globales como el Latinobarómetro reflejan de manera sostenida que la insatisfacción con la democracia en la región supera el 60%, un síntoma claro de una ciudadanía que se siente convocada para votar, pero ignorada a la hora de gobernar. El resultado es una conversación pública cada vez más apasionada, pero muchas veces menos dispuesta a escuchar.

Por eso creo que el verdadero reto de quienes participamos en ella no es aprender a aplaudir mejor, sino aprender a ejercer un mejor control ciudadano.

Respaldar un acierto no convierte a nadie en fanático. Cuestionar un error tampoco convierte a nadie en traidor. Lo verdaderamente preocupante sería perder la capacidad de hacer ambas cosas.

Hace unos días algunos me preguntaban si me había arrepentido de mi voto simplemente por afirmar que también cuestionaría aquello con lo que no estuviera de acuerdo. Mi respuesta sigue siendo la misma: no me arrepiento de ejercer mi derecho a pensar. Nunca he creído en los cheques en blanco para ningún gobernante y tampoco creo en las oposiciones automáticas que celebran cualquier dificultad del país solo porque perjudica al adversario político.

Mi compromiso no es con un gobierno. Es con unos principios.

Aspiro a vivir en una Colombia donde sea normal reconocer un acierto de quien piensa distinto y, al mismo tiempo, señalar con argumentos un error de quien uno apoyó en las urnas. Ese equilibrio no nos hace tibios. Nos hace ciudadanos.

Quizá la madurez democrática no llegue el día en que dejemos de discrepar. Tal vez llegue el día en que comprendamos que las diferencias no nos obligan a convertirnos en enemigos.

Porque, al final, la democracia no termina el día de las elecciones. Ese día apenas comienza la responsabilidad de todos nosotros.

*Abogado, exconcejal, productor de contenidos

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

Sigue leyendo