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Los huérfanos de la sensatez

Una diferencia del 1% no es un mandato absoluto para imponer un modelo; es una advertencia tajante contra la arrogancia

Tras una campaña feroz y un veredicto de urnas que partió al país en dos mitades exactas, miles de colombianos quedamos atrapados en el limbo del fuego cruzado. Una radiografía desde la incertidumbre y el dolor de patria.

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

Pasó el domingo de elecciones, se contaron los votos, se proclamó un ganador y, sin embargo, la sensación reinante en el ambiente no es de cierre, sino de una tregua que nunca llega. Quienes pensábamos que tras el veredicto de las urnas el tono de la confrontación bajaría para dar paso a la sensatez, asistimos hoy a una realidad desalentadora: la campaña no ha terminado; simplemente cambió de escenario. La guerra verbal sigue encendida, y tanto los llamados amigos de la guerra como los autoproclamados defensores de la paz parecen empeñados en atizar un fuego que amenaza con consumir lo poco que nos queda de concordia.

Es un panorama profundamente triste. El presidente electo, De la Espriella, continúa hablándole con vehemencia a su militancia radical, como si todavía necesitara ganar adeptos y no gobernar un territorio. En la otra acera, Cepeda ensaya un libreto que simula concertación, pero que en el fondo mantiene la lógica del cálculo y la división. Mientras tanto, en la mitad de esa pirotecnia discursiva, queda una Colombia partida literalmente en dos bloques idénticos, separados apenas por 250 mil sufragantes en un universo de más de 26 millones de ciudadanos que acudimos a las urnas. Una diferencia del 1% no es un mandato absoluto para imponer un modelo; es una advertencia tajante contra la arrogancia de los extremos.

Es urgente desmontar la narrativa de las mayorías ficticias. Los millones de ciudadanos que eligieron a De la Espriella no representan, ni de lejos, a toda Colombia, ni validaron una agenda de revanchismo o exclusión; muchos de esos votos fueron expresiones de cautela o simple rechazo al continuismo. De la misma manera, la votación obtenida por Cepeda dista mucho de ser una confesión de fe en la extrema izquierda radical; reducir ese acumulado a un bloque dogmático es ignorar a un enorme sector del país que optó por esa alternativa buscando equidad, reformas institucionales o el cumplimiento de los acuerdos de paz. Ninguno de los dos resultados es una patente de corso para que un bando pretenda administrar y refundar el Estado a expensas de la otra mitad.

Esa paridad matemática en las urnas debería obligar a una dosis elemental de realismo político. Por un lado, el ganador comete el error histórico de generalizar, atribuyéndose el mandato de una uniformidad inexistente. Entra al escenario dando ultimátums de sometimiento a grupos armados; una fórmula que en nuestra historia reciente siempre ha sido un saludo a la bandera, una ilusión jurídica estéril. Amenazar con una derrota militar absoluta en un territorio donde el Estado nunca ha logrado imponerse por completo es desconocer la geografía y el dolor de las regiones. Nadie tiene un cheque en blanco para la soberanía del lenguaje.

Por el otro lado, el bando perdedor incurre en una irresponsabilidad idéntica. No se puede digerir la derrota amenazando de entrada con movilizaciones permanentes y agitando el fantasma de la ingobernabilidad. Bloquear el país por el simple hecho de no haber obtenido el poder es una rabieta democrática que termina pagando el ciudadano de a pie. Si el gobierno entrante no puede pecar de soberbia, la oposición no puede pecar de sabotaje.

En medio de este fuego cruzado, el espejo de los medios de comunicación nos devuelve una imagen lamentable. En lugar de ser los cronistas serenos que aporten luz y matices a esta complejidad, buena parte del gremio se ha atrincherado. Asistimos a una penosa mutación donde los colegas han abandonado el rigor para convertirse en activistas de uno y otro bando, o en megáfonos de grupos económicos y políticos. Titular para narrar el golpe, aplaudir la estocada del propio y satanizar la postura del contrario vende clics, pero destruye la verdad. Cuando el periodismo renuncia a los grises para jugar al blanco y negro, deja de informar y pasa a reclutar.

Escribo estas líneas no desde la barrera del observador impasible, sino desde la honestidad de mi propia incertidumbre. No soy petrista, jamás voté por él. De hecho, mis reparos hacia su gestión se concentraron más en las formas de su personalidad que en el catastrofismo que muchos predicaban; una desconexión con las realidades institucionales que, a la postre, considero la causa principal de la derrota de su proyecto político. Sin embargo, hay que ser justos con la historia: tras cuatro años de gobierno, no nos convertimos en Venezuela ni en Cuba, a nadie se le expropió un palmo de tierra y los grandes capitales siguen siendo tanto o más robustos que antes.

Mi identidad política está en otra parte. Como militante del Nuevo Liberalismo, acompañé a Juan Manuel Galán en la consulta de la Coalición de la Esperanza y deposité mi voto por Sergio Fajardo en la primera vuelta. Tras ese veredicto, quedé —como millones de compatriotas— en una encrucijada ética asfixiante. Votar por Cepeda se sentía, en parte, como un premio de consolación al petrismo; pero cruzar la acera para votar por De la Espriella significaba traicionar mis principios más profundos como liberal, demócrata y defensor del respeto irrestricto a la vida y la libertad. Ante ese dilema, elegí la opción de Cepeda.

Hacer pública esta intimidad electoral tiene un solo propósito: evidenciar que no estamos ante una Colombia de dos bloques radicalizados y convencidos, sino ante una nación donde miles nos hemos quedado en el limbo. Somos los huérfanos de la sensatez, una masa crítica de ciudadanos atrapados en un fuego cruzado que no nos pertenece, observando cómo el nuevo mapa político nos empuja a elegir bando en una guerra que no superamos.

Estar en este limbo no significa indiferencia; al contrario, es el lugar desde donde se defiende el derecho a la sensatez. Quienes votamos con el corazón arrugado, y quienes hoy observamos el panorama con dolor de patria, compartimos un deseo legítimo: queremos que al nuevo presidente le vaya bien. Queremos que el éxito de su gestión se traduzca en el éxito de la nación. Pero para que eso ocurra, el gobierno entrante debe comprender que un Acuerdo Nacional no es un acto de sometimiento ni una foto de protocolo; es un ejercicio maduro donde, a partir de diferencias profundas y respetadas, se construyen mínimos viables para avanzar.

El camino que hoy transita el país, empujado por la pirotecnia de los extremos y el eco ciego de las redes y los medios trinchera, solo conduce a un abismo conocido. Colombia no puede seguir cuatro años mas en esta demolición mutua. Si de algo nos debe servir la memoria histórica, es para recordar que la soberbia del poder es tan efímera como el entusiasmo de las barras bravas de la política.

Al final, cuando el ruido de los micrófonos se apague y las realidades del territorio reclamen soluciones, De la Espriella y Cepeda tendrán que entender que gobernarán sobre el mismo suelo. Romper la inercia de la guerra verbal no es una concesión al adversario; es un acto de compasión con un país que ya ha sangrado suficiente. La sensatez hoy no tiene partido, pero sigue siendo la única patria posible para los que nos resistimos a ver a Colombia partida en dos.

Columna de opinión

Las opiniones expresadas en las columnas de opinión son de exclusiva responsabilidad de su respectivo autor y no representan la opinión editorial de La Veintitrés.

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