Los muros que sabían a tiza y sotana

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Las raíces olvidadas de la nueva universidad en Pensilvania

El reciente y merecido reconocimiento del Ministerio de Educación a la IES CINOC como Institución Universitaria es la cumbre de un proceso que no comenzó en 1985. Detrás de los modernos laboratorios actuales resiste la memoria del viejo Colegio Nacional Oriente de Caldas, los muros de concreto de Rojas Pinilla, la rigurosa mística de los Hermanos Cristianos y un aula democrática por la que pasó, sin distingos, el pueblo entero.

Por SAMUEL SALAZAR NIETO

El Ministerio de Educación Nacional tomó la decisión y las redes sociales de Caldas estallaron en felicitaciones: la IES CINOC ( institución de Educación Superior Colegio Integrado Nacional Oriente de Caldas) ya tiene carácter de Institución Universitaria. Hay júbilo en las calles empinadas de Pensilvania y discursos oficiales que hablan de vanguardia, presupuestos y una historia que, según los folletos institucionales, comenzó en 1985.

Sin embargo, los decretos sufren de una amnesia crónica. Tienen la mala costumbre de borrar de un tajo el pasado, como si las cosas nacieran el día en que se publica el diario oficial.

Antes de que las siglas del CINOC ocuparan el complejo actual, a partir de ahora llamado UNIOC (Institución Universitaria Oriente de Caldas) el paisaje urbano de Pensilvania se transformó a mediados del siglo pasado con la que fue, en su momento, la estructura más moderna y monumental del pueblo. Levantados entre 1954 y 1956 bajo el fervor de la infraestructura nacionalista del general Gustavo Rojas Pinilla, irrumpieron en la cordillera dos bloques ( A Y B) alargados de cinco plantas cada uno, incluida la planta baja.

Aquello no era arquitectura de bahareque ni de madera; era puro concreto armado, un gigante que albergaba las aulas del Colegio Nacional Oriente de Caldas. Allí, el aire de la mañana no olía a bytes ni a acreditaciones de alta calidad; olía a tiza y al respeto reverencial que imponían las sotanas de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Los Hermanos Cristianos, los lasallistas, fueron los arquitectos silenciosos de la mente de la generación de nuestros padres. Llegaron en 1905 y convirtieron a Pensilvania en un faro intelectual en medio de la geografía abrupta del Oriente. Quienes alcanzamos a cruzar esos pasillos en los primeros años del bachillerato —los dos primeros de mi propio periplo escolar— antes de que la comunidad religiosa empacara sus pertenencias y dejara el pueblo por las mareas de la historia en los años setenta, recordamos el rigor de su tutela. El colegio era un internado de dimensiones colosales adonde llegaban muchachos de Manzanares, Marquetalia, Samaná y el norte del Tolima buscando una movilidad social que solo otorgaba el pizarrón.

El tiempo, implacable, cobró su factura sobre las moles de cemento. El deterioro del Bloque B se hizo tan evidente y peligroso con los años que su final no pudo ser ordinario: debió ser demolido mediante una implosión que retumbó en las montañas, despidiendo de golpe la mitad de aquella vieja estructura simétrica. Sin embargo, el Bloque A resistió. Fue reconstruido, reforzado y hoy se erige con orgullo como la sede principal de la institución, sirviendo de puente físico entre el ayer y el mañana.

Por esos pasillos que resistieron y por esos salones de techos altos pasó, sin exagerar, el pueblo entero. Esos muros fueron el gran igualador social de nuestra historia local: allí compartieron el mismo frío y el mismo tablero desde aquellos pensilvanenses que con los años llegaron a ser ministros de Despacho, dirigentes regionales y altos dignatarios del Estado, hasta el más humilde de los habitantes de nuestro casco urbano y nuestras veredas, tanto del pasado como del presente. La genialidad de ese concreto no estuvo en su resistencia estructural, sino en su capacidad de cobijar bajo una misma mística académica todas las realidades de la cordillera.

Por eso, cuando en 1985 el Gobierno Nacional creó la nueva estructura educativa del municipio, la palabra clave fue «Integrado». El CINOC nació como el Colegio Integrado Nacional Oriente de Caldas porque logró fusionar en una sola gran colmena tres almas que andaban sueltas: el Bachillerato del viejo plantel, la estructura de «El Poli» (El Politécnico) y la granja que en su época dorada se conoció como la Escuela Vocacional Agrícola (Ahora son el Centro de Transferencias Tecnológicas Carlos Evelio Ramírez Cardona y el Centro de Transferencias Tecnológicas La Granja-San José). Fue allí donde se amalgamó definitivamente la identidad de la región. En un mismo patio convivían los niños que apenas descifraban el álgebra con los jóvenes que se formaban en las primeras técnicas forestales y agropecuarias.

Luego vendrían las reformas del Estado. En medio de las tantas vueltas, decretos y reorganizaciones que históricamente ha dado la educación en el país, el Bachillerato terminó por separarse del tronco común para seguir su propio rumbo independiente. Fue en esa encrucijada donde el CINOC se especializó y se dedicó con exclusividad a la formación técnica y tecnológica, blindando una vocación rural y profesional que se convirtió en su mayor fortaleza.

Hoy, la institución cuenta con una infraestructura moderna, laboratorios y una proyección que toca el cielo académico de la educación superior en el departamento. Pero mientras los discursos se concentran en el siglo XXI, es de estricta justicia volver la mirada atrás. Cada nuevo profesional que reciba su título universitario en Pensilvania estará, sin saberlo, caminando sobre las huellas de los viejos lasallistas, del Hermano Florencio Rafael y de las generaciones que moldearon el municipio.

La ahora UNIOC alcanza su nuevo estatus, pero sus raíces siguen bien hundidas en la memoria del viejo Colegio Nacional Oriente de Caldas. No se puede saber hacia dónde se va, si se olvida de qué concreto estamos hechos. En este rincón de la cordillera, la universidad pública sigue teniendo el sutil e inolvidable aroma de la tiza de nuestros padres.

Fotos: Archivo particular

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