Por ESTEBAN JARAMILLO OSORIO
Los buenos resultados lo tapan todo. Las derrotas desbordan las alcantarillas. Llegan los terremotos.
Entonces aparecen los puñetazos, las patadas, los nocauts, los escándalos que rompen la convivencia…Así se incendia un camerino.
Después llega el silencio o los señalamientos a responsables externos, especialmente los periodistas.
Les llama códigos del futbol, que no son otra cosa que los comportamientos indeseados de algunos jugadores y entrenadores, para disimular sus disgustos y sus conflictos.
Como esa absurda tendencia de taparse la boca para insultar en voz baja. Lo hacen ante el público indignado por las mentiras, el secretismo y las negaciones.
“Lo que pasa en la cancha, ahí se queda”, dicen, como si los aficionados fueran tontos, ciegos o indiferentes frente a lo que pasa con sus ídolos.
Los periodistas solo le dan la espalda a las grescas con desvergüenza de los protagonistas, cuando el silencio tiene precio. No todos son iguales. Cualquier suceso, anormal de convivencia, es alimento para el amarillismo.
Provienen estos de los momentos de tensión en la competencia, de la lucha de las vanidades, de las traiciones, del indiscreto protagonismo, de infidelidades o acoso a la mujer ajena, de la violencia en los entrenamientos, o de las derrotas que necesitan culpables.
El futbol colecciona historias de amenazas, puñetazos, puntapiés, ojos morados, rostros rotos y hasta mechoneadas, en grotescos enfrentamientos entre sus figuras.
Alrededor la pezca milagrosa de las filtraciones informativas, los topos, los teléfonos rotos, con chismes de café y confidencias de peluquería.
Alucina el futbol cuando los rumores se salen de control y ganan vida en los titulares de la prensa.
Recuerdo el video que llegó a mis manos, de cuatro jugadores sosteniendo relaciones con una menor, mientras hacían la ola.
Otro de tres futbolistas de reconocido club, en exageradas celebraciones, con motivo de un título con una chica, en una habitación de un céntrico hotel.
Y uno más con denuncias a un futbolista, porque su hermano comandaba una banda, que despojaba de sus haberes a rumberas de la tercera edad, en noches de parranda. El mencionado no tenía velas en el entierro.
En el archivo reposan las imágenes de las peleas de Ribery y Benzema. De Bilardo y Maradona. De Rincón y Harold Lozano. De Edmundo y Romario.
Y muchas más, incluido el último episodio entre Valverde y Tchouaméni como testimonio del derrumbe del Real Madrid. Un camerino roto, que perdió el rumbo desde que desaparecieron los triunfos.
Son cosas del futbol dirán muchos. O las reconocidas mentiras de vestuario cuando se rompen las cloacas. Esteban J.









