Por SIMÓN RAMÍREZ GONZÁLEZ*
Hay momentos en los que una ciudad deja de ser edificios, calles y barrios.
Se convierte en su gente.
Eso entendí después del terremoto del pasado 10 de agosto.
Han pasado dos semanas desde aquel día y todavía hay familias que no han podido regresar a sus casas, comerciantes que no han podido abrir sus negocios.
Pero también hay algo que se ha vuelto imposible de ignorar: Manizales se está levantando.
Fue un evento que se sintió con fuerza en buena parte del país y que dejó una huella profunda en nuestra ciudad. La Catedral, uno de nuestros símbolos más importantes, sufrió daños visibles y muchos sectores quedaron marcados por una emergencia que nadie había previsto.
Pero si algo me ha sorprendido durante estos días no es solamente la magnitud del terremoto.
Es la magnitud de la respuesta de los manizaleños.
Al 22 de agosto, el balance oficial hablaba de 8.240 personas damnificadas, 3.080 predios evacuados y cerca de 10.000 viviendas impactadas: 1.500 destruidas, 3.500 con afectación media y 5.000 con afectación baja.
Son números enormes. Detrás de cada uno hay una historia. Una familia que perdió su casa. Un comerciante que vio afectado el negocio que construyó durante años. Un adulto mayor que tuvo que abandonar el lugar donde vivió buena parte de su vida. Un estudiante que tuvo que cambiar temporalmente su rutina.
Por eso no creo que debamos hablar de la recuperación como si fuera simplemente una estadística.
La recuperación tiene rostro. Y tiene nombre.
También tiene algo que no aparece fácilmente en los balances oficiales: solidaridad.
Desde las primeras horas aparecieron ciudadanos ayudando a desconocidos, comerciantes apoyando a otros comerciantes, personas llevando alimentos, ofreciendo espacios, acompañando a quienes lo habían perdido todo y preguntando, una y otra vez, qué podían hacer.
Eso también es Manizales.
Y quizá ese sea uno de los datos más importantes que deja esta emergencia: una ciudad puede tener excelentes instituciones y equipos de emergencia, pero en una crisis de esta magnitud necesita algo más.
Necesita comunidad.
Al día de hoy se han recibido más de 15.000 kits de ayuda humanitaria y más de 1.050 familias han recibido subsidios de arrendamiento.
El 95 % de los colegios ya funciona nuevamente de manera presencial.
Y aproximadamente el 95 % del comercio de la ciudad ya está abierto.
Detengámonos un segundo en ese último dato.
Noventa y cinco por ciento.
Mientras todavía hay 602 establecimientos con afectaciones medias o críticas que no han podido reabrir, miles de comerciantes decidieron levantar la persiana nuevamente. No porque el problema haya terminado. Sino porque la vida también tiene que continuar.
Eso explica por qué recuperar un sector como Milán no consiste únicamente en reparar paredes. Consiste en volver a llevar gente, consumir, conversar, caminar y demostrarle al comerciante que no está solo, tal cual como se hizo este fin de semana.
En apenas dos días de una jornada de reactivación, 21 establecimientos lograron reunir más de 4.400 visitas.
Parece un dato pequeño frente a la dimensión de la tragedia.
No lo es.
Cada visita es una forma de decir: aquí seguimos.
Cada compra es una forma de ayudar a reconstruir.
Cada persona que vuelve a recorrer un sector afectado está ayudando a recuperar algo que no aparece en ningún presupuesto: la confianza.
Por eso también me parece importante que la reconstrucción no se limite a levantar lo que se cayó.
Tenemos una oportunidad. Una oportunidad dolorosa, sí. Pero oportunidad al fin. La de preguntarnos ¿qué ciudad queremos construir después del terremoto?.
Porque reconstruir no puede significar simplemente volver al punto en el que estábamos el 9 de agosto. Tiene que significar aprender. Aprender dónde construimos. Cómo construimos. Cómo prevenimos. Cómo respondemos. Cómo acompañamos a las familias. Cómo protegemos el patrimonio. Cómo preparamos a nuestros niños para una emergencia. Y, sobre todo, cómo hacemos para que una tragedia no termine convirtiéndose en una tragedia repetida.
Ayer el Concejo de Manizales aprobó por unanimidad recursos para avanzar en la reconstrucción: un empréstito de $220.000 millones y la incorporación de $100.000 millones al presupuesto de 2026, mientras los $120.000 millones restantes quedarán para la vigencia 2027.
Son recursos importantes. Pero el verdadero desafío comienza ahora. Porque aprobar dinero es apenas el principio. Después vendrán los proyectos, los contratos, las obras, los subsidios, las viviendas y las decisiones que deberán tomarse con absoluta transparencia.
También debemos entender que la reconstrucción será larga. No todo estará resuelto en semanas. Habrá familias que necesitarán meses. Habrá edificios que necesitarán estudios. Habrá sectores que tendrán que reconstruirse. Y habrá heridas emocionales que tardarán mucho más en sanar que las grietas de una pared.
Por eso me parece especialmente importante que la recuperación incluya salud mental. Después de un terremoto es normal sentir miedo, ansiedad o permanecer en estado de alerta. La atención psicosocial no puede ser considerada un asunto secundario: también hace parte de la reconstrucción.
Hay algo más que me deja este terremoto. Una reflexión sobre quiénes somos. Durante años hemos hablado de Manizales como una ciudad resiliente. Quizá usamos demasiado esa palabra. Pero esta vez la vimos. La vimos en el comerciante que volvió a abrir. En el profesor que regresó al aula. En el ciudadano que ayudó a retirar escombros. En el vecino que llevó comida. En quien abrió las puertas de su casa. En quien donó dinero. En quien simplemente preguntó: “¿Cómo estás?” La resiliencia no siempre hace ruido. A veces es simplemente levantarse al día siguiente.
Y trabajar.
Y estudiar.
Y abrir el negocio.
Y volver a caminar por la calle.
Y volver a creer.
Por eso, después del terremoto, no quiero que Manizales vuelva a ser exactamente la misma. Quiero que sea mejor. Más preparada. Más solidaria. Más consciente de sus riesgos. Más exigente con sus instituciones. Y también más orgullosa de algo que ningún terremoto puede derrumbar:
su gente.
Porque los edificios pueden necesitar reconstrucción. Las calles pueden necesitar reparación. Los negocios pueden necesitar ayuda.
Pero mientras exista una ciudadanía dispuesta a levantarse y levantar al otro, Manizales seguirá teniendo aquello que ninguna ciudad puede comprar con dinero.
Carácter.
El terremoto nos recordó que una ciudad no se mide solamente por sus obras, sus edificios o sus indicadores. También se mide por lo que hace cuando todo tiembla. Y Manizales tembló. Pero no se quedó en el suelo.
Se está levantando.
Y ahora nos corresponde a todos decidir qué vamos a construir sobre esas ruinas.
*Abogado – Servidor Público – Columnista de Opinión








