Motavita, Boyacá: el municipio conocido como el ‘Patio de las Brujas’

Compartir en redes sociales

En el corazón de Boyacá, a solo quince minutos de Tunja, se encuentra el municipio de Motavita, un lugar que ha tejido su identidad alrededor de lo sobrenatural. Con aproximadamente seis mil habitantes, este territorio es conocido popularmente como el “Patio de las Brujas”, un apodo que no surge de la casualidad sino de siglos de leyendas, apariciones y relatos paranormales que se remontan a la época de la Inquisición. La tradición oral local cuenta que las cenizas de mujeres acusadas de brujería eran esparcidas en este suelo, mientras que la Cascada El Infiernito, en el río Teta de Agua, y el pozo de la Nutria se convirtieron en escenarios de castigos infernales y desapariciones que aún hoy se narran al calor de las tertulias.

Motavita es uno de los asentamientos indígenas más antiguos de Boyacá, cuyo nombre podría derivar del muisca con significados como “baño de la labranza de la cumbre” o “fin de la oscuridad”. La fundación española data de 1586, y la parroquia de Santa Cruz fue erigida en 1776, hitos que conviven con mitos ancestrales ligados al paso del zaque de Hunza, Quemenuenchatocha. Entre las historias más difundidas destaca la de un arriero que golpeó a su mula y esta le reclamó, dando origen a la creencia de que las brujas poseen mulas durante la noche. Aves de plumaje oscuro como el gallinazo negro, el mirlo acuático y el toche son avistadas con frecuencia en la zona, asociadas a augurios y fenómenos extraños que refuerzan el misterio que envuelve al pueblo.

Economía rural y tradición oral

La vida en Motavita transcurre entre cultivos de papa, maíz, cebada, trigo y arveja, una ganadería orientada a la producción de leche y la minería de carbón. Estas actividades económicas, propias de un municipio rural, han mantenido vivas las tradiciones orales que se transmiten de generación en generación. El casco urbano se asienta sobre una meseta rodeada de montañas, atravesada por quebradas como Honda, Fusachá, Corralejas y El Infierno, nombres que evocan el carácter legendario del lugar. Cada febrero, el Festival Cultural en honor a Nuestra Señora de las Aguas congrega a la comunidad y visitantes, celebrando una identidad que, entre lo sagrado y lo profano, ha sabido preservar el eco de sus leyendas como patrimonio inmaterial.

Sigue leyendo