Preso en Armenia relata en pódcast que apuñaló a su padre a los 9 años

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El testimonio de Daniel Mantilla, conocido en el mundo criminal como alias Timmy o Serafín, ha sacudido la opinión pública tras su revelación en el pódcast «Más Allá del Silencio», conducido por Rafael Poveda. Desde la cárcel de Armenia, en el Quindío, donde actualmente paga una condena, este hombre relató en primera persona cómo su vida quedó marcada por la violencia desde la más tierna infancia, cuando a los 9 años apuñaló a su padre en el barrio Santana de Floridablanca, en el área metropolitana de Bucaramanga. La entrevista, que ya circula en plataformas digitales, detalla el escalofriante recorrido de una persona que pasó de ser víctima de maltrato a convertirse en un peligroso sicario, y evidencia las profundas heridas sociales del reclutamiento de menores en las estructuras criminales de Colombia.

El relato de Mantilla comienza con la reaparición de un padre que había abandonado el hogar y que, según su versión, solo encontró en el castigo físico la forma de relacionarse con él. «Lo único que hacía era pegarme por todo. Si dejaba un plato sucio, se perdía una moneda, se partía un vidrio o algo, de una vez era rejo, palo. Entonces, eso trae resentimiento», confesó el preso, citando el episodio que truncó su niñez. Hastiado de la violencia, el niño de 9 años tomó un arma blanca y atacó a su padre, para después confesarle a su madre: «Vieja, la verdad es que hoy apuñalé a mi papá (…) la verdad, estaba cansado que me diera rejo». La respuesta de la mujer, lejos de buscar ayuda profesional, fue la de una madre que intenta proteger a su hijo de la justicia, tal como él la recuerda: «Bueno, mijo, lo que tenga que pasar, pues vamos a ver si él le pone alguna demanda o algo, porque eso no lo va a afectar a usted. Como usted todavía es menor de edad, me va a tocar dar la cara a mí». El padre no denunció, y el hecho quedó en la impunidad, sembrando la semilla de una carrera delictiva que estallaría pocos años después.

Del microtráfico al primer homicidio: el ascenso de un menor en el crimen

Lo que comenzó como un mecanismo de defensa se transformó rápidamente en una búsqueda desesperada de dinero fácil. «Busqué fue como lo más fácil. Y fui oportunista, porque todo se me presentó en bandeja de plata. El diablo se me presentó en persona, como quien dice, y yo en vez de alejarlo, lo que hice fue darle la mano», explicó Mantilla. Para ese entonces, la familia se había mudado al barrio La Cumbre en Bucaramanga, y el menor de edad ya no solo vendía drogas, sino que vigilaba puntos de venta y distribuía estupefacientes. A los 14 años, su hoja de vida criminal dio un salto cualitativo: cometió su primer homicidio por encargo, un crimen por el que recibió 4 millones de pesos colombianos. Este pago, lejos de generar remordimiento, le abrió las puertas para ascender en la organización delincuencial que operaba en la zona. La madre, al enterarse del hecho, intentó calmarlo con un remedio casero: le dio a tomar leche con pólvora para los nervios, una anécdota que revela la normalización de la violencia en su entorno.

Su adolescencia transcurrió entre crímenes y enfrentamientos. Antes de cumplir los 16 años, Mantilla ya había sido recluido en un centro para menores por los delitos de concierto para delinquir y tráfico de estupefacientes. Sin embargo, la cárcel no fue un freno, sino una escuela. Las disputas por el control de los puntos de droga en Bucaramanga desataron una guerra sangrienta contra organizaciones rivales que lo obligaron a huir. Una tentativa de homicidio en su contra lo llevó a buscar alianzas con otra estructura criminal que le ofreció armas, motocicletas y respaldo a cambio de su lealtad. Así llegó a Medellín y, posteriormente, al norte del Valle del Cauca, donde su historial delictivo se truncó en el municipio de La Unión. Allí fue interceptado por las autoridades cerca de una finca donde acababa de ocurrir un homicidio; lo capturaron por porte ilegal de armas y luego fue vinculado a investigaciones por concierto para delinquir.

«Yo tuve lujos, tuve hasta carro, tuve moto, tuve una casa, me la fumé. Y de todo eso no me queda nada. Ahorita pagando cárcel, hasta me toca llamar a la casa a decirle a mi hermano que me regale para unos útiles, a mi mamá también. De tener millones a no tener nada. Estar preso lejos de mi familia sin poderla ver»

Daniel Mantilla, alias Timmy o Serafín

Hoy, a sus más de 30 años, Mantilla cumple una condena en la cárcel de Armenia y calcula que podría permanecer allí otros 5 años, aunque el tiempo podría aumentar. Sin embargo, lo que más le pesa no es la reclusión, sino los años que lleva sin ver a su madre y a sus dos hijos, gran parte de la vida de ellos en prisión. «Que así tengan que comer mal, pero vivir tranquilos», es el mensaje que quiere transmitirles, convencido de que su historia sirva de advertencia. «La facilidad que busqué se convirtió en un complique para la vida», sentenció con una mezcla de arrepentimiento y resignación. Su testimonio, difundido a través del pódcast, no solo expone los intrincados caminos del reclutamiento ilícito, sino que plantea un doloroso interrogante: cuántos niños como él siguen siendo presa fácil de la violencia mientras el Estado y la sociedad miran hacia otro lado.

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